Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: LA FE NO ELIMINA LAS DIFICULTADES

La fe no es cuestión de dificultades. Este domingo, treinta del tiempo ordinario, la historia de la curación del ciego de nacimiento en Marcos 10,46-52 nos lleva a reflexionar sobre la fe. Tantas veces decimos “la luz de la fe”. La historia del ciego que llega a ver por la acción milagrosa y misericordiosa de Jesús representa el proceso que conduce a la fe. La fe es y será siempre un proceso el cual se acaba al llegar a Dios, viéndole cara a cara.

Cuántas veces nosotros decimos ante tantas incógnitas que se presentan con la vida, “veremos”. El ciego Bartimeo probablemente  también lo había dicho. En ese día milagroso pudo ver. La fe nos hace “ver” las realidades profundas con respeto a Dios, siempre cercano y siempre lejano. La fe viene a ser la capacidad de visión. La fe nos hace ver en el prójimo al mismo Cristo.

Es necesario dejarnos iluminar por la Palabra de Dios, “tu palabra, Señor, es la verdad y la luz de mis ojos”. Pero la fe no es cuestión de educación en cuestiones religiosas. La fe es dejarse guiar por Dios en todos los acontecimientos de la vida, como Abraham, que se pone en camino solamente conducido por Dios, sin saber dónde estaba el lugar al que el Señor le llevaba.

Jesús dice clara y terminantemente, “yo soy el CAMINO”. No hay para el creyente otro que conduzca a la VIDA. Tanto el creyente como el no creyente van por la vida, uno junto a otro, viendo las mismas realidades, sintiendo las mismas dificultades. La fe no elimina las dificultades y alternativas del vivir diario. Pero, se diferencia el que tiene fe del que no la tiene. Pues el que cree, por la gracia de la fe, tiene una mirar trascendente. Para el incrédulo los acontecimientos son casualidades, fatalidades y simplemente las vive.

El mendigo estaba a la vera del camino. En tiempos de Jesús como hoy día, también no pocos, no videntes, están dedicados a la mendicidad. Esto viene a ser un símbolo del que no ve espiritualmente. El que no ve con los ojos de la fe no puede dar, sólo puede recibir. El ciego está quieto en el camino. Está marginado. No distingue el camino. Necesita quien le conduzca por el camino. Por ello, será conveniente y necesario dejarnos ayudar por aquellos que van por el camino con la luz de la fe, si queremos superar las cegueras espirituales.
El ciego no había visto a Jesús, pero cuántas veces no había oído hablar de Jesús, de  sus enseñanzas, sus milagros. Por ello, probablemente cuando oyó que Jesús de Nazaret pasaba junto a él, creyó que era su oportunidad. Con toda voz, a todo pulmón  grita: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” (Mc 10,47).  La gente quería hacerle callar, pero el gritaba más y más. Este paso de Cristo fue el momento de gracia, la gran oportunidad para llegar a ver. Había que recordar las palabras de San Agustín: “temo al Jesús que pasa… porque puede ser que no vuelva”.
Al ciego no le fue fácil el llegar a encontrarse con Jesús pero superó las dificultades y persistió en su oración. Los gritos del ciego fueron escuchados al fin. Cristo lo hizo llamar. Siempre es Dios quien llama y quien da el don de la fe. En el ritual del bautismo se decía: “¿qué pides a la Iglesia?” y se contestaba: “la fe”. Es un misterio el don de la fe. Dios sigue, ahora como entonces, concediendo el don de la fe a ciertas personas para que estos puedan alentar e iluminar a los que no la tienen.

Hoy encontramos tantas personas que disfrutan de buena vista física, pero se puede decir que no ven espiritualmente. Este milagro sirvió para señalar la incredulidad de tantos judíos, como también la misma incredulidad de los apóstoles. Pensemos que Cristo no llamó directamente al ciego, sino que mandó que se lo trajeran. Probablemente fue un discípulo el que trajo al ciego Bartimeo.

A lo largo de los 2000 años de cristianismo, la Iglesia, o sea, los bautizados más consientes han anunciado la Buena Noticia del Reino de Dios. Hoy cuenta con nosotros, con nuestros talentos, para llevar a tantos hombres y mujeres a Jesús que es la luz del mundo. A cada bautizado se le entrega un cirio el día de su bautismo y se le dice: “se te confía acrecentar esta luz. Que camines siempre como hijo de la luz”.

Cristo es la luz del mundo y él lo dice, “yo soy la luz del mundo”. Pero también nos dice: “ustedes son luz para el mundo… Así, pues, debe brillar su luz ante los hombres” (Mt 5,14.16). Jesús nos llama a llevar y participar con la luz de la fe, la riqueza del evangelio, pero no por ello, toda la humanidad va a ser católica. El Evangelio siempre es una propuesta, una invitación a aceptar a Cristo como único Salvador y Redentor. Por ello, los cristianos estamos llamados a ser evangelizadores, misioneros. En un mundo que abundan los incrédulos, en el AÑO DE LA FE,  hagamos el esfuerzo por llevar a Cristo a tantas personas y digámosle como aquellos que llevaron el ciego hacia Jesús: “ánimo, levántate, que te llama” (Mt 10, 47).

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPADO DE SUCRE

Sucre, 28 de octubre de 2012