Análisis Reflexión Dominical

Mons. Jesús Pérez: “La prueba de la duración”

Orar sin desanimarse
Tal vez seguimos creyendo que somos nosotros los importantes: que es nuestra técnica y nuestro trabajo lo que atrae la salvación. La salvación viene de Dios...

La Palabra de este domingo, 29 del tiempo ordinario, nos insta, especialmente el evangelio, a orar y orar continuamente y con fe. El domingo pasado nos invitaba a orar, dando gracias a Dios por todos los dones que nos ha regalado, sin mérito alguno.  Todo es benevolencia de Dios, “dador de todo don” (Santiago). La parábola que Jesús nos regala en el evangelio de Lucas, 18, 1-8, nos presenta a una viuda que insiste, pide y ruega sin cesar. Jesús quiere enseñarnos la perseverancia en la oración. ¡Qué hermoso ejemplo de perseverancia, el de la viuda, para orar siempre!

El Papa san Juan Pablo II decía en una homilía en 1979, en México, después de señalar que la fidelidad implica búsqueda, acogida y coherencia: “Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso, la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser consecuente por un día o por algunos días. Es difícil e importante ser coherente toda la vida”. En Sucre, hay un dicho que expresa muy bien la inconstancia con dos palabritas: somos “suncho iluminaria”. El “suncho” es un arbusto, cuando se lo enciende, la llama sube rápidamente, y varios metros, pero rápidamente se apaga.

En el libro del Éxodo, 17, 8-13, leemos: “Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel”. Josué dirigía el ejército y Moisés oraba. El salmo responsorial refleja muy bien esta situación: “Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. El Señor te guarda de todo mal, Él guarda tu alma”. La finalidad de la parábola de la viuda insistente, la expresa el evangelista Lucas así: “Para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”. La conclusión que Jesús saca de esta pequeña parábola es: “Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?”.

A nosotros no nos resulta espontánea esta convicción. Las personas de este siglo 21, apreciamos la eficacia, los medios técnicos, el ingenio y el trabajo humano, y no parece que necesitemos de Dios para ir construyendo su mundo. Jesús nos asegura que el que no edifica sobre la roca de Dios, está edificando en falso: “Sin mí no pueden hacer nada”. No escarmentamos de instituciones y proyectos que se han ido construyendo sin la base necesaria y se han hundido. Tal vez seguimos creyendo que somos nosotros los importantes: que es nuestra técnica y nuestro trabajo lo que atrae la salvación. La salvación viene de Dios.

Orar pidiendo algo a Dios no significa dejarlo todo en sus manos. Moisés, aunque hoy aparezca orando con los brazos elevados, no es ciertamente una persona sospechosa de pereza e inhibición. Fue un gran líder y activo conductor del pueblo: pero daba a la oración una importancia decisiva. Tampoco Jesús nos invita a la flojera: en otro momento nos dice, con la parábola de los talentos, cómo hemos de trabajar para hacer fructificar los dones de Dios para el bien de todos. “A Dios rezando y con el mazo dando”, decía sabiamente santa Teresa.

Sucre, 20 de octubre de 2019

Fray Jesús Pérez Rodríguez, OFM.

 Arzobispo emérito de Sucre

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