Análisis

Mons. Jesús Pérez: “La peligrosidad de las riquezas”

Vuelve Jesús, en este domingo, a hablarnos del peligro de las riquezas. Domingo tras domingo, la Palabra del Maestro quiere desinstalarnos de muchos modos humanos de pensar para que nos fijemos metas más altas y sobrenaturales. El evangelio de Lázaro y el rico Epulón quiere indicarnos la verdadera sabiduría de la relación entre los medios y el fin, entre las riquezas y el destino de nuestra vida, de modo que aseguremos lo que más vale la pena. Precisamente hoy se inicia la novena de san Francisco de Asís, en las iglesias franciscanas, cuya fiesta celebraremos el 4 de octubre. Este Santo renunció a todas las riquezas de este mundo por amor a Dios, y, poder, como Jesús, servir mejor a los demás.

En la primera lectura de la eucaristía de este domingo, Amós 6, 1. 4-, conecta con la vida de lujo y la desgraciada suerte final del rico Epulón. El profeta fustiga el sibaritismo de los habitantes de Samaria. La amenaza es tajante: “irán al destierro bajo los asirios, encabezando la caravana de cautivos”. Esto sucedió unos 30 años después que el profeta lo anunciara.

Hay que averiguar dónde está el pecado del rico Epulón. No se sabe que su fortuna haya sido mal adquirida. Podemos suponer que la ganó honradamente. Pero todo el dinero lo gastaba en sus espléndidos banquetes. Tampoco se dice que no hubiera ayudado a otros, o que hubiera cerrado la puerta a quien se acercaba a su casa. Lo que se le puede achacar con toda clarividencia es que “come y no convida”. Vivió tan encerrado en sí mismo que no se dio cuenta de que hay quienes pasan necesidad muy cerca de él. Esto es un círculo vicioso, no se entera porque no le interesa y no se interesa porque no se entera. Esto es un gran pecado. Es el pecado de omisión. Es el pecado que más abunda en todos. Este pecado se supera cuando hagamos conciencia de que todos somos hermanos y debemos saber compartir con los demás.

La enseñanza y la finalidad de la parábola no es resaltar la salvación individual, aunque lo indica al aceptar Jesús la creencia, lenguaje habituales del judaísmo, prometer una compensación a los pobres con un final feliz como opio barato para el pueblo, ni menos todavía, invitar a los pobres de la vida a una resignación esperanzada o estoica. No, se trata más bien de afirmar la peligrosidad de las riquezas, porque fácilmente crea resistencia a la ley de Dios y sordera a sus palabras.

Hay que ver el cambio que Jesús hace de la manera de pensar de sus oyentes. Normalmente los pobres no tienen nombre, pero sí los poderosos o ricos, “son alguien”, son conocidos, tienen “apellidos”. En cambio, en esta parábola, el pobre se llama Lázaro, pero el rico no tiene nombre. La palabra Epulón, no es nombre propiamente, pues significa “comilón”. Resulta difícil ubicar el mérito del pobre pues no se habla de que fuera bueno, paciente, piadoso.

Cristo se identifica con el desahuciado de la sociedad, con el marginado. Así lo expresa en el capítulo 25 de Mateo, cuando el rey pida cuentas a sus servidores, les agradecerá, como favores hechos a sí mismo, todos lo que hayan hecho a los demás, a sus hermanos más pequeños.” Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera sea la situación moral o personal en que se encuentren. Todos hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios, Padre de todos, para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida y aún escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama” (Puebla No 1142).

Corremos el riesgo, al escuchar esta parábola, de referirla a los ricos. Pero no. El evangelio nos invita a todos por igual a revisar nuestra sensibilidad ante los problemas sociales, de manera especial a los que están cerca de nosotros. La parábola también se puede tomar en un sentido espiritual: probablemente a las puertas de nuestro corazón hay alguien que tiene hambre de comprensión, de mayor apoyo, de un mejor servicio, de mayor amor…Hay muchas personas con hambre de Dios que no han sido evangelizadas, mientras quizás nosotros abundamos en talleres, cursos, retiros, reuniones fortalecedoras en la fe. El discípulo Jesús, o sea, los cristianos, debemos preocuparnos tanto de los problemas sociales como de los espirituales. Hay que atender las periferias geográficas y las existenciales como ha señalado el papa Francisco.

Sucre, 25 de septiembre de 2016.

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre