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Mons. Sergio Gualberti: “A espaldas de la gente se quieren imponer leyes antivida”

En su homilía dominical Mons. Sergio Gualberti denunció ante la comunidad internacional, que a espaldas de la gente se quieren imponer leyes antivida como las del aborto y la eutanasia. Por otro lado expresó su preocupación porque se multiplican hechos de barbarie y violencia criminal como los feminicidios y los linchamientos.

También hizo referencia a la creciente inseguridad ciudadana, a la precariedad creciente en las fuentes de trabajo, a la corrupción política y económica, a la pérdida de credibilidad de la justicia por la administración amañada y servil, finalmente al narcotráfico que va extendiendo sus tentáculos hasta en los colegios.

El Arzobispo fue crítico con quienes ponen su esperanza y felicidad en el poderío económico y social o buscan consuelo en los placeres, diversión y distracciones del consumismo, pues estos solo dejan decepciones, vacíos y heridas.

Al concluir su homilía, Mons. Gualberti saludó a los miembros de la Hermandad con las Diócesis Alemanas de Tréveris e Hildesheim que, en estos días, se han reunido en Santa Cruz y que son el mejor testimonio de que con Cristo es posible hacer caer todas las barreras que separan y discriminan y que también es posible un mundo fraterno justo y en paz.

HOMILIA DE MONS SERGIO GUALBERTI
ARZOBISPO DE SANTA CRUZ
PRONUNCIADA ESTE DOMINGO 21 DE MAYO DE 2017

En la carta de Pedro que hemos escuchado, hay una frase que interpela a todos los cristianos: “Estén siempre preparados a dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que está en ustedes”. El autor de la carta vivía en tiempos muy difíciles para los cristianos, por eso invitaba a los recién convertidos a tomar consciencia que el ser cristianos no era una aventura ilusoria y cómoda, sino un compromiso que exigía un testimonio firme y fiel en medio de persecuciones, cárcel, torturas e incluso el martirio.

También hoy, los cristianos estamos llamados a dar razón de nuestra fe y esperanza puesta en el Señor, en una sociedad donde hay mucho sufrimiento y donde la esperanza parece perderse ante el pensamiento único y cultura de muerte que se impone con la globalización y que se manifiesta en distintos hechos también en nuestro país. A espaldas de la gente se quieren imponer leyes antivida como las del aborto y la eutanasia, se multiplican hechos de barbarie y violencia criminal como los feminicidios y los linchamientos, hay una creciente inseguridad ciudadana, una precariedad creciente en las fuentes de trabajo, una corrupción política y económica, una pérdida de credibilidad de la justicia por la administración amañada y servil y el narcotráfico va extendiendo sus tentáculos hasta en los colegios.

Ante esta situación, se busca superar el desconcierto poniendo la esperanza en la ciencia y la técnica, instrumentos importantes para el desarrollo de las personas y la sociedad. Estos medios, orientados por principios éticos y morales, logran grandes avances para la humanidad, sin embargo cuando prescinden de esas normas, se vuelven instrumentos de muerte. También se pone la esperanza en el poderío económico y social, cómo si este pudiera satisfacer los anhelos de una vida verdaderamente feliz. De la misma manera se busca el consuelo en los placeres, en la diversión y en las distracciones del consumismo, que puntualmente dejan más decepciones, vacíos y heridas.

Dar razón de nuestra esperanza en semejante panorama, parecería una utopía, una tarea casi imposible. Sin embargo, la esperanza en la que confiamos no es la del mundo, sino la que el Resucitado nos ha dado como don, cumpliendo la promesa que había hecho a sus apóstoles en el discurso de despedida de la última cena: “No los dejaré huérfanos,… yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito”. Es el defensor y consolador que no deja desamparados a los discípulos amigos de Jesús, el primer consolador que durante su vida pública, llevó consuelo a todo tipo de sufrimiento, físicos y morales, sembrando la esperanza y la dicha de las bienaventuranzas: “Felices los pobres, los mansos, los misericordiosos, los hambrientos y sedientos, los sufridos…”.

En la ausencia de Jesús, Dios envía al Espíritu Santo, nuestra esperanza y verdadero consolador, que nos acompaña, está a nuestro lado en cada momento, bueno o difícil que sea, nos ayuda a vencer el miedo y la soledad y nos da la fuerza para resistir y superar las duras pruebas de la vida. Jesús lo presenta a los apóstoles como el «Espíritu de la Verdad… para que esté a lado de ustedes para siempre».

El “Espíritu de la Verdad”, es el Espíritu de Jesús, “el camino, la verdad y la vida”. Verdad entendida no solo como contrapuesta a la mentira y a la falsedad, sino Verdad en su sentido pleno y profundo, como lealtad y fidelidad que procede del Padre. El Espíritu de la Verdad nos introduce al encuentro personal y entrañable con Dios y a la plena comprensión de las enseñanzas de Jesús, nos da la sensibilidad y posibilidad de distinguir y optar entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte y nos hace sus testigos.

“La verdad que el mundo no puede comprender”. “El mundo”, según el evangelista San Juan, es el orden injusto e inicuo del poder humano, envuelto en la mentira y contrapuesto al orden armonioso de Dios, que quiere que los hombres vivamos en concordia y paz, sobre los cimientos de la libertad, la justicia, la solidaridad y el amor. El mundo no puede comprender la Verdad, pero “ustedes, en cambio, conocen al Espíritu de la verdad, porque está en Ustedes”, nos dice Jesús. Palabras muy consoladoras que nos aseguran que podemos conocer al Espíritu de la Verdad y que él está en nosotros como Jesús está en comunión de vida y amor con Dios. “Yo estoy en mi Padre, y ustedes están en mí y Yo en ustedes”.

La Carta de Pedro también nos dice que el Espíritu de la Verdad es el Espíritu de vida. “Cristo padeció una vez por los pecados – el Justo por los injustos- para que, sometido a la muerte violenta por los hombres y vivificado por la fuerza del Espíritu, los llevara a ustedes a Dios”. Por el Espíritu todo proceso de muerte es transformado en vida, como la muerte de Jesús fue transformada en vida. Es este acontecimiento que da origen a nuestra salvación expresada y celebrada en el bautismo, que nos libera de la muerte y del mal y que es fuente de la vida nueva en orden al bien, la justicia y esperanza.

En esta verdad radica la razón de nuestra Esperanza: que la vida nueva es un don de Dios que nos ha amado primero, por pura iniciativa suya: “No hemos sido nosotros a amar a Dios, sino que él nos amó a nosotros”. El Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Dios de la vida, la verdad y el amor está en nosotros, esperanza certera que nada ni nadie podrá robarnos.

Este don exige de parte nuestra una respuesta a la altura del amor recibido: “Si me aman, observan mis mandamientos”, dice Jesús. La respuesta no puede ser un amor hecho sólo de sentimientos, alabanzas y palabras, sino que tiene que concretarse en la acogida libre y gozosa de la Palabra de Jesús, en el amor al prójimo y en el cumplimiento de la voluntad de Dios en cada momento de nuestra vida. Así entendidos, los mandamientos del Señor, no son solo una simple serie de preceptos morales, sino una alta expresión del amor y de sus exigencias, una manera de vivir en unión de amor y en plena sintonía con Él.
La comunión de amor con Dios, es el fundamento del amor a los demás, expresado en el «mandamiento nuevo» de Jesús: “Ámense los unos a los otros cómo yo los he amado”. Amarnos cómo: No sólo al estilo de Jesús, sino del mismo amor, la misma peculiaridad y rasgos. Un amor hecho compasión, misericordia, un amor que ve en todos los otros al propio prójimo y con quien se solidariza. En el amor a Dios y al prójimo está el motivo para cumplir los mandamientos, la realización plena de nuestra existencia y la fortaleza para dar razón de nuestra esperanza allí donde el Señor nos quiere.

Llamados a dar “Razón de la esperanza que está en nosotros”, siendo testigos del Espíritu de Jesús con un cambio real y compromiso personal de una vida más honesta, sobria, coherente, entregada en humanizar tantos sufrimientos a nuestro alrededor y en servir a los pobres y marginados. Testimonio hecho con alegría, “suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia”, porque, como Cristo, “es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal”, dice la carta de Pedro.

Ante de terminar un saludo muy cordial a los delegados de la Hermandad con las Diócesis de Tréveris e Hildesheim que, en estos días, se han reunidos de toda Bolivia acá en Santa Cruz y participan con nosotros en esta Eucaristía. Con la amistad sincera, la comunión profunda y el caminar juntos entre Iglesias de distintos países y culturas damos razón de nuestra esperanza, de que en Cristo es posible hacer caer todas las barrearas que separan y discriminan y que también es posible un mundo fraterno justo y en paz.

Unámonos esta mañana con nuestros corazones y nuestros labios al salmista para alabar y proclamar con admiración y gozo nuestra gratitud a Dios porque nos ha llamado y acreditados a ser testigos de la esperanza: “Que admirables son tus obras Señor”.

Amén