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MONS. JESÚS PÉREZ: LA HISTORIA SE REPITE

Los cuatro evangelistas nos narran la expulsión de los mercaderes del templo de Jerusalén y, a veces, algunos lo han tomado como un pretexto para justificar la violencia. Hoy se lee el evangelio de San Juan 2,13-25 que ubica  esta acción al principio de la vida pública, después de las bodas de Caná de Galilea, mientras que Lucas, Mateo y Marcos la ponen en la última semana de la vida de Jesús.

Esta acción de expulsar a los mercaderes del templo, puesta al inicio de la vida pública de Jesús pareciera que es una acción programática, podría decirse que quiere establecer la finalidad última del accionar de Jesús.

El hecho de Jesús está lleno de serenidad y majestad, quiere manifestar que las cosas han de cambiar, empezando por el culto a Dios, se ha perdido el sentido del culto, relacionarse con Dios como un hijo con su padre. Aquí no hay defensa de los pobres. Se trata de purificar el templo santo de Dios, lo más sagrado para un israelita creyente. No hay duda que Jesús va a cambiar el templo de Jerusalén por su misma persona.
Jesús es e nuevo templo, lo expresa claramente San Juan: “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré. Los judíos replicaron: cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero Él hablaba del templo de su cuerpo”. El lugar de encuentro con Dios, el nuevo templo para el hombre será la persona de Cristo. Ya no será necesario ofrendar animales, sino el Cuerpo y Sangre de Jesús, la víctima propicia para Jesús. Esto es lo que hacemos en cada Eucaristía.

En la primera lectura de hoy, Éxodo 20,1-17, leemos los diez mandamientos que Dios ha dado para que dirijamos nuestra vida según sus caminos. Cristo no abolió los diez mandamientos, más bien fue más allá, dio motivaciones más profundas. Los hizo mucho más exigentes y los llevó a su cumbre con las bienaventuranzas y largo sermón de la montaña (Mt 5–6–7).
Los mandamientos son universales, los no creyentes también deben honrar al padre y a la madre, respetar lo ajeno, defender la vida, cuidar la justicia social, cuidar de tener una ética sexual… En nuestras culturas andinas se establecen tres principios éticos que pueden darnos seguridad ciudadana y paz en el corazón: “Ama Sua, Ama Llulla y Ama Qhella”.

Los mandamientos tienen un gran valor e importancia en la medida en que traduzcamos en la vida práctica la actitud interior. Lo importante, los principal no es la norma, sino lo que está detrás de esas normas o mandamientos. Detrás de los mandamientos está el compromiso personal, la fidelidad a la Alianza o Pacto que Dios nos ofrece.

A los largo de la Cuaresma el cristiano se prepara para renovar la Alianza o Pacto con Dios en la renovación de los compromisos bautismales en la Noche de Pascua, en la Vigilia Pascual. Se impone una revisión de vida a la luz de la Palabra de Dios en actitud de oración. Se nos pide poner en orden nuestra casa, nuestro templo. El templo espiritual, la Iglesia.

La Cuaresma es una gran ocasión para ordenar nuestra vida de acuerdo a la ley de Dios. Se nos decidimos a escuchar a Dios en el corazón, a través de la Palabra y la oración, Dios nos va a llamar la atención, va a purificarnos. El Señor nos hizo templos suyos en el bautismo, morada divina. Dice San Pablo: “¿no saben que ustedes son templos del Espíritu Santo?” (1Cor 6,19).

En esta tercera semana de Cuaresma, muchos cristianos, aún,  no han entrado en el espíritu de este tiempo de purificación. Se sigue repitiendo la historia. No nos atrevemos a entrar de lleno en el misterio de Dios, de lo inefable. San Pablo nos dice en la segunda carta de hoy, 1ªCorintios 1,22-25 que los judíos piden “signos”, los griegos “buscan sabiduría” pero la fe en Cristo es “fuerza de Dios”. Por ello, nos hace falta una afirmación profunda, serena y fuerte de que el evangelio es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Nos es necesaria la limpieza de nuestro templo, de nuestra alma, pero siempre con la Palabra de Dios.

Es necesario un chequeo bautismal que pasa por la cruz. En el bautismo fuimos sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo. Cristo crucificado no era respuesta para judíos y griegos. Pero Dios nos sigue presentando la cruz de Cristo como el camino para nueva alianza, para ser salvos.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, 11 de marzo de 2012