Análisis

Miguel Manzanera, S.J.: “Papa Francisco: El otro es un don (II)”

Continuamos con la exposición del mensaje del Papa Francisco para esta Cuaresma de 2017, titulado “La palabra es un don. El otro es un don”, tomando como referencia la parábola “El rico epulón y el pobre Lázaro” (Lc 16, 19-31). En la primera parte veíamos la escena de referencia contrastante. Mientras el rico banqueteaba cada día espléndidamente, Lázaro lleno de llagas se alimentaba de los restos de la comida y hasta los perros le lamían las heridas de su cuerpo.

El Papa titula la segunda parte “El pecado nos ciega”. Expone cómo el rico se viste con un lujo exagerado con ropa de púrpura, tela sumamente valiosa, elaborada con un lino especial. Se cotizaba más cara que el oro y que la plata y le daba al rico un aspecto divino (cf. Jr 10, 9; Jc 8, 26).

La parábola muestra cómo la codicia hace vanidoso al rico, que busca que los demás le vean. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia.

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Su obsesión es el propio yo. Las personas a su alrededor no merecen su atención. Vive en una ceguera que le impide ver al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.

Jesús observó esta actitud en muchos de los fariseos que, además se tenían por cumplidores religiosos Por eso Jesús les condena duramente: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24).

Igualmente el apóstol Pablo subraya que “la raíz de todos los males es la avaricia” (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos, en la vida familiar y en la vida social y política.

El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico. En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

En el tercer acápite “La Palabra es un don”, el Papa remite a la Cuaresma como un tiempo de gracia y de conversión. El Miércoles de Ceniza, el sacerdote pone la ceniza en la frente de los penitentes con estas palabras: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”. Con ello hace que miremos hacia el más allá, donde todos llegaremos pasando por la muerte.

Con ello se explica la última escena de la parábola cuando el rico envuelto en llamas ve a Lázaro en el seno de Abrahán y le pide a éste que le envíe a Lázaro para que le refresque la lengua. Pero Abrahán le responde que la vida eterna es como una compensación equitativa con el premio a los que han sufrido y el castigo a los que han sido egoístas. Tal como Abrahán explica al rico egoísta: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces” (v. 25)

En el más allá se restablece la equidad. Los males de la vida se equilibran con los bienes eternos. Este aspecto muestra cómo la vida del rico fue totalmente contradictoria, ya que en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios (Proseguirá).