Sucre

Mons. Jesús Pérez: a crecer más y más

Las personas cristianas que alimentan su fe, celebrándola en la eucaristía dominical han visto en sus iglesias la llamada “corona de adviento”. Esta corona consta de cuatro cirios o velas, el domingo pasado se encendió la primera, hoy la segunda, y, este simbolismo, nos invita a caminar hacia adelante con la ferviente ilusión de llegar a la Navidad, fiesta de luz. Es una invitación a crecer más y más. A preparar el pesebre interior donde el Niño Dios quiere renacer.

Este segundo domingo de Adviento, entra en escena Juan el Bautista, el Precursor de Jesús, con la llamada profética de preparación a la venida del Salvador; su palabra resonará también el próximo domingo. Varios profetas, especialmente Isaías, con María Inmaculada –su fiesta fue ayer– son los personajes más sobresalientes del tiempo de Adviento.

La segunda lectura de este domingo es de Pablo a los fieles de Filipo, que está al norte de Grecia y fue evangelizada por Pablo. Su carta está escrita desde la cárcel. El apóstol expresa su alegría y su orgullo por la vida tan íntegra que llevan los filipenses. Les invita, a “crecer” y a “llevar adelante hasta el día de Cristo Jesús” lo que han comenzado. Los invita a crecer en “penetración y sensibilidad para apreciar los valores” y, esto para poder “llegar al Día de Cristo limpios e incorruptibles, cargados de frutos de justicia” (cf Flp 1,4-6.8-11).

El domingo pasado se nos dijo: “tengan ánimo y levanten sus cabezas, porque está por llegar la liberación” (Lc 21,28). Según el diccionario, liberación es, la “acción de poner en libertad”. Hay muchas maneras, sin duda, de verse privado de libertad. Se libera a un preso al sacarlo de la cárcel, se libera a alguien del analfabetismo al enseñarle a leer y escribir, se libera a un pobre que no tiene que comer, dándole un trabajo.
En el actuar de Dios todopoderoso vemos que libera al pueblo sacándole de la esclavitud de Egipto y conduciéndole a una nueva tierra. Esa acción de Dios es el símbolo de todo lo que Dios quiere hacer con la humanidad. El vino para salvarnos, liberarnos del pecado. Quiere llevarnos de la servidumbre esclavizante, fruto del pecado, a la alegría de servir a los demás viéndole en cada uno de nuestros semejantes. La liberación que nos ha traído Cristo, la acción en pro de los oprimidos y marginados de cada cristiano es mucho, muchísimo más que la llamada “liberación sociológica”.

La alegría de Navidad está en el anuncio de nuestra liberación. Cristo es el Salvador “les ha nacido un Salvador”(Lc 2,11), dicen los ángeles a los pastores. Gracias a Cristo podremos vernos libres del pecado y de todas sus secuelas, como son: el egoísmo, la soberbia, la violencia, la mediocridad… Pero la liberación que nos ofrece Jesús es, sin duda, un regalo y, a la vez, hay que conquistarla día a día por cada uno.
La actitud de este tiempo de Adviento es de espera gozosa del Señor que quiere nacer en nuestros corazones y debe manifestarse en una actitud dinámica y concreta de caminar, hacia adelante, creciendo más y más en el seguimiento de Jesús. Por eso, la liturgia pone esta súplica en la oración colecta: “cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo”. El Señor viene a “nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento” decimos en el prefacio tercero de Adviento. Y, continúa invitándonos a recibirle “en la fe y por el amor”.

La fe es una peregrinación –estamos en el Año de la Fe– que acaba con el encuentro definitivo con el Señor. Pablo urge a los fieles de Filipos a que no se conformen con la fe que ya profesan en Cristo Jesús, sino que sigan madurando: “que su comunidad siga creciendo” (Flp 1,9). La fe a la que hemos llegado ya es buena, dice Pablo: “él ha inaugurado entre ustedes una empresa buena” (Flp 1,6)pero es necesario seguir creciendo en la fe, María es presentada como modelo de virtudes que debe imitar la Iglesia. Ella “progresando continuamente en la fe, en la esperanza y en la caridad y buscando y obedeciendo en todo la voluntad divina”, se convierte para los cristianos, especialmente en este Año de la Fe, en la luz esplendorosa en el peregrinar de la fe.

Es necesaria la fe para dejar de lamentarnos y quejarnos dejando que la alegría reine en nuestra vida. Un cristiano que vive abatido por la situación del mundo, del país, de la Iglesia a pesar de las promesas del Señor, está dudando, está flojo en su fe y hará que la gracia de la salvación y liberación que nos trajo Jesús con su nacimiento no produzca fruto en él.

Hay que reavivar la fe en nosotros pero también la esperanza. La esperanza tiene que verse, notarse en el actuar. La esperanza no puede ser pasiva, debe ser dinámica, saliendo al encuentro del Señor. Es necesario crecer en la esperanza. Por eso, el Adviento es tiempo de esfuerzo y la desconfianza afloja. El desaliento aplasta. El evangelio de Lucas hace un llamado fuerte a la ascesis: “preparen los caminos del Señor, allanen sus senderos, elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale” (Lc 3,4-5). Así estará expedito el camino de la fe: “y todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6).

 

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, 9 de diciembre de 2012