Sucre

Mons. Jesús Pérez: “Se pusieron furiosos”

El domingo pasado reflexionamos como la Palabra de Dios es poderosa, pues de ella emana una fuerza que nos da energía y nos hace capaces de actuar y vivir de acuerdo a las enseñanzas del Evangelio.

No es fácil para nadie ser valiente ante las exigencias de Cristo. Pero es posible ser valiente y cumplir la voluntad de Dios. Por ello, oramos en el Padre Nuestro “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. La virtud de la valentía la debemos pedir al Señor.
La valentía es una virtud, es un valor humano y también evangélico. Uno de los dones del Espíritu Santo es el don de fortaleza. El miedo no es de suyo incompatible con la valentía. Cuántos héroes en medio de sus hazañas valerosas que les llevaron a la fama, estaban temblorosos. No obstante el miedo cumplieron su misión y llevaron a cabo sus ideales. Ahí radica la valentía o fortaleza, no en la ausencia de miedo. En decidirse en cumplir la propia misión o deber, pase lo que pase.

Jesús es el ejemplo de todo cristiano llamado a ser mensajero, profeta, anunciando el evangelio a todos. Él se muestra decidido en el anuncio de la verdad a sus paisanos, en su pueblo natal, a pesar de las iras que suscitaría la proclamación de la Palabra.

En la sinagoga de Nazaret Cristo se queja de la falta de fe de sus paisanos y emplea dos refranes populares: “Ningún profeta es bien mirado en su tierra” “médico cúrate a ti mismo”. Estas palabras ponen furiosos a los oyentes y de la admiración y el aplauso pasan al deseo de matarlo, tirándolo  a un barranco.

Por la falta de fe, Jesús no hizo milagros, no curó a enfermos. Pudiera decirse que este es el primer fracaso de Cristo. Siguieron otros aparentes fracasos, como cuando anuncia que él es pan de vida, que quien le come tiene vida eterna. No les gustó a los paisanos de Jesús que pusiera en evidencia la fe.

Cuesta aceptar que nos falta fe. Si estuviéramos convencidos de nuestra poquísima fe, oraríamos más y estudiaríamos más la Sagrada Escritura, tendríamos como referencia frecuente el Concilio Vaticano II y estudiaríamos el Catecismo de la Iglesia que nos dio  Juan Pablo II y, ahora, Benedicto XVI insiste en la necesidad de este catecismo para vivir el AÑO DE LA FE y para crecer en la fe.

Podría afirmarse que los paisanos de Jesús no se oponen en sí a la doctrina. El problema parece ser otro, quieren que el actuar de Jesús sirva a sus fines. No parecen oponerse a la doctrina, cuánto que Jesús haga milagros que les haga más fácil sus objetivos prefijados. No quieren milagros que les conviertan, quieren que Jesús esté a su servicio.

Esto mismo pasa en el mundo entero. ¡Cuántos cristianos quieren pastores que les halaguen, que les dejen tranquilos en la injusticia, la mentira, el fraude! Hoy como siempre todo cristiano, sea Papa, obispo, catequista, cualquier bautizado, que quiera dar testimonio claro de su fe a través de la palabra y la vida y que vaya en contra de las líneas trazadas por intereses egoístas, ya se les califica de opositores, inadaptados a los tiempos.

Cristo mismo asegura y les previno a sus discípulos que encontrarían persecución, desautorización, calumnias, y hasta la muerte. El mundo está lleno de voces de poderosos que han hecho acallar a los profetas hasta con la muerte. El día que no persigan a los cristianos, que no sean molestos los profetas, habrá una señal clara que la verdad del evangelio no está siendo anunciada, que el miedo cundió hasta el punto de callarnos.

En este Año de la Fe, el Papa Benedicto XVI nos ha dicho: “la fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un  amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo” (Porta fidei 7). Así mismo, “la fe sólo crece y se fortalece creyendo” (porta fidei 7). Por ello, se nos invita especialmente este año a renovar nuestra fe, creyendo; a recorrer la historia personal de nuestra fe; a intensificar el testimonio de la caridad, pues la fe, sin obras no da fruto (Cfr. Santiago 2,14-19).

En la escena de Nazaret, Cristo se abrió paso y siguió su camino. No echó atrás en su misión de anunciar el Evangelio. Los cristianos no debiéramos perder los ánimos en la tarea que nos toca como bautizados de ser testigos de Jesús, él nos dice como a Jeremías: “no les tengas miedo, diles lo que yo te mando, yo estoy contigo”. Sólo el amor profundo a Cristo nos dará la fuerza para ser discípulos misioneros. ¿Por qué hay tan pocos cristianos que anuncien el evangelio?

 

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE
Sucre, 3 de febrero de 2012