Sucre

Mons. Jesús Juárez: “Hagan esto en memoria mía” (Corpus Christi 2018 en Sucre)

Homilía del Arzobispo de Sucre – Eucaristía en Plaza Aniceto Arce. 

Memoria

Hagan esto en memoria mía es el mandato de Jesús de Nazaret a sus discípulos durante su última cena pascual.

Hacemos memoria de Aquél que curó enfermos y expulsó demonios; de Aquel que abrazó a los últimos y descartados para devolverles su dignidad y esperanza; de Aquél que predicó la verdad del Reino de Dios y trastocó los intereses del poder religioso y político de su tiempo y que después de haber instituido la Eucaristía fue sometido al calvario de su pasión y muerte, camino necesario para la resurrección y vida eterna junto al Padre.

Esta memoria de Jesús la tenían claramente las primeras comunidades cristianas que acudían asiduamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la convivencia, a la fracción del pan y a las oraciones… Todos los que habían creído, vivían unidos y compartían todo cuanto tenían (cfr. Hch 2,42.44).

Por eso hoy, después de veinte siglos de la Encarnación de Cristo, Él sigue haciéndose presente en la Eucaristía: Pan transformado en el cuerpo de Cristo, vino transformado en la Sangre del Señor. Verdadero milagro de amor y cumplimiento de la promesa de Jesús de Nazareth hecha a sus discípulos: “yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine el mundo” (Mt 28,20), y que mejor presencia que la eucarística.

Nos preguntamos: ¿cuáles serían las condiciones cristianas para que la Eucaristía, presencia real del Señor no solo quede en rito religioso de una hora, sino que se prolongue en la vida personal y de la comunidad en todo sentido?

Una primera respuesta la encontramos en las palabras mismas de Jesús en la primera Eucaristía, a cuya mesa invitó a sus discípulos, cuando tomando el pan dio gracias lo bendijo y lo repartió diciendo: “tomen esto es mi cuerpo” y alzando el cáliz con el vino  “tomen y beban, esta es mi sangre de la nueva Alianza que será derramada por ustedes y por muchos” (Mc 14,12-16.22-26).

Gratitud y unidad

Son sentimientos que brotan de un corazón sincero, con profunda gratitud por ser Jesús el Pan de vida eterna, el alimento que sacia nuestra hambre durante nuestra peregrinación hasta que “Él vuelva”. Esta gratitud brota del llamado a la unidad querida por Jesús en la oración de la última cena (Jn 17,21) simbolizada en muchos granos y racimos que forman un solo pan, granos que provienen de diferentes lugares y tierras; de distintos colores y culturas; de diversas lenguas y tradiciones.

¿No es esto un llamado para cada uno de nosotros aprecie la diversidad cultural y de pensamiento y también una invitación a promover la cultura del respeto  y la tolerancia hacia el otro?

Desterremos de nosotros las divisiones que perjudican la convivencia en la comunidad; el resentimiento que amarga e impide el encuentro fraterno; la discriminación que excluye y nos aleja de los hermanos.

Pan partido, repartido y compartido

Éste ha sido parte del slogan del último Congreso eucarístico realizado en Tarija. El cuerpo de Cristo presente en el pan consagrado, debe ser siempre partido y repartido en la Eucaristía como dimensión litúrgica y repartido y compartido entre todos como expresión de solidaridad y compartir fraterno para que todos tengan vida y vida en abundancia (Jn 10,10) y que también manifiesta la dimensión social del Cuerpo de Cristo para saciar el hambre de muchos hermanos nuestros. Como dijo San Juan Pablo II en su visita a la Villa el Salvador en Perú, hoy más que nunca la humanidad tiene hambre del pan de cada día y el pan de la Palabra de Dios y para hacer esto realidad, hacen falta manos generosas y decididas que ayuden a repartirlo como leemos en la multiplicación de los panes narrada por el apóstol y evangelista Mateo (14,13-21).

Que nuestra generosidad hacia el hermano, venza al egoísmo enraizado en el corazón; que los que viven en abundancia  compartan con alegría lo recibido del Señor; que frente a las personas que no logran satisfacer sus necesidades básicas arranquemos del corazón la vanidad, el despilfarro y el ansia de ostentación.

Sentados en la misma mesa

El Señor invita a todos sus hijos a  una misma mesa y la Iglesia les abre sus brazos como buena madre a través de las parroquias que tienen el mandato de “renovarse en la mesa del altar”.

La mesa es un lugar de encuentro, de diálogo, de compartir experiencias de vida y alegrías, aunque tampoco faltan los problemas y penas. En ella se sientan los hijos de una misma familia con caracteres distintos, con ideas diversas, con sueños y proyectos diferentes. No hay ninguna discriminación ni racismo, sólo la escucha y el gozo de estar juntos como hermanos en la mesa del Señor.

Ahora nos preguntamos, por ejemplo: ¿Puede compartir la mesa común el empresario con los trabajadores? ¿Un juez con el acusado que busca justicia? ¿Un rico en la abundancia con el pobre sumido en la miseria? ¿El político con el adversario? Esto sólo será posible si existe una auténtica conversión-cambio de mentalidad y conducta- y verdadera reconciliación ofreciendo y recibiendo el perdón mutuo. En la carta a los Hebreros se nos ha dicho que la sangre de Cristo sin mancha “purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para permitirnos tributar culto al Dios viviente” (9,11-15), culto a Dios y servicio a su reino de amor, justicia y paz. Y también con el salmo que hemos recitado nos compromete a ofrecer un sacrificio de alabanza e invocar el nombre del Señor. A cumplir nuestros compromisos en presencia de todo el pueblo.

La fiesta del Corpus Christi a ser misioneros de la Eucaristía y adoradores profundos y constantes de Cristo presente en la Sagrada Hostia.

Amén.

Sucre, 31 de mayo de 2018

Mons. Jesús Juárez Párraga, sdb.

Arzobispo de Sucre

 

[Imágenes: Radio María y P. Enrique Quiroga]