Análisis

Mons. Jesús Pérez: “El mejor retrato de Dios”

La antífona de entrada que el misal señala para este cuarto domingo de cuaresma, empieza así: “Alégrate, Jerusalén, y regocíjense con ella todos los que la aman”. Este domingo, desde siglos, se le llama “laetare”, alégrense. Es una invitación a la alegría profunda y auténtica. Cuaresma es un tiempo de austeridad, de penitencia, de conversión, en preparación a la Pascua de Jesús, “Cristo es nuestra Pascua”. Viene a ser este domingo como una pausa, una recreación que nos ayude en la alegría de prepararnos para la “fiesta de todas las fiestas”, la Pascua.

El Año Jubilar, al cual nos ha convocado el papa Francisco el año pasado, es también una llamada a vivir la alegría del perdón. Júbilo y gozo es la bella característica del Año Santo de la Misericordia y de la cuaresma. La gracia jubilar no se gana solamente entrando por las puertas santas que se han señalado en todo el mundo. La alegría está en ser perdonados de todo pecado, en sentirnos alegres en los esfuerzos por vencer el pecado, llenos de la gracia del perdón que vuelve a darnos la alegría de ser iglesia, la certeza de la conversión tantas veces postergada.

El cuarto domingo de cuaresma nos da el mejor retrato de Dios en el evangelio. La parábola del hijo pródigo, mejor si la llamáramos la parábola del Padre bueno, nos la trae el evangelista Lucas; es un excelente resumen de la historia de la salvación y una síntesis de la historia personal de cada uno. Los fariseos son los primeros destinatarios de esta parábola. Este domingo y los que nos quedan de la cuaresma deberíamos pensar con mucha sinceridad en cuál de los personajes de la parábola nos vemos reflejados: en el padre bueno, en el hermano mayor o en el hijo pródigo.

Hace más de 30 años apareció en Filipinas un soldado japonés que había vivido oculto, creyendo que todavía continuaba la segunda guerra mundial. Ignoraba que su país, Japón, y Estados Unidos de Norteamérica habían llegado a un acuerdo de paz. No sabía que en su patria había paz. El hombre tuvo una recepción propia de un héroe, a pesar de lo extraño de su actitud.

Ese hombre nos da una imagen del pecador. Teme ser rechazado por Dios. Cree que el Dios siempre bueno le va a condenar y se esconde de Dios y de sí mismo, como hizo Adán después del pecado. El pecador ignora como el japonés de Filipinas, que la situación es bien distinta de lo que se imagina. Al pecador le espera un gran abrazo de Dios Padre, que dejará de lado todas las fechorías y hará una gran fiesta de bienvenida aunque le había abandonado.

A lo largo de la cuaresma –nos encontramos en la mitad– se nos han ido presentando fuertes motivos para la conversión, para el cambio de vida. Hoy se nos regala esta parábola del hijo pródigo, es una manifestación de lo que espera al pecador. De una forma u otra, todos somos perfectamente imperfectos, pecadores. En la santa misa todos rezamos: “yo confieso ante Dios todo poderoso y ante ustedes hermanos que he pecado mucho…” ¿qué habría pasado si el soldado japonés se hubiera enterado antes? ¡Cuánto tiempo perdido sin disfrutar de su hogar! Pensemos en la alegría que tendríamos por vivir en la amistad con Dios.

La parábola del hijo pródigo nos manifiesta la bondad y la misericordia de Dios con el pecador, siempre comprensivo y lleno de un gran amor, como el padre que recibió rebosante de alegría, aunque había abandonado el hogar. Dios es menos exigente que nosotros, de lo que eran los fariseos, que no comprendieron que Dios es compasivo y misericordioso sin límite. Dios nos ofrece el poder volver a su casa, la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo. El perdón que se nos da nos lleva a un cambio en la vida como hizo el hijo pródigo: dejó aquella miserable vida y volvió al Padre. Dios siempre perdona y no se cansa de perdonar. Dios no es como nosotros. Dios rompe con su perdón la ficha de su archivo y comienza un historial nuevo en el libro de la vida.

El papa Francisco invita reiteradamente con motivo del Jubileo a volverse a Dios, a confiar en su misericordia. Ha hecho un llamado especial para esta cuarta semana de cuaresma. En esta semana pagamos en primer lugar al Señor en nuestras vidas y, luego, todas las otras cosas. Nuestra vida será estupenda si escuchamos a Dios que siempre nos habla, escuchémosle, en la mente, y sobre todo, en el corazón, y llegaremos a vivir la alegría del perdón.