Sucre

Mons. Pérez: vivir como personas nuevas acompañadas por Dios

En la jornada dedicada a las comunicaciones arreglemos nuestras relaciones personales, es el llamado que hace Mons. Jesús Pérez, arzobispo emérito de Sucre, en su mensaje dominical en sintonía con las lecturas de este domingo, Fiesta de la Ascensión.
“Cristo resucitado sigue siendo para los cristianos el hombre perfecto. El vino para salvarnos de nuestros pecados, de nuestros egoísmos con su amor. Él nos enseñó cómo debe ser la persona y con su fuerza de hombre nuevo, resucitado, nos ayuda a superar el egoísmo. Nos dice: “más vale dar que recibir”, “es más dichoso el que da que el que recibe”, “ámense los unos a los otros como Yo les he amado”, “no devuelvan mal por mal”, “perdonen siempre”. Al subir a los cielos nos dejó a todos una tarea semejante a la suya”, asegura Mons. Jesús Pérez.

EL HOMBRE NUEVO

Hoy celebramos la Ascensión del Señor Jesús a los cielos, fiesta trasladada del jueves pasando a este domingo, para que el pueblo de Dios pueda participar de este acontecimiento. Este gran misterio de la Ascensión, forma una unidad con ia Pascua y Pentecostés. Estos acontecimientos de la vida de Jesús no son hechos aislados, sucesivos, que conmemoramos con su fiesta anual que de ellos celebramos. Son como un único y dinámico movimiento de salvación que se han reaiizado en Cristo y que se nos va comunicando en la celebración anual.

Cristo resucitado y elevado a los cielos, que la palabra de hoy nos recuerda, es el hombre nuevo, en contraposición del hombre viejo, el primer hombre, Adán. Cristo entra y crea una vida nueva que supone su resurrección, no sólo como hombre e hijo del hombre. Él representa a la humanidad recreada, osea, creada nuevamente; por eso eleva la naturaleza humana en su ascensión al Padre. Al subir a los cielos, Cristo no asciende sólo, sino que lleva consigo nuestra naturaleza humana que asumió al encarnarse en el vientre de María por obra del Espíritu Santo.

La persona vive hoy día en una gran crisis, muchos de los principios y valores éticos están siendo cambiados y pisoteados. Los principios fundamentales de la fe cristiana en los países de tradición cristiano católica han desaparecido en gran parte. La crisis no está solamente en nuestros sistemas, político, económico y social, sino en la persona misma, en sus relaciones con la naturaleza, en el modo de vivir, en los principios éticos y morales que les acompaña en la manera de ver los derechos de la persona y, sobre todo, en su equilibrio interior. No podemos olvidar que la persona tiene sus propios límites en el interior de sí-mismo. Parece que nos dirigimos a un mundo artificial que puede llegar a trastocar su razón, su inteligencia, su concepción de sí mismo y del mundo.

No podemos dejar de ver —sín entrar en pesimismos- la realidad mundial en su aspecto negativo. La persona y la sociedad, los individuos y las estructuras suman su crisis, acentúan mutuamente su perversión, se aceleran, como la autodestruccíón propia. Masas, máquinas, poder, personas, todo se mueve en el peligroso sustrato instintivo de la persona: el egoísmo. Los egoísmos propios del hombre viejo, Adán; egoísmos personales y colectivos, individuales y estructurales, crean los objetivos del vivir de cada día: la utilidad, la eficacia, la productividad. El egoísmo es un gran destructor, incluso cuando crea, es como un agente del mal.
Cristo resucitado sigue siendo para los cristianos el hombre perfecto. El vino para salvarnos de nuestros pecados, de nuestros egoísmos con su amor. Él nos enseñó cómo debe ser la persona y con su fuerza de hombre nuevo, resucitado, nos ayuda a superar el egoísmo. Nos dice: “más vale dar que recibir”, “es más dichoso el que da que el que recibe”, “ámense los unos a los otros como Yo les he amado”, “no devuelvan mal por mal”, “perdonen siempre”. Al subir a los cielos nos dejó a todos una tarea semejante a la suya.

El triunfo de Cristo al vencer la muerte, es también nuestro trianfo. La subida a los datos es el inicio de la misión de la iglesia. Misión que toca a todos les bautizados, de todas las denominaciones cristianas. Los discípulos no se quedaron mirando al cielo, sino que bajaron a vivir la realidad de la vida, anunciando con valentía, hasta dar la vida, que Cristo es el Hijo de Dios, el Mesías el Redentor de la humanidad. Este día es muy especial para los cristianos, es un día de victoria, de esperanza, de optimismo y compromiso. Si Cristo venció el mal con el bien, el egoísmo con el amor, nosotros también venceremos con nuestros esfuerzos y la ayuda de él, al hombre viejo con el egoísmo. Tenemos asegurada su presencia: “Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos”.

El cristiano vivirá siempre con la alternativa, con Cristo o sin Cristo. A quien Cristo le da su amor, le da también la cruz. Por eso hay que optar entre vivir a merced de su amor o del egoísmo. Los discípulos de hoy, como los de todos los tiempos, estamos convocados a trabajar por el reino de Dios, en las circunstancias favorables o desfavorables; en la familia, en el mundo del trabajo y en todos los estratos sociales. La victoria de Cristo, que es también nuestra, nos da la fuerza para ser testigos llenos de alegría y esperanza, pues Cristo resucitado ha dignificado y sacralizado nuestra naturaleza humana, dándonos el poder compartir un día su misma dignidad y gloria en el cielo.

Sucre, 8 de mayo de 2016

Mons. Jesús Pérez Rodríguez
ARZOBISPO EMÉRITO DE SUCRE