Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Los que no quieren ver”

Ya estamos a la mitad y, un poco más, de la Cuaresma, que tiene como meta ayudarnos a llegar renovados y dispuestos para decidirnos a continuar como discípulos de Jesucristo al renovar los compromisos del bautismo en la noche de Pascua. Por ello, todo bautizado debiera, durante la Cuaresma, reconocerse catecúmeno, dispuesto a entrar en la escuela de Jesús. El domingo pasado, Jesús se nos presentaba como el agua viva en la que debemos vernos todos sus seguidores. Hoy, se nos revela como la luz que ilumina las tinieblas que están nuestra vida. La curación del ciego de nacimiento le sirve a Juan para hacer una catequesis sobre la luz espiritual. En nuestros templos cantamos: “no podemos caminar con hambre bajo el sol”. Esto es una verdad, pero tampoco se puede avanzar en las tinieblas. La luz es necesaria para ver el camino. Hoy, Jesús se da a conocer como la luz del mundo: “Yo soy la luz del mundo”.

El proceso de la curación del ciego es largo y complicado. Jesús aclara a sus discípulos el sentido del milagro. Se trata de un signo, de una realidad que tiende a manifestar algo distinto de sí mismo, como una flecha indicativa. Hay que llegar a leer el signo para no quedarse en lo externo de las cosas. La restauración de la vista no es el primer objetivo del obrar de Dios, ya que el fin último del hombre, no requiere necesariamente la visión corporal. Dios obra para darse a conocer, para revelarse, para tender un puente a fin de encontrarse con la persona en un abrazo amoroso del Padre Dios. De hecho la vida está llena de señales del amor de Dios. Señales claras para quienes quieren ver. No se trata de una credulidad que lleve a imaginar a un Dios que maneja el mundo como un titiritero. Es más bien una capacidad de descubrir la mano misteriosa, incomprensible y amorosa del Padre celestial en los acontecimientos ordinarios de la vida diaria.

En la vida de no pocos cristianos, aparecen quienes recorren el camino opuesto de lo señalado por Dios: son los que conocen la verdad, pero se dejan cejar por prejuicios. Los discípulos de Jesús compartían el prejuicio común de que toda enfermedad es castigo por un pecado. Que Dios premia al bueno con una buena salud y castiga al malo con maleficios. Semejante visión de las cosas impide ver al Dios verdadero, Padre bueno, infinitamente misericordioso. La cuaresma es un tiempo propicio para conocer más y mejor a Dios, Pero, no nos damos tiempo para Dios, para verlo en su actuar. Por ello, conviene recordar que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Hay ciegos y ciegos. Todos somos ciegos, de algún modo ciegos.

En este cuarto domingo de cuaresma hemos de buscar la renovación en la luz de nuestro bautismo, inicio de nuestro seguimiento de Cristo. Él nos dijo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida”. Añade dirigiéndose a sus discípulos: “ustedes son la luz del mundo”. Esto es una llamada fuerte en la cuaresma para que nos dejemos evangelizar e iluminar por Cristo y ser evangelizadores como nos está pidiendo el Papa Francisco. Pidamos hoy al Señor que nos dejemos curar de nuestra ceguera para que veamos las cosas de manera diferente, con la luz de Cristo, de sus enseñanzas. Que Cristo abra nuestros ojos y no seamos de los que no quieren ver.

Sucre, 26 de marzo de 2016

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo emérito de Sucre