Análisis

Mons. Sergio Gualberti: En carnaval “No exceder en gastos descomunales que son un insulto a los pobres”

La liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta dos relatos de vocación, la del profeta Samuel y la de los hermanos apóstoles Andrés y Pedro. 

La primera lectura muestra al niño Samuel que, mientras está dedicado al servicio del templo de Silo, recibe el llamado de Dios para ser su profeta. Es un momento decisivo en la historia de Israel, el pase de la coalición de las tribus gobernadas por los jueces a la unidad del pueblo bajo la monarquía.

Samuel es despertado en el sueño por una voz que por tres veces lo llama por nombre, rápido se levanta y va donde el sacerdote Elí: “Aquí estoy, porque me has llamado”.Samuel no puede entender que es la voz de Dios, porque “todavía la palabra del Señor no le había sido revelada”. En cambio el sacerdote se da cuenta que esa voz viene de lo alto, y por eso le prepara a responder dando su disponibilidad a Dios: “Habla, que tu servidor escucha”.

Es el inicio de su vocación y misión como profeta, convocado a dedicar toda su vida al servicio de Dios, ayudando a las autoridades y a todo el pueblo a discernir y cumplir la palabra del Señor en esa época de grandes cambios. Samuel cumplió fielmente esa tarea superando muchos obstáculos gracias a la asistencia de Dios: “El Señor estaba con él, y no dejó que cayera por tierra ninguna de sus palabras”.

También el evangelio de de hoy nos presenta otra vocación: la de los primeros discípulos de Jesús. Juan el Bautista está con dos discípulos, y al reconocer a Jesús entre la gente, se lo indica con unas palabras sorprendentes: ”Este es el Cordero de Dios”. Juan identifica a Jesús como el animal que se ofrecía en sacrificio a Dios, a cambio del perdón de los pecados u otros favores. Con Jesús, ya no se necesita sacrificar más corderos a Dios, es él mismo que se entrega como víctima para liberarnos de nuestros pecados y de todo mal.

Los dos discípulos, sin pedir explicaciones y confiando solo en este testimonio de Juan, siguen a Jesús, aunque todavía no saben bien lo que buscan. Jesús se da vuelta, los mira y les pregunta directamente: ”Qué quieren?”. Su pregunta va a los más profundo del corazón de los dos, quiere que se aclaren a ellos mismos porque lo quieren seguir. Toda persona en su vida busca algo, porque el hombre es un ser que está en búsqueda, que tiene sed de verdad, de amor y del sentido de su vida. Jesús quiere dar la respuesta certera a nuestras búsquedas, pone primero su mirada sobre nosotros, nos llama y con su palabra llega a lo más íntimo de nuestro ser, llenando nuestras expectativas y dando inicio al camino que nos hace verdaderos discípulos suyos.

Esos dos hombres, uno es Andrés hermano de Simón, contestan:Maestro, ¿dónde vives?”. Jesús ve sinceridad en su pedido por eso los invita: “Vengan y lo verán”. A Jesús no le interesa que ellos conozcan lo que tiene, de hecho él no tiene ni siquiera donde reclinar su cabeza, Él quiere encontrarlos para que lo conozcan, compartan y descubran quién efectivamente Él es. Jesús pone mucho interés en las personas que van en busca de autenticidad y verdad, y las anima a hacer una experiencia de amistad y comunión con él, para que crean en él y vivan como él.

“Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él ese día”. “Fueron, Vieron y se quedaron”: seguir, conocer, quedarsecon el Señor, entrar en la intimidad de su amistad y tener una relación de tu a tu es la primera condición para ser cristianos. El encuentro verdadero y profundo con el Señor es lo que transforma totalmente nuestra vida, es el descubrimiento maravilloso que nos hace felices. Hagámonos unas preguntas:¿He encontrado y tengo una relación personal con Jesucristo?

¿He buscado conocer a su persona, profundizar cómo ha vivido, lo que ha hecho y dicho, por qué ha muerto y cuál aspecto de su persona y vida ha llegado más a mi corazón, o me he quedado con lo que he aprendido con el catecismo de primera comunión? 

Volvamos al texto: Después de la experiencia con Jesús, Andrés encuentra a su hermano Simón Pedro y lo primero que le dice es:”Hemos encontrado al Mesías”. Él no puede guardar para sí esa experiencia extraordinaria al punto de recordar la hora exacta del encuentro, por eso no solo comunica a su hermano esa buena noticia, sino que lo lleva donde Jesús. Andrés que había sido llamado, que había recibido el don de la vocación, ahora se vuelve misionero, comparte su experiencia e indica el camino a su hermano para que siga al Señor, como Juan el Bautista ha hecho con él y como Elí con Samuel.

 

 

Jesús recibe a Pedro también con una mirada intensa y con un mandato: ”Tú eres Simón… tú te llamarás  Cefas, Pedro”. Jesús lo llama por nombre y se lo cambia como signo que lo elige para una misión que cambia su misma persona y su destino. Dios no se dirige ni llama a una masa anónima, sino a personas concretas para confiarle una tarea específica y esto exige una respuesta también personal.

 

 

Como hemos visto, varían las circunstancias y modalidades de cada uno en ser discípulos del Señor, pero el camino pasa necesariamente por el encuentro personal con él. Todos los cristianos, gracias al bautismo, hemos recibido esa llamada personal a seguir a Jesús que nos ha tomado la delantera libre, gratuitamente y por amor. Y, como a toda llamada, hace falta dar una respuesta libre y consciente, que deberíamos haber dado al momento de recibir el sacramento de la Confirmación.

 

Sin embargo no es suficiente haber dado la respuesta una vez, necesitamos renovarla cada día, alimentándola a través de la oración, la escucha de la Palabra y la intima relación con el Señor, para compartir nuestra fe con los demás, dando testimonio en todo tiempo y lugar, a nivel personal, comunitario y social.

Dar testimonio en todo tiempo y lugar: en nuestro país y en particular en Santa Cruz, ya hemos entrado en clima de carnaval con las precas, las entradas de las comparsas, la coronación de reinas y otras actividades. No olvidemos que somos cristianos también en el carnaval y que el carnaval no es piedra libre para cualquier cosa. Esta fecha debe ser una buena ocasión para una sana diversión, para compartir en familia, para encontrarse y estrechar amistades, crecer en camaradería, en el respeto la dignidad de la persona y de nuestro cuerpo como nos dice Pablo en la segunda lectura: “El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor… ¿No saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios?… Glorifiquen al Señor en sus cuerpos”.

Es una invitación a la moderación y una firme advertencia a no exceder en gastos descomunales que son un insulto a los pobres y a no caer en la borrachera y el erotismo desenfrenado, excesos que provocan degradación moral y perjuicio a la salud, violencia y peleas, además de daños a bienes públicos y privados, desvirtuando el sentido mismo del carnaval. Hagamos del carnaval una verdadera expresión cultural y recreativa en el sentido propio de esta palabra, días de alegría, aglutinación y crecimiento familiar y social. Amén