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MONS. JESÚS PÉREZ: QUEDÓ TRISTE

(Sucre) Había un hombre rico que sintió compasión de la gente que le rodeaba. Le gustaba ser solidario con los demás. Pudo haberlos regalado, pero le pareció mucho más digno, más fraterno y menos paternalista, ofrecer a los sin trabajo la suerte de ganarse el pan con el sudor de su frente. Por ello, decidió llamar a trabajar a su viña a gente, a cuantos desocupados encontró.

Esto es lo que la parábola de hoy nos ofrece en el evangelio de Mateo capítulo 20,1-16. Es como un evangelio desconcertante y paradójico. A primera vista pareciera escandaloso, porque favorece la injusticia social, o cierto despotismo, en el dueño de la viña, a la hora de pagar. A nadie de nosotros se le ocurre pagar igual al que trabaja la mitad del tiempo. Pero aunque en la vida corriente no entra demasiado la generosidad o gratuidad, en el pensar y actuar de Dios, sí que está y estará esta forma de actuar.

Si leemos detenidamente a Isaías, la primera lectura de hoy está tomada de el capítulo 55,6-9, nos daremos cuenta que Dios no es como nosotros. El profeta nos invita a contemplar a Dios, “rico en misericordia”, a rehacer nuestros caminos. Dios nos llama a convertirnos, “mis planes no son los planes de ustedes, sus caminos no son mis caminos” (Is 55,8). Hay que tener claro, la lógica de Dios no es nuestra lógica.

El deseo del hombre de la parábola era que nadie llegase a la noche sin tener un salario que pudiese dar la posibilidad del sustento para la familia. La orden del patrón de dar por igual a cada uno de los que habían trabajado, trajo, como es natural, la protesta de los que habían iniciado la jornada de trabajo a la primera hora. Pensaba que así se alegrarían todos sabiendo que podría llegar el pan de cada día a todas las casas. Se imaginaba que la alegría sería general.

El dueño de la viña quedó triste al comprobar que su acción fue mal interpretada y porque su gesto de generosidad para dar trabajo y comida a todos no fue entendido. Esto lo refleja la pregunta del patrón  ¿vas a tener tu envidia porque yo soy bueno? (Mt 20,15).

Primera enseñanza a aprender de esta parábola: TODO ES GRACIA. Todo viene de las manos bondadosas de Dios Padre, el “dador de todo don”. Nadie merece nada de lo que tiene y todo se debe al amor de Dios.

Cuando miramos nuestra existencia humana y espiritual como don gratuito de Dios, como gracia, la vida cambia. Vivir bajo el signo de la gracia da una gran alegría a todo el quehacer diario. Cuando consideramos a Dios en la obligación de que nos dé lo que le pedimos, todo lo veremos como poco, siempre queremos más.

Aquí  estaba el gran mal de los fariseos, olvidaban que todo era regalo de Dios. Creían que Dios estaba obligado a darle bendiciones para recompensar sus esfuerzos, por ser su pueblo. Dios no nos ama porque seamos buenos, sino por lo bueno que es Él. “Dios es amor” (1Jn 4,8).

La afirmación que se hace en la parábola, “yo soy bueno” es lo que da sentido a todo el relato evangélico. No hay una lección de justicia  salarial, sino de generosidad que tiene Dios, que admite como jornaleros a los que se presentan a la última hora. Dios es sumamente generoso.

Dios llama al hombre, Dios sigue buscando al hombre, con más interés que cualquiera de nosotros. Llama también al niño, llama al joven, llama a la persona madura, llama también al último momento de la vida. Dios no deja nunca de llamar como leemos en Isaías, “que el malvado corrija su mal proceder y que la persona perversa deje sus pensamientos, que vuelva a Dios” (Is 55,7).

Aparecida llama a todos los cristianos a ser parte activa de la Iglesia, a ser trabajadores de la viña del Señor, cuando nos ha recordado que todo cristiano debe ser “discípulo misionero”. Esta es la misma llamada que  vengo haciendo, desde varios años atrás, especialmente desde que se celebró el VI Sínodo de la Arquidiócesis de Sucre y se lanzó el Plan Pastoral 2011-2016.

La parábola termina con esta sentencia, la cual se repite otras veces en los evangelios: “los últimos, serán los primeros y los primeros serán los últimos” (Mt 20,16). Es una afirmación que nos debe animar a todos a ser constructores del Reino de Dios, a cooperar con ánimo en la viña del Señor. Estemos en los últimos, estemos en los de la primera hora, lo importante es sentirnos, saborear que Dios nos llama, nos quiere en su Reino. “Los caminos de Dios no son los nuestros” (Is 55,8).
 

    Jesús Pérez Rodríguez
    ARZOBISPO DE SUCRE

      Sucre, 18 de septiembre de 2011