Sucre

Mons. Jesús Pérez: Vino bueno para todo el año

El episodio del milagro de la conversión del agua en vino –el primer milagro de Jesús según el evangelista Juan– es una gran muestra de la benevolencia divina hacia el matrimonio.

Jesús realiza el milagro por la mediación amorosa de María, su Madre. Este milagro, sin duda, puede tener varias interpretaciones; Jesús quiere resaltar la dignidad y el valor del matrimonio  entre hombre y mujer y, por otro lado, la intercesión de María.
Estamos en el tiempo litúrgico llamado ordinario, el cual durará poco tiempo, pues dentro de un mes se inicia la Sagrada Cuaresma. En estos domingos escucharemos en nuestras celebraciones al apóstol Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto. Será de gran provecho leer esta carta y, esto, en la perspectiva de la fe.

En el Antiguo Testamento se habla del pueblo elegido, pueblo de Israel, como la esposa de Yahvé. Así en el profeta Oseas, Dios se presenta como un hombre fuertemente enamorado de su esposa. Esta esposa no le es fiel. Los profetas Jeremías y Ezequiel nos dan también la imagen del amor de Dios a su pueblo.

La encarnación del Hijo de Dios, Cristo, tuvo una finalidad, asegurar para Dios una humanidad fiel, esta humanidad constituye la esposa entregada para siempre a responder al infinito amor de Dios. Con su humanidad Cristo nos redimió. La salvación o redención es la restauración de la alianza de amor entre Dios y la humanidad.

“El Señor encuentra en ti su deleite” dice el profeta Isaías en la primera lectura de este domingo. Puede chocarnos esta expresión y, quizás nos cueste creerlo, tanto a nivel personal y como Iglesia. Así como esta verdad, si profundizamos en las verdades del Credo, nos admiraremos y ojalá nos asombremos que Dios nos ama con pasión. Esta pasión de amor le lleva a buscar nuestra felicidad. Dios nos quiere felices.

El evangelio nos muestra la inmensa bondad de Jesús. El bendice con su presencia la celebración de una boda, es más aún, él aparece simbólicamente como el Novio o el Esposo, como el Vino bueno.

Para el evangelista Juan, es la hora, llegó la hora de que, Dios, cumple la promesa con su pueblo. Esta presencia de Jesús y el milagro de la conversión del agua en vino, expresa el “SI” de Cristo al amor, a la felicidad en la vida matrimonial.

El Reino de Dios que Cristo inaugura es un reino de alegría, paz, amor, felicidad; es un Reino de grandes valores positivos.

El sacramento del matrimonio, al igual que los otros sacramentos, son signos de la gracia, todos los sacramentos nos dan la gracia, nos dan el participar  en la vida de Dios. El Concilio Vaticano II nos dice: “en virtud del sacramento del matrimonio, los esposos significan y participan del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia” (LG11). El amor de los esposos está como inserto en la corriente de amor que, por Cristo, se ha establecido entre Dios y la humanidad.

El Año de la Fe, es un año para afianzarnos más en la palabra de Dios, en la revelación. Las bodas de Dios con la humanidad en Cristo han establecido un nuevo orden de relación, no solo con Dios sino también entre todos. Pues todos formamos la Iglesia, la única esposa bienaventurada y cada uno es amado por Dios con un amor íntimo, personal, así como somos, cuerpo y alma.

En esta realidad del hogar, la Iglesia doméstica, está Dios a gusto. Ahí, en la unidad esponsal, está el Dios amor, infundiendo amor, bendiciendo el amor humano divino que hay en cada persona. El modelo de todo amor es Dios manifestado a través de Cristo. ¿Hasta dónde llega la fe de los esposos en esta realidad gozosa?

María suplicó a su Hijo por aquellos  esposos que se les acababa el vino: “no tienen vino”. Ojala que cada uno de los esposos pida a Dios, a Cristo, autor del sacramento grande, el matrimonio, el vino del amor, de la alegría y de la ilusión cuando noten que se les está acabando.
En la oración diaria y en la eucaristía semanal, en el Día del Señor, Cristo da a todos un buen vino para todo el año, con su Palabra, con su Cuerpo y Sangre, con los que nos alimenta. Por ello, el creyente, el bautizado, no puede despreciar la participación en la Eucaristía, fuente de vida y felicidad. Hay bastantes cristianos que no creen en el valor de la Santa Misa y de la gracia sacramental del matrimonio. Por ello, es necesario siempre, y sobre todo este Año de la Fe, decir como los apóstoles:“Señor, aumenta nuestra fe”.

 

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, 20 de enero de 2012