Sucre

Mons. Jesús Pérez, Vendrá pronto el fin

La historia personal y la historia de la Humanidad tendrán un final y para el creyente será un final feliz. Al revivir y recordar las palabras de Cristo como se hace cada año al principio y al final del año litúrgico, no debiéramos perder el aprecio por lo que consideramos pasajero. Al contrario, debemos dar el justo valor a todo lo que acompaña el quehacer diario. Todo puede ayudarnos a conseguir una felicidad que no acabará. Todo pasa. Sí, pero con todo lo que hacemos labramos el éxito.

No se es cristiano o discípulo de Cristo para que nos vaya bien, no tener problemas, enfermedades… Todos sabemos que los cristianos, al igual que cualquier humano, sufrimos los mismos avatares, y todavía mayores. Nos enfermamos, pasamos necesidades, somos calumniados… y, al final moriremos. Cristo no ofrece “un seguro contra todo riesgo o contratiempo”. Jesucristo nos advierte: “el que quiera ser mi discípulo que tome su cruz y me siga” (Mc 8,34; Lc 9,23).

La doctora y Santa, Teresa de Jesús o de Ávila, en una oración –la oración es para ella un conversar con quien nos ama– decía a Cristo: “¡Si así tratas a tus amigos, Señor, no me sorprende que tengas tan pocos!”. El ser cristiano es por opción, por un encuentro personal con Dios a través de Cristo que es camino para ir al Padre. Se es cristiano por convencernos que Dios nos ama, “tanto amo Dios al mundo que le dio a su Hijo…” (Jn 3,16). Es cuestión de amor, el que no vive en el amor, no tiene una fe verdadera.

Hoy en el evangelio de Marcos 13,24-32, el evangelista pone en boca de Jesús un “discurso escatológico”  –es el más largo que Marcos señala en Jesucristo– donde habla de los efectos del fin del mundo que se notarán en el sol, la luna y los astros. Anuncia la destrucción de Jerusalén… Jesús advierte que pase lo que pase en el cosmos, “mis palabras no pasaran” (Mc 13,31). Dios cumple sus promesas.

La historia del hombre es la misma de siempre, una lucha entre el mal y el bien. El cristiano ha optado por Cristo, cree en Cristo y en sus palabras e intenta seguir a Cristo pues está seguro que el bien triunfará. Dios es el Bien, el Sumo Bien, decía Francisco de Asís. Por ello, el evangelio es Buena Noticia, también, este pasaje. La fe nos da una visión optimista de lo que sucede y va a suceder al final de los tiempos. Jesús nos enseña a través de la parábola de la higuera a esperar, a ser optimistas, llegará el momento que “las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas”. El cristiano vive de la esperanza, el Señor vendrá y el Señor triunfará. Pero señala que nadie “sabe el día y hora… sólo el Padre” (Mc 13,32).

“Somos peregrinos” repetía Francisco a sus hermanos. El ser cristiano es como una peregrinación, cuya meta es Dios. Por ello, es bueno mirar al futuro, que nuestra existencia en esta tierra está orientada hacia el encuentro cara a cara con Dios. El juez será Jesús el Salvador y Redentor. El que peregrina no solo se fija por donde va, sino a donde se dirige. A la manera que hace un deportista, desde el principio de la competencia tiene clara la meta.

De ninguna manera pretende Jesús con este discurso escatológico ser el último capítulo de un libro de astronomía científica. No. Son recursos pedagógicos para darnos la magnitud del cambio final y hacernos comprender que hay algo mucho más importante que las realidades caducas y pasajeras. Lo que importa  es la vida.

Jesús busca que tomemos en serio la responsabilidad de la vida, la vigilancia. No busca tanto describir el futuro, sino más bien darnos pautas seguras para actuar en el hoy de cada día. Por ello no importa tanto el saber “como” y “cuando” sucederán estas cosas del final del mundo. Lo que importa es estar vigilantes, preparados. El futuro puede decirse ya está en cada cual, en la manera que vivimos cada día. “Dime como vives y te diré en que crees”.

Dios que es Padre y providente ha querido reservarse el secreto del día y la hora de su vuelta. Así es de amoroso y delicado nuestro Padre Dios. Actúa Dios como la madre más amorosa que siempre aleja de sus hijos los remedios peligrosos. ¡Qué sería del mundo, de la humanidad, si supiéramos el día y la hora, aunque a la curiosidad que nos pica continuamente, le gustaría!

Ya llega el Señor. El Señor viene pronto, esto es verdad, en el sentido que para cada uno de nosotros, la llegada del Señor se produce en la muerte física. Por ello, la invitación de Jesús es importante, sigue grandemente válida, no por lo que se refiere al fin del mundo, sino a la que nos toca en ese precioso momento de vernos cara a cara con el Padre Dios.

El cristiano con su vida diaria se entrena para el encuentro y para ser juzgado por Jesucristo. Aquel a quien escuchamos y seguimos en la fe, al que recibimos en la comunión con amor es el que va a venir. Por eso, con esperanza le decimos en la misa, después de la consagración y llenos de fe le aclamamos “Ven, Señor Jesús”. San Pablo dice a los corintios: “cada vez que comen este pan y beben este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1Cor 11,26).

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, 16 de noviembre de 2012