Sucre

Artículo semanal de Mons. Jesús Pérez: “Maravilloso intercambio”

El veinticinco de diciembre celebramos el aniversario del nacimiento de Jesús de Nazaret, aunque no se sabe a ciencia cierta el día. A los apóstoles como a los primeros cristianos les preocupó más anunciar  las connotaciones que rodearon el nacimiento de nuestro Salvador  que la fecha misma.

Los cristianos desde el principio se reunían festivamente todos los domingos para celebrar la Pascua de Jesús, Muerte y Resurrección. Más tarde se inició la celebración de la Pascua anual. En el siglo IV encontramos que ya los cristianos celebraban jubilosamente el veinticinco de diciembre como la fiesta del Natalicio de Jesús en la ciudad de Roma.

En Roma, se celebraba, el veinticinco de diciembre el nacimiento del sol invicto o invencible. Los cristianos al ir solidificándose como discípulos de Jesús y tener cada día más fuerza escogieron el veinticinco de diciembre para que Cristo apareciera como el sol de justicia. No entraba ni entra para un cristiano celebrar un ser inanimado, sin duda criatura poderosa, pero criatura. Dios es único. El Hijo de Dios, uno con el Padre y el Espíritu Santo es el único sol que nos ilumina a todos.

La idea de la luz aparece en los textos de la Palabra de Dios que escuchamos en las eucaristías del tiempo de Navidad. Así escuchamos en la misa de media noche: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; una luz brilló sobre los que habitaban entre las sombras de la muerte”. Así mismo, el énfasis de la aparición de Jesús en medio de la noche que los ángeles llenos de luz anuncia el nacimiento del Salvador a los sencillos pastores. En el evangelio de Juan: “era la luz verdadera que al venir a este mundo ilumina a todo hombre”.

Por todas partes encontramos la estrella de Navidad. Navidad es la fiesta de la luz. Apareció una estrella que anunció a los magos el nacimiento del Rey de Israel. San Juan en su evangelio, en el prólogo nos invita a ser luz, como Cristo luz del mundo, a ser testigos de la luz, en palabras de Aparecida: “discípulos misioneros” y según el Papa Francisco apóstoles de Cristo, de su Reino.

En esta fiesta de Navidad, iluminados por la luz de la fe, los cristianos damos gracias a Dios, “porque la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor”. ¡Cuánta luz brota de los ejemplos de Jesús, María y José en el nacimiento del redentor del mundo! ¡Qué linda la celebración de Navidad teniendo presente en nuestros hogares a la familia de Nazaret! Por ello, la navidad es fiesta de alegría, de paz, de amor, de reencuentro con Dios y con la familia. Hay que buscar desde la visión de fe que la alegría de la Navidad no pierda la auténtica relación con su propio origen.

“Maravilloso intercambio” el que se ha producido con el nacimiento del Hijo de Dios, como lo expresa admirablemente el prefacio III de Navidad: “hoy resplandece ante el mundo el maravilloso intercambio que nos salva, pues al revestirse tu Hijo de nuestra frágil condición, no sólo confiere dignidad eterna a la naturaleza humana, sino que por esta unión admirable nos hace a nosotros eternos”.

En Navidad, Cristo nació para nosotros y, en el bautismo, nosotros nacimos para Cristo. Por ello, renovamos en Navidad nuestra petición de pertenencia a la divinidad, cuando decimos: “haznos partícipes de la divinidad de tu Hijo que, al asumir la naturaleza humana, nos ha unido a la tuya de modo admirable” (oración sobre las ofrendas). Como también esta otra oración de la misa del día, “compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”.

A lo largo de la historia cristiana se han asumido maneras distintas de aceptar a Jesús como el Enviado del Padre. Hay como dos polos de contraste. Dios Padre que envía a su Hijo al mundo y se hace hombre.Sí, plenamente Dios y plenamente hombre. Si quitara a Jesús algo de su divinidad, no tendrá fuerza el impacto de Navidad. Si considerara la humanidad como una cubierta pasajera que viniera a ser algo como un disfraz para poder presentarse entre nosotros, pero sin una verdadera unión, entre lo humano y lo divino, el mensaje de Navidad tampoco impactará y no tendría asidero profundo la alegría de Navidad.

Navidad es una invitación a vivir lo que somos para Dios. Somos hijos en el Hijo. Navidad nos llama a dar siempre lugar a Dios para que nazca en el corazón de cada uno y de los hermanos. Navidad es un “plus” de alegría y de amor. Por ello, cada cristiano está llamado a hacer suya esta petición de “la gracia de vivir una vida santa” (oración postcomunión).

Jesús Pérez Rodríguez, OFM.
ARZOBISPO EMÉRITO DE SUCRE