Análisis

Mons. Jesús Pérez: “El acta de las dos primeras asambleas”

Durante la semana, en las celebraciones de las eucaristías y el rezo de la Liturgia de las Horas, hemos repitiendo con gran gozo: “Este el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Así mismo, “en este día en que Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado”. Pues bien, este domingo termina la “octava de Pascua”, que se celebra como un único día. Sigue celebrándose la Pascua hasta la solemnidad de Pentecostés y, diremos “en este tiempo pascual”. Ninguna otra fiesta tiene cincuenta días de celebración. Resulta largo y puede hacerse monótona y perderse la importancia de mantener viva la Pascua. Pero es que la Pascua es el centro y la fuente de la salvación. Sin ella no habría redención.

Este domingo se le llama, desde muy antiguo “domínica in albis”, porque en Roma, durante toda la octava, los bautizados en la Noche de la Vigilia Pascual, conservaban el vestido o túnica blanco que habían recibido en el bautismo. Ahora, en el misal, este día lleva el título: “Domingo II de Pascua o de la Misericordia”. No es, sin embargo, ninguna fiesta nueva. Esto se debe a la devoción tan profunda que acompañó siempre al papa san Juan Pablo II.

También este domingo se llamó domingo de “santo Tomás”, porque en el evangelio aparece hoy la actitud incrédula, pero a la vez creyente, del apóstol. Pero Tomás dio un buen ejemplo de fe que pasa desapercibido, al creer no solo en el Jesús histórico que estaba delante de él, sino que confesó que era Dios, al decir: “Señor mío y Dios mío”. Es importante considerar esta confesión de fe, pues muchos, aún cristianos no tienen ideas claras de la divinidad de Jesús, Hijo de Dios. Qué bien nos hace a todos la presencia misericordiosa de Jesús quien se convierte en el ícono del amor misericordioso de Dios Padre, para los discípulos y especialmente para el apóstol Tomas.

Se puede afirmar que el evangelio de hoy nos da como las dos actas de las primeras asambleas de las eucaristías de la Iglesia naciente. En ambos casos, Jesús se hace visible y palpable a todos los congregados en la sala. Jesús que es misericordioso tomó la iniciativa de buscar a los suyos, venciendo los obstáculos de las puertas cerradas. Pero el primer obstáculo que tuvo que superar no fueron las puertas cerradas, sino el miedo de los discípulos que les llevó a cerrarse herméticamente. Esto implicaba su incredulidad, derrotismo, desaliento…

El papa Francisco ha abierto las puertas de las grandes basílicas, lo mismo han hecho los obispos en sus diócesis. Pero, a la vez, ha pedido que abramos las puertas del corazón, lo cual es más difícil hacerlo. “Las puertas del corazón sólo se pueden abrir por dentro”, pues cada uno tiene su llave. Dios no quiere entrar en el corazón a la fuerza, del que se ha obstinado en cerrarse a la gracia del perdón, de la misericordia. No obstante, Dios entra en el corazón de todos, para iluminar la conciencia, reprochar la mala conducta y llamar a la conversión.

Dios es el gran interesado en salvarnos y a través del papa Francisco lo sigue haciendo hoy día. La presencia de Jesús en el cenáculo no era en virtud del mérito de los apóstoles, sino por la misericordia de él. Este amor prosigue para con todos. Jesús sigue presente en medio de la Iglesia no porque lo merezcamos o seamos santos, cuanto para hacernos “santos e irreprochables”, nos dice el apóstol Pablo.

Desde el principio, La Iglesia, tenía centrada su vivencia comunitaria en la eucaristía, reuniéndose cada domingo para celebrar el gran misterio de la Resurrección y para celebrar así el memorial de la Pasión de Jesús y participar de la Pascua, que Jesús dejó en su testamento: “hagan esto en memoria de mí”. Para los cristianos, cada domingo es, “DIA DEL SEÑOR”. Jesús vive está vivo en medio de la comunidad reunida. Hoy parece como si las lecturas quisieran darnos una “catequesis del domingo cristiano”.

La reunión dominical es sumamente significativa e importante para todo cristiano, no sólo nos reunimos con Cristo y en él, sino también como hermanos que somos. La ausencia prolongada de la eucaristías de los domingos denota una gran falta de fe en Cristo y en nosotros, pues los bautizados todos somos iglesia. Las eucaristías son como un ensayo para todos los discípulos de Jesús para las asambleas definitivas y eternas en el cielo. No dudemos que las eucaristías bien celebradas, preparadas y participadas en forma íntegra nos ayudan vivir de acuerdo a nuestra fe.

Sucre, 2 de abril de 2016.

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O. F. M.
Arzobispo emérito de Sucre