Análisis

Mons. Jesús Pérez: “El sepulcro se abrió por…””

Más de cuarenta días esperando celebrar la solemnidad de la Pascua del Señor Jesús. La fiesta de la Pascua es, “la fiesta de las fiestas”. Es el misterio que celebramos cada día en forma comunitaria en los sacramentos y, sobre todo, en la eucaristía. También lo hacemos en forma individual a través de nuestra oración diaria, nuestro trabajo y en las relaciones diversas con Dios, nuestro Padre y con los hermanos. El cristiano está dentro del misterio de la Pascua de Cristo. Nos hará mucho bien vivenciar cada día esta realidad gozosa de nuestra fe.

El misterio de la Resurrección de Jesús, es el misterio central de la fe de todos cristianos, sean de la denominación que sean, pues es el fundamento de la esperanza cristiana que siempre es liberadora. En ella cumple Dios la promesa hecha a su pueblo. La pascua judía era y es una celebración de liberación de la esclavitud de Egipto. Allí, se podría decir, en cierta forma, se inició la marcha de la humanidad hacia la liberación social, espiritual y religiosa. Cada cuaresma es un paso más en nuestra liberación, viviendo el triunfo de Cristo y el nuestro.

La muerte ha sido vencida: ¡Viva la Vida! La muerte no solo desaliena, también apaga nuestras alegrías con su solo recuerdo, o les da un tono inútil de rebelión ante la brevedad de la vida. Muchas veces termina por desorientarnos con respecto a los verdaderos y grandes valores. El ansia de felicidad que cada uno llevamos en lo profundo del nuestro ser, encuentra en la muerte, la gran barrera que impide su realización. Pero la muerte ha sido vencida. Cristo la ha derrotado. El rompió el cerco que ahogaba a la esperanza y amplió los horizontes hasta darle la dimensión de eternidad.

Quien quiera triunfar sobre la muerte, se le exige como a Cristo, asumir la propia cruz que le llevará a la plenitud de la vida junto a nuestro Padre Dios. Celebrar la pascua es recordar y celebrar este hecho -no se trata de un mero recuerdo- es vivir este acontecimiento, hacer fiesta, es anunciarlo, alborozados y agradecidos, la muerte ha muerto. ¡Viva la Vida! Jesús afirma reiteradamente: “YO SOY LA VIDA”.

Lo propio de la resurrección es la victoria definitiva de la muerte. Todo el énfasis del evangelio de este domingo de pascua está puesto sobre esta derrota. Jesús, el Resucitado, no aparece en la escena. El centro de atención es la tumba vacía. El sepulcro de Cristo apareció abierto y vacío. De aquí en adelante sólo se puede proseguir desde la fe cristiana. La puerta corrida proclamaba con elocuencia la destrucción del poder de la muerte. La vida ha triunfado para siempre. El sepulcro se abrió por obra de quien había sido encerrado en él.

La primera liberación de la persona se da en el interior. En la curación del paralítico constatamos como Jesús le cura del mal del pecado y luego de la parálisis del cuerpo. La fe en Cristo resucitado es liberadora en forma total, porque Jesús nos salva del pecado que es la fuente de todos los males, alteraciones y esclavitudes. En la casa del Centurión romano Cornelio, Pedro dijo: “Los que creen en Jesús reciben, por su nombre, el perdón de sus pecados”. El perdón de los pecados trae siempre alegría y paz interior y exterior al sentirse salvado. Esto es lo que busca el papa Francisco al haber convocado al Jubileo de la Misericordia. No hay Jubileo sin el perdón. El gran regalo de Jesús al resucitar es: el perdón de los pecados.

El acontecimiento de la resurrección de Jesús, manifestado por la tumba vacía, está pidiendo de cada uno, una respuesta responsable y generosa en obras concretas en el vivir diario. San Pablo lo expresa maravillosamente en la carta a los colosenses, “busquen las cosas de arriba”, es decir, lo elevado y lo noble. Nobleza obliga y nosotros hemos renunciado a lo rastrero por el bautismo. También lo hemos realizado en el bautismo “penoso”, el sacramento de la reconciliación, fuente de alegría, de paz y amor.

El papa Francisco reiteradamente nos convoca a trabajar en la construcción del reino de Dios. Nos llama a ser cristianos activos y responsables y no pasivos. Esta vida nueva en Cristo nos impele a tomar decisiones con nosotros mismos, las cuales nos capacitan para anunciar a Cristo resucitado en el contexto social y religioso de nuestra realidad. No podemos quedar inertes ante las aspiraciones rectas y justas de la humanidad. Bajo estas aspiraciones y reivindicaciones sociales, culturales como económicas y laborales nos dice el Vaticano II: “se ocultan una aspiración más profunda y universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y libre, digna del hombre” (GS. 9,3).

Sucre, 27 de marzo de 2016.

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O. F. M.
Arzobispo emérito de Sucre Sucre