Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: COMER CON Y BEBER CON

La parábola de hoy, Mateo 22,1-14, como las de los dos domingos anteriores insiste en las mismas ideas, aquellos viñadores homicidas y el hijo que dijo “si” pero no fue a trabajar a la viña del padre. En todas estas parábolas está la denuncia profética de Jesús sobre su pueblo que no lo aceptó como Mesías.

Los banquetes o comidas han servido para expresar lo bueno y lo festivo, tanto en las relaciones humanas como en las divinas. Sin duda los alimentos sirven para nutrirnos pero son buenos signos de comunión y solidaridad entre los comensales y los que invitan; en la Eucaristía quien invita es Dios mismo.

En las expresiones litúrgicas encontramos esta palabra “convivium”, comer con otros y, esta otra “sympocium”, o sea, beber con otros. Esto se entiende perfectamente en las relaciones humanas. Sin duda alguna que depende de los manjares y bebidas que se ofrecen, pero mucho más importante será la comunicación entre los comensales o que clase de fiesta se celebra.

La primera lectura de hoy Isaías 25,6-9, nos presenta la intervención de Dios para salvar a su pueblo, es como una descripción del final del mundo, del juicio de Dios, no como día catastrófico, ni de dolor y llanto. Más bien Dios prepara un banquete al que invitará a todos. Habla y presenta la venida de Dios con optimismo y se podrá gozar de Dios. Disfrutaremos de la ternura de Dios, “aquel día se dirá: aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación. Regocijémonos de alegría, porque nos ha salvado” (Is 6,9).

La parábola de hoy, hay  que entenderla desde la perspectiva de la voluntad salvadora de Dios. Difícilmente se encontrará una autoridad humana que repita una y otra vez la invitación a los invitados que han hecho el desaire. Dios es de otra forma. “La mesa esta servida” (Mt 22,4). También podría decir lo que encontramos en el libro del Apocalipsis: “Y la esposa ya está engalanada” (Ap 19,7). Nadie esta excluido de la invitación divina.

Tanto Isaías como Cristo quieren describir como es el Reino de Dios que el mismo ha preparado y para ello recurre a los símbolos de comida con buenas bebidas y manjares. ¡Cuán diferente sería para muchos el ser discípulo de Cristo si vieran de esta forma la llamada a ser cristiano! También, ¡cuán diferente miraríamos la vuelta del Señor, el fin del mundo, si sintiéramos a Dios, como el Dios que nos llama a vivir el disfrute del Reino!

Cristo presenta la pertenencia a su Reino como iniciativa o llamada de Él. Queda claro, muy claro en la parábola de hoy. Es el Rey mismo el que invita a participar y celebrar las bodas de su hijo, tiene el gran deseo de llenar su casa de comensales. La parábola quiere explicar que aquellos hombres religiosos de Israel se negaron a escuchar al Hijo de Dios, a Jesucristo.

Hay un contraste en la parábola: el pueblo de Israel que no acepta la invitación, la llamada de Jesús y los extranjeros que sí. Es un drama antiguo. Se puede suponer que ya estaba los nombres puestos en los lugares asignados, pero no aceptaron. Los israelitas rechazaron a los profetas y a Cristo. Por ello, “los últimos serán los primeros” (Mt 20,16).

La Palabra de Dios se proclama en nuestras celebraciones para los que participamos en ellas y podemos desaprovechar la llamada, la gracia de Dios, sus dones. Llega el Domingo, “Día del Señor” cuando Cristo resucitado quiere comunicarnos su vida y nosotros muchas veces nos entretenemos en otras cosas, no oímos la invitación. La Eucaristía por falta de respuesta deja de ser iluminadora y el alimento del Cuerpo y Sangre, no llega a ser como Jesús tiene previsto, la fuerza para toda la semana.

Cada comunidad cristiana, cada parroquia, empezando por la familia, por casa, como decía el domingo pasado, tiene la misión de trabajar, de ser apóstoles para que se conozca el llamado a formar parte del Reino, a participar de la felicidad de comer con y de beber con en el banquete de su amor, de su fiesta.

Los emisarios del rey “reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos” (Mt 22,10). Así imaginó, pensó Jesucristo a su Iglesia. No la vio como la reunión de perfectos. Pero al final de la parábola se dice que uno de los invitados no tenía “vestido de fiesta” (Mt 22,12). Parece que esto es un aviso sobre nuestra actitud ante la invitación al Reino. Ser invitados al banquete de bodas del hijo del Rey, exige una coherencia con ese honor. Cuando el evangelista Mateo escribe el evangelio tenía presente que no todos son dignos de ese honor. Las invitaciones de Dios son gozosas, pero también exigentes. No hay cosa más exigente que la amistad, la fiesta, el amor auténtico.

Jesús Pérez Rodríguez
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, 9 de octubre de 2011