Análisis

Miguel Manzanera, SJ: Desafíos pastorales de la familia

El pasado 19 de octubre de 2014 se ha clausurado en Roma el Sínodo Extraordinario de los Obispos sobre la Familia, que ha tenido notable eco en los medios de comunicación por tratarse temas importantes e, incluso, algunos de ellos polémicos, como los divorciados y vueltos a casar y las parejas homosexuales.

Sin embargo para el Sínodo lo más importante ha sido la situación real de las familias, de los esposos y de los hijos en relación con la evangelización. Al final del Sínodo los miembros sinodales han querido ofrecer a la opinión pública una extensa “Relación del Sínodo” para preparar el próximo Sínodo de la Familia a celebrarse en octubre de 2015. Además han publicado un mensaje cuyo resumen damos a conocer a nuestros lectores.

Los Obispos saludan fraternalmente a todas las familias, especialmente a las creyentes en Jesús, Vía, Verdad y Vida, felicitándolas por su fidelidad, su esperanza y su amor. Recuerdan que ellos también han nacido y vivido en familias y siguen trabajando con ellas, compartiendo sus problemas y dificultades.

Subrayan que el mismo Hijo de Dios se encarnó y vivió en el seno de la familia de Nazaret. Ahora desea ser invitado a compartir los hogares familiares. “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaremos juntos” (cf. Ap 3, 8).

Saben que las familias atraviesan “desafíos emocionantes y a veces también pruebas dramáticas”. La infidelidad conyugal viene acompañada muchas veces por el debilitamiento de la fe y de los valores, el individualismo, el empobrecimiento de las relaciones y el estrés, desembocando en crisis matrimoniales. A veces éstas se afrontan de modo superficial y sin la valentía de la paciencia, del diálogo sincero, del perdón recíproco, de la reconciliación y también del sacrificio. Los fracasos dan origen a nuevas relaciones y nuevos matrimonios, creando situaciones familiares complejas y problemáticas para la opción cristiana.
A esto se añaden otros factores como ser el “cansancio de la propia existencia”, las enfermedades y discapacidades, el deterioro de la vejez y la muerte de los seres queridos. También son frecuentes los problemas económicos, la pobreza, la violencia contra la mujer, la guerra y en determinados contextos la persecución religiosa.

Los Obispos hacen un llamado a los fieles para que no se dejen anestesiar por la cultura del bienestar y especialmente reclaman a los gobiernos y a las organizaciones internacionales para que promuevan los derechos de la familia y el bien común. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Jesús, quiere ser una casa abierta, “recibiendo a todos sin excluir a nadie”.

Los Obispos agradecen a los pastores, a los fieles y a las comunidades que acompañan y se hacen cargo de las heridas interiores y sociales de los matrimonios y de las familias. Invitan a los esposos a vivir y renovar el compromiso nupcial en el encuentro y el diálogo para que sean ambos una ”ayuda adecuada” (Gn 2, 18), semejante y recíproca. “El amor del varón y de la mujer nos enseña que cada uno necesita al otro para llegar a ser él mismo, aunque se mantiene distinto del otro en su identidad, que se abre y se revela en el mutuo don, según expresa poéticamente la mujer del Cantar de los Cantares: ”Mi amado es mío y yo soy suya. Yo soy de mi amado y él es mío” (Ct 2, 16).

El mensaje subraya que para llegar a formar una verdadera comunión de amor hace falta ya desde el noviazgo prepararse al sacramento del matrimonio, bendecido y vivificado por Dios. “El amor tiende por su propia naturaleza a ser para siempre, hasta dar la vida por la persona amada. Bajo esta luz, el amor conyugal, único e indisoluble, puede persistir a pesar de las múltiples dificultades del límite humano”.

Este amor se difunde naturalmente a través de la fecundidad y la “procreatividad” que no es sólo la procreación, sino que también incluye el ofrecer el don de la vida divina en el bautismo, la educación y la catequesis de los hijos. Además debe extenderse a la capacidad de ofrecer vida, afecto y valores, como experiencia posible también para quienes no pueden tener hijos. Las familias que viven esta aventura luminosa se convierten en un testimonio para todos, en particular para los jóvenes.

Para superar el cansancio y las caídas que amenazan a la vida conyugal siempre está la compañía de Dios que se experimenta en el afecto y en el diálogo entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanas y hermanos. Además se vive al escuchar la Palabra de Dios y al orar juntos, en un pequeño oasis del espíritu que se puede crear por un momento cada día. También hay que esforzarse en la educación en la fe y en la vida buena y bella del Evangelio: en la santidad. Los abuelos frecuentemente comparten esa misión con gran afecto y dedicación. Así la familia se presenta como una auténtica Iglesia doméstica, que se integra en la familia de familias que es la comunidad eclesial. Los cónyuges cristianos son llamados a convertirse en maestros de la fe y del amor para los matrimonios jóvenes.

Otra expresión clave de la comunión familiar es la caridad, la entrega, la cercanía a los últimos, a los marginados, a los pobres, a las personas solas, enfermas, extrajeras, a las familias en crisis, cumpliendo las palabras del Señor: ”Hay más alegría en dar que en recibir”. Es una entrega de bienes, de compañía, de amor y de misericordia, y también un testimonio de verdad, de luz, de sentido de la vida.

La Eucaristía dominical recoge y unifica todos los hilos de la comunión con Dios y con el prójimo, cuando la familia con toda la Iglesia se sienta a la mesa con el Señor. Él se entrega a todos nosotros, peregrinos en la historia hacia la meta del encuentro último, cuando Cristo ”será todo en todos”.

Concluyen los Obispos, uniéndose a la familia de Nazaret y elevando a Dios Padre esta oración por las familias de la tierra: Para que los esposos sean fuertes y sabios y vivan en paz con su familia. Para que los hijos sean signos de confianza y de esperanza y los jóvenes tengan el coraje del compromiso estable y fiel. Para que todos ganen el pan con sus propias manos, gusten la serenidad del espíritu y mantengan viva la llama de la fe también en tiempos de oscuridad. Para que florezca una Iglesia cada vez más fiel y creíble que ame la verdad, la justicia y la misericordia.