Análisis

Mons. Jesús Pérez: “El claroscuro inevitable de la Fe”

Estamos en pleno tiempo pascual, tercer domingo, y la resurrección de Jesús sigue siendo la Buena Noticia por excelencia y el centro de nuestras celebraciones y de la catequesis de Pedro. En la primera lectura de este domingo, escuchamos a Pedro que dice: “mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”. Es la misma catequesis que Jesús hace a los discípulos de Emaús mientras se van de camino a su casa. Igualmente cuando Jesús se aparece, por primera vez, a los once, que estaban reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

La Iglesia sigue celebrando el gran acontecimiento de la Resurrección de Jesús, el Hijo de Dios. El pueblo cristiano se siente “renovado y rejuvenecido en el espíritu con la alegría de haber recobrado la adopción filial” (oración colecta), “exultante de gozo porque en la resurrección de tu Hijo nos diste motivos para la alegría” (oración sobre las ofrendas), “renovado con los sacramentos de la vida eterna” (oración de poscomunión). Estas oraciones: colecta, sobre las ofrendas y la poscomunión, se llaman oraciones presidenciales y tienen gran importancia y todo el pueblo está de pie cuando las reza el que preside.

La tonalidad de la Eucaristía de estos domingos es de mucha alegría por el gran acontecimiento de la Resurrección de Jesús que celebramos durante la cincuentena pascual. Pedro acusa a la multitud de haber rechazado “al Santo, al Justo” cuando Pilato iba a dar el indulto, ustedes “mataron al autor de la vida”. Esta historia se sigue repitiendo en nuestros días cuando se condenan a los inocentes y se absuelven a los culpables. ¡QUÉ TERRIBLE! Y, no son pocos los condenados por la injusta justicia.

El cristiano ha recibido de Cristo su misma vida de resucitado. En la práctica, vivir como resucitado significa vivir sin pecado. San Juan, en la segunda lectura de hoy, señala cual es el objetivo de su carta: “les escribo esto para que no pequen”. Pues aunque es verdad que por el bautismo recibimos la gracia de Dios, su vida, el ser hijos de Dios, también es verdad que seguimos siendo débiles y vulnerables. Pascua no solamente es estar alegres y dar palmadas, es mucho más, es un estilo de vida en que se vive el amor de Dios, expresado en el amor a los demás. La celebración de la Pascua, para los cristianos, es vivir en la luz, en el amor, en la justicia, en la verdad y en la santidad.

A los apóstoles les costó creer en la resurrección de Jesús. Cuando Jesús se les aparece quedan perplejos, dudan. Esto nos hace ver que la fe tiene una franja de claroscuro que se sitúa ante la duda y la entrega confiada y que está compuesta de riesgo y seguridad al mismo tiempo. Para el cristiano de hoy, creer en Dios y en Cristo, pertenece al mundo de lo invisible-que no es irreal-y, por tanto, no entra de forma inmediata de lo sensible.

La Resurrección de Jesús es un gran misterio que no pertenece al mundo de lo visible y evidente. Es un acto divino que nos resulta inaccesible a no ser por la fe, por los signos de la fe. No basta con que haya una tumba vacía para que el desaparecido sea proclamado Hijo de Dios y Señor… La afirmación de la Resurrección es el núcleo de la confesión pascual. Decir que Jesús ha resucitado es afirmar un hecho de naturaleza “escatológica”, que tiene una relación determinante con “con el fin de los tiempos”. Es afirmar que con la Resurrección, Jesús está ya instalado en su función de Salvador y juez de la historia humana.

La Resurrección pertenece al orden de la fe. Es una acción de Dios con la que inaugura el tiempo de la promesa. La Resurrección es un acontecimiento que concierne al destino personal de Jesús. Pero es al mismo tiempo un misterio de salvación, un acontecimiento que lleva en sí un germen de salvación para toda la humanidad. Nuestra fe nos da la seguridad de que nuestra existencia no termina con la muerte.

Sucre, 19 de abril de 2015

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo emérito de Sucre