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Mons. Sergio Gualberti: “Que las víctimas de las injusticias sean liberadas de su opresión”

En su Homilía dominical el Arzobispo de Santa Cruz, pidió al pueblo de Dios que quiere la paz a tener conciencia de que esta no brota por su cuenta, sino que hace falta también buscarla, perseguirla, custodiarla y renovarla con mucha vigilancia.

En ese contexto, Mons. Gualberti instó a los fieles a escuchar el llamado de Jesús que nos convoca a ser operadores de paz, custodiándola, fomentando iniciativas y obras buenas, rompiendo las cadenas de la violencia y no respondiendo al mal con el mal.

Por otro lado exhortó al pueblo de Dios a afrontar con firmeza la cultura y mentalidad laicista del mundo actual, marcada por un secularismo exacerbado y relativismo que se manifiesta en la indiferencia, la intolerancia e la imposición de esta ideología

Asimismo invitó a los fieles a sumergirse en la corriente del amor y de la vida de Dios y que con firmeza se abre paso ante toda clase de muerte y esclavitudes efímeras.

Finalmente exhortó al pueblo a dejar a un lado las ambiciones, la sed de poder, las envidias, las rivalidades y los intereses personales o de grupo y “Que las víctimas de las injusticias sean liberadas de su opresión”

HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI ARZOBISPO DE SANTA CRUZ
PRONUNCIADA EN LA CATEDRAL DE SANTA CRUZ
DOMINGO 29 DE ENERO DE 2016.

Acabamos de escuchar la proclamación de las Bienaventuranzas, el programa de vida que Jesús propone a todos los que lo quieren seguir y a todas las personas que buscan la felicidad.

Las bienaventuranzas en efecto son “caminos de la felicidad”, un proyecto de humanización y salvación que Jesús ofrece a todos los seres humanos, pautas fundamentales para los que quieren encontrar el sentido a su vida y a las realidades que la conforman. Vivir las bienaventuranzas, no solo es bueno y bello, sino que nos llena de felicidad, la felicidad de haber descubierto el secreto de una existencia plena y realizada.

Algunos pueden pensar que estas metas son demasiado lejanas y difíciles de alcanzar, sin embargo Jesús nos asegura que, aunque estos caminos requieran esfuerzo y compromiso, están al alcance de todos y que particularmente atraen a las personas que están en condiciones humanas de prueba, de sufrimiento y de pobreza.

Jesús proclama las bienaventuranzas en un escenario estupendo, en la montaña a orillas del Mar de Galilea, ante una multitud de gente hambrienta de vida, de justicia, de esperanza y de paz, en una palabra hambrienta de Dios. Vamos a mirarlas brevemente.

Dichosos los que tienen alma de pobres: porque de ellos es el reino de los cielos. Tener alma de pobres, es reconocer sencillamente que ante Dios nosotros somos pobres creaturas, dependientes de él, conscientes de nuestros límites y ricos sólo de Dios, no apegados a bienes materiales, sino a una riqueza que no perece: el Reino eterno de vida, de amor.

Dichosos los que son afligidos, porque serán consolados. Yo creo que esta es la paradoja cristiana: dichosos los que lloran y sufren porque su situación de sufrimiento se cambiará en felicidad, no sólo en el juicio final, sino ya desde ahora en nuestra vida terrenal, porque podrán gozar de la consolación que viene del Espíritu.

Dichosos los mansos: porque ellos poseerán la tierra. Mansos y pacientes son las personas que no creen en la maldad ni en la violencia, que no oponen resistencia al mal y que lo vencen con el bien, que creen en la lucha de un amor activo en contra de la injusticia. Según la lógica de nuestro mundo, esto es perder, pero para Jesús es crear las condiciones para la convivencia fraterna y pacífica.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados. Seremos saciados de lo que hemos tenido hambre y sed: ¿Hemos tenido hambre y sed de violencia y odio, o hemos tenido sed de amor y paz? Tener hambre de la justicia de Dios es colaborar con su proyecto para que la justicia se instaure en el mundo y para que las víctimas de las injusticias sean liberadas de su opresión, su sufrimiento y esclavitud.

Dichosos los misericordiosos: porque ellos obtendrán misericordia. Lo que harás con el mendigo que llega a tu puerta, Dios lo hará contigo. Ser clementes y misericordiosos como Dios, sin límites, es misericordia fruto de un amor gratuito y tener un estilo de vida marcado por la misericordia hacia los demás, siempre dispuestos al perdón y a la reconciliación.

Dichosos los limpios de corazón: porque ellos verán a Dios. ¿Queremos nosotros saber donde habita Dios? Dios habita en los puros de corazón, en las personas trasparentes y sinceras, donde no hay nada de doblez ni de hipocresía. Tener un corazón que escucha la Palabra, que lucha para acogerla y hacerla fructificar, y esto practicando el mandamiento del amor. El corazón puro puede ver el mundo con los ojos de Dios y entrar en su designio misterioso y maravilloso.

Dichosos los que trabajan por la paz: porque ellos serán llamados hijos de Dios. Paz en el sentido pleno, no solo ausencia de conflicto, sino paz como vida plena, armoniosa y segura, a nivel personal, familiar y colectivo, obra y fruto del derecho y de la justicia.

La paz auténtica es un don que abarca toda la persona, porque se instaura en el corazón y es reconciliación con Dios, consigo mismo y con los demás, y que se derrama sobre todos los demás. Sin embargo, la paz no brota por su cuenta, sino que hace falta también buscarla, perseguirla, custodiarla y renovarla con mucha vigilancia.

Jesús nos llama a ser operadores de paz, custodiándola, fomentando iniciativas y obras buenas, rompiendo las cadenas de la violencia y no respondiendo al mal con el mal y más bien vencíendolo con el bien.

Dichosos los que sufren persecución por la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Persecución no por cualquier motivo, sino a causa de la justicia del Reino de Dios, a causa de la fe en Jesús y en el evangelio, a causa del compromiso por la instauración en nuestro mundo de la verdad, la justicia, la libertad, el amor y la paz, valores del Reino de Dios. Sabemos que ese compromiso siempre atrae persecución.

Es el colmo de la paradoja cristiana: “Dichosos ustedes cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí”. Pero Jesús en otro momento dice: “Si me han perseguido a mí, les perseguirán también a ustedes”. Calumnias, obstáculos y hasta persecuciones cruentas han acompañado a los cristianos desde el primer mártir San Esteban hasta el día de hoy, donde muchos creyentes siguen dando testimonio de su fe con su propia sangre. Los cristianos sufren también por la cultura y mentalidad laicista del mundo actual, marcada por un secularismo exacerbado y relativismo que se manifiesta en la indiferencia, la intolerancia e la imposición de esta ideología.

Jesús está bien consciente de que las bienaventuranzas son un programa de vida muy exigente y radical, sin embargo nos lo propone porque él lo encarnó en su propia persona.

Esta propuesta la sigue proponiendo también a nuestro mundo de hoy, un mundo desorientado, fragmentado y sujeto al temor de la muerte. Jesús nos ofrece las Bienaventuranzas como un punto firme en nuestra vida, un camino de verdadera libertad que nos abre horizontes de esperanza, que nos sumerge en la corriente del amor y de la vida de Dios y que con firmeza se abre paso ante toda clase de muerte y esclavitudes efímeras.

Llamados a vivir las bienaventuranzas como tarea cotidiana, a concebir nuestra vida como servicio al Señor y a los demás, a practicar el mandamiento del amor hacia el próximo, venciendo el mal que se anida en el interior de nosotros mismos y dejando a un lado ambiciones, la sed de poder, las envidias, las rivalidades y los intereses personales o de grupo. Esto implica también una búsqueda constante del bien común en todas sus dimensiones, preocupándonos del bien de los demás como si fuera del propio, privilegiando y solidarizándonos en modo particular con los pobres y excluidos de la sociedad.

Como hemos visto, Jesús nos pone ante un programa de vida desafiante pero, al mismo tiempo, atractivo, no nos dejemos paralizar por el miedo y la cobardía, por el contrario dejémonos fascinar y acojámoslo con apertura de espíritu y generosidad. Y ojalá un día, cada uno de nosotros tenga la dicha y la alegría de escuchar de la boca de Dios estas confortantes palabras: bienaventurado y dichoso tú, porque has sido digno de ser llamado hijo mío, porque has obtenido misericordia, porque tu hambre de justicia y verdad ha sido saciada, porque ahora gozas del consuelo, porque me puedes ver cara a cara con tus propios ojos, porque el Reino de los cielos te pertenece. Amén