Sucre

Mons. Jesús Pérez: “Signos epifánicos” (24-02-13)

Hoy iniciamos la segunda semana de la Cuaresma. La palabra de este domingo y durante toda la semana nos ayuda a interrogarnos a cerca de nuestra fe. El domingo pasado era un mirar al hombre desde Cristo a nosotros. El hombre es pecador, limitado, imperfecto y todo lo que hace es insuficiente para alcanzar el perdón gratuito de Dios. El pecado sigue justificándonos, haciéndonos creer que basta para ser cristianos con lo que hacemos. Tenemos miedo de encontrarnos con Dios y decirle: soy pecador, “yo confieso…”.

Este domingo tenemos la otra cara de la medalla de la creación salida de las manos de Dios, el hombre. “Creó Dios al hombre a su imagen y semejanza. Los hizo varón y mujer” (Gen 1,26). El hombre lleva la impronta de la divinidad. Somos casi dioses, o sea, divinos a la vez que humanos. ¿Qué nos cuesta creer más? ¿Qué somos pecadores o que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios? No nos vendrá mal reflexionar sobre este aspecto de nuestra fe a lo largo de toda la Cuaresma.

El primer domingo de Cuaresma: Cristo sometido a la tentación. Cristo, Dios y hombre –gran misterio de nuestra fe– supera con holgura las tentaciones de ese momento del desierto y de después. El demonio no lo dejó ni a sol ni a sombra. Buscaba apartarlo de la voluntad del Padre, de la misión que le había sido señalada. Este domingo llamado de la transfiguración, nos presenta a Cristo con un anticipo de su gloria, la resurrección que vendrá después de la muerte. Cristo es Dios, su cuerpo se transformó en cuerpo glorioso, por unos momentos, ante sus discípulos Pedro, Santiago y Juan en una montaña.

El evangelista Lucas en el capítulo 9,28-36, es el que en este domingo ilumina nuestro itinerario de fe hacia la Pascua. A este evangelista le agrada recoger los momentos de oración de Cristo en aquellas circunstancias en las que el Señor busca la intimidad con el Padre. Y, esto, para poder llevar con valentía su misión difícil.

En aquellos momentos de oración y de epifanía, o sea, de revelación de Jesucristo como Dios, como Hijo del Padre hay unos signos epifánicos: la visión de la gloria divina de Jesús, por parte de los apóstoles, la nube que los envuelve, la voz del cielo, las figuras de Moisés y Elías en lugar de los ángeles. A través de estos signos Cristo quiere hacerles ver que en aquel cuerpo suyo está la divinidad, está Dios. La voz del cielo viene a ser la afirmación divina de su Filiación. Jesús de Nazaret es Hijo de Dios.

El objetivo de este maravilloso regalo a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan lo expresa el prefacio de la misa de este domingo: “él después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en el monte Santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”.

En este hecho gozoso de la transfiguración hay algunas enseñanzas para este tiempo de Cuaresma, para animarnos a vivir y revivir la fe en Cristo, Dios y hombre verdadero y en nuestra filiación, nuestro ser hijos de Dios. Como nos dice el apóstol Pablo: “Transformará nuestra condición humana humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para someterlo todo” (Filipenses 3,17).

El sufrimiento, la cruz de cada día, la responsabilidad, siempre se ha querido rehuir por parte de todos, Pedro quiso apartar a Jesús de morir en la Cruz. Aquí, en el monte de la transformación, el apóstol se siente feliz junto a Jesús, quiere permanecer para siempre con él. Acepta, podría decirse, la gloria, pero no el camino a la gloria, que es la cruz. Todo sucede mientras oraba. Necesitamos orar, o sea, conversar con Dios para que haya un verdadero encuentro con Dios.

La Cuaresma es tiempo de ir al desierto del corazón para el encuentro con el Padre, a través del Hijo. La voz del cielo dijo: “este es mi Hijo, el amado, escúchenlo” (Lc 9,35). La Cuaresma bien vivida exige la escucha de la Palabra de Dios y la oración. Ella nos conduce a la Pascua, a la cual no se llega en profundidad sino hay la conversión. Toda la Cuaresma es una llamada fuerte a la conversión.

Este Año de la Fe, necesitamos revalorizar la importancia de la oración para permanecer fieles al Señor. El que reza, cree, el que cree se salva. La lectura ferviente de la Palabra nos impulsa a la oración. Por ello, urge formarnos, especialmente a la luz de la sagrada Escritura, para profesar, celebrar, vivir y rezar mejor nuestra fe. ¿Qué tiempo damos cada día de esta Cuaresma al estudio o formación religiosa y a la oración? ¿Qué programa hemos hecho para esta Cuaresma?

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE