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Mensaje para el Adviento: “Con fe y esperanza salimos al encuentro de Cristo”

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo, 2 de diciembre, iniciamos el Adviento; tiempo propicio para renovar la esperanza; la fe sin esperanza no sirve. Adviento tiempo litúrgico para prepararnos espiritualmente a la celebración de la Navidad. Las lecturas de las celebraciones litúrgicas: Eucaristía y Liturgia de las Horas, como también otras celebraciones de la religiosidad popular, nos invitan a ejercitarnos en la esperanza. La consigna del Adviento es aumentar la esperanza o las ansias de Dios. Como dice el salmista: “tengo sed de Dios… como tierra reseca, agostada, sin agua…” (Sal 62,2). Con fe y esperanza salimos al encuentro de Cristo.

En Adviento la Madre Iglesia nos invita a esperar con fe al Hijo de Dios que se encarnó en las entrañas de María. Nos convoca el Adviento a recorrer un camino espiritual que exige valor. El Adviento nos llama a madurar y crecer en la espera o vuelta de Jesús que lo hará al final del mundo. Todo esto nos exige concentración, asimilación, humildad, silencio, conversión, compromiso, fidelidad… Esto solo se puede vivir desde la fe. San Agustín lo expresa maravillosamente: “Dios, teniendo un Hijo único, lo hizo hombre para que el Hijo del Hombre se hiciera hijo de Dios”

La Palabra de Dios en el Adviento nos sale al paso y nos pide mucha atención para saber escuchar con humildad lo que Dios quiere para cada cual y lo que quiere también para su Iglesia. Se necesita humildad para cambiar lo que haya que cambiar lo cual produce un espíritu nuevo que nos recrea. Es diciendo “Si” que podemos comenzar, es renovando el “Sí” que avanzaremos y es muriendo por el “Si” que concluiremos este tiempo en el gozo de la Navidad, sabiendo que Jesús volverá en cualquier momento.
El pueblo de Israel sabía que el Mesías iba a  venir pero llegó Jesús y las preocupaciones de la vida, la rutina diaria, sus ideas políticas y sociales del Mesías… hicieron que no estuvieran preparados espiritualmente para ver en Jesús de Nazaret al Redentor y Salvador anunciado por los profetas y por Juan el Bautista, Precursor del Señor, que les decía: “en medio de ustedes hay uno a quien no conocen” (Jn 1,26).
Durante el Adviento y el año litúrgico que iniciamos, la Iglesia escucha al evangelista Lucas. El no pertenecía al grupo de los doce apóstoles pero escribió dos libros que están en la Biblia: los Hechos de los Apóstoles y el Evangelio que lleva su nombre. Las características de este evangelista son las siguientes: a) el evangelista ve la historia  de la salvación en tres tiempos: el Antiguo Testamento, el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia; b) el protagonista de esta historia de la salvación es el Espíritu Santo; c) el evangelio de Lucas es el evangelio de la misericordia por excelencia; d) para Lucas, el seguimiento de Jesús es lo que constituye el ser cristiano; e) es el evangelio que más nos habla de María.

El Adviento nos invita mirar al futuro, especialmente el primer domingo. El principio del Año Cristiano como el final apuntan a la misma dirección; más allá de la fiesta de Navidad, nos guían a la vuelta del Señor Jesús, hacia la manifestación gloriosa del Señor vencedor de la historia,“entonces verán al Hijo del Hombre venir con gran poder” (Lc 21,27). Por ello, la oración colecta del primer domingo pide a Dios que “avive en sus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras”.
El Adviento nos hace mirar al fin de la Historia, no se fija hasta el 16 de diciembre, tanto en la venida  y acontecimientos en Belén, esto ya sucedió, sino en la última venida, gloriosa y definitiva de Cristo, el Juez Salvador. Todo esto para vivir el compromiso con el presente. Miramos al futuro y trabajamos por un mundo mejor, animados y fortalecidos por el Espíritu Santo. Por ello, la vida de la Iglesia, de los cristianos, está inmersa en la vida humana, llámensela social o política. La Iglesia, el cristiano, no puede reducir su vida al culto, a la sacristía, está para servir al mundo. “La fe crece cuando se comparte”.

Ya todo habla de la Navidad. Algunos hablan más de las fiestas de fin de año. Este anuncio de la Navidad –Dios nacido para nuestra salvación– emociona y conmueve a creyentes y no creyentes. Comienzan los preparativos para la fiesta del Nacimiento del Redentor. La liturgia nos orienta y guía en este tiempo con la llamada calurosa de estar de pie ante Cristo, estar en vela, “en vigilante espera”. No nos debe preocupar tanto la venida final, si es mañana o dentro de cinco mil años, como la venida para cada uno que está próxima.
Nos preparamos en este tiempo de Adviento para celebrar el aniversario del Nacimiento de Jesús. Es un tiempo maravilloso para vivir la presencia de Dios en Cristo. Pero, ¡cuidado! Que no nos secuestren la Navidad.  “Si un personaje te dijera: voy a habitar en tu casa, ¿qué harías?, si tu casa es pequeña, sin duda que te quedarías desconcertado, te espantarías, preferirías que el encuentro no tuviera lugar. Ahora bien, tú no temes la venida de Dios. No temes el deseo de Dios. Al venir, no reduce el espacio; al contrario, cuando venga, será Él quien te dilate” (San Agustín).

No debiéramos preocuparnos de los fenómenos cósmicos de que habla el Evangelio, sino de la esperanza, como dice Jesús, “alcen la cabeza: se acerca la liberación” (Lc 21,28). Ni la muerte de cada uno, ni el fin del mundo será el final, al contrario, es el inicio de una vida nueva, una nueva manera de existir. No explica Jesús en detalle lo que serán los cielos nuevos y la tierra nueva, pero sabemos que el Señor cumple con su palabra.

El apóstol Pablo, orienta a los cristianos de Tesalónica ante la creencia de que el Señor estaba cerca y de un momento a otro aparecería, a seguir adelante: “procedan así y sigan adelante”, “rebosen de amor mutuo y de amor a todos”, “fortalézcanse interiormente”. Es el programa centrado en el amor para estar ante Cristo: “santos e irreprochables” (cf. 1Tes 3,12-13).

En el Adviento, junto a los profetas y a Juan el Bautista, está María, la Inmaculada, la Madre del Salvador. Ella ha acompañado a nuestro pueblo chuquisaqueño en el peregrinar de la fe. María nos ha dado a Cristo y, Él, nos ha dado a María como Madre. María nos lleva a Cristo, Él es el centro de nuestra fe y, María es la creyente en la salvación que Jesús nos trajo con su venida al mundo. La fe es el regalo más precioso que nos ha venido por la evangelización. Por ello, con María y por María, en Adviento, en este Año de la Fe, seamos discípulos misioneros y dejémonos evangelizar. Que María, “Estrella de la Evangelización” nos acerque a la fuente de la Vida, Cristo Jesús.
Supliquemos fervientemente en este tiempo de Adviento: “Venga a nosotros tu Reino, Señor”.

 

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, diciembre de 2012