Análisis

Matanza en Pakistán

El terrible atentado que ha costado la vida a 72 personas y ha provocado más de trescientos heridos en un parque de atracciones de Lahore, la segunda ciudad más importante de Pakistán, es un dramático paso más en la grave escalada que registra el terrorismo islámico en todo el mundo. Esta vez el objetivo de la barbarie y del fanatismo religioso han sido las familias –en su mayoría cristianas– que celebraban en ese lugar la festividad de Pascua.

Este brutal atentado es el último penoso episodio de una larga historia de persecución de los cristianos en Pakistán, que tiene su máxima expresión en la violencia que ejercen sobre ellos las facciones talibanas más radicales. En este caso ha sido el grupo Jamaat-ul-Ahrar, aliado de Al Qaeda y escindido de los talibanes moderados, que lo ha reivindicado y que ha amenazado con nuevos atentados hasta que la ley islámica –la charia– se imponga en el país.

El citado atentado es el más grave de los dirigidos contra la minoría cristiana en Pakistán desde el registrado en el 2013 en la ciudad de Peshawar, cuando una doble acción suicida en una iglesia provocó una explosión que mató a 82 personas. Lo sucedido ahora, que revela la impotencia de las autoridades pakistaníes para proteger a las minorías religiosas, hará más difícil la convivencia de los cristianos con los musulmanes.

Los cristianos son apenas el 2% de la población de Pakistán, que es de 200 millones de personas. Viven una situación de constante marginación social y laboral –desempeñan los trabajos que los musulmanes rechazan– y sufren la constante amenaza de ser acusados de blasfemos, por lo que son objeto de linchamientos y pueden ser condenados hasta con la pena capital, como sucede con Asia Bibi, madre de cinco hijos, que desde el 2010 se halla en el corredor de la muerte y cuya ejecución inmediata piden los movimientos más radicales.

Las comunidades cristianas de Pakistán denuncian que las autoridades del país subestiman las amenazas que reciben y que no las protegen. En realidad se esperaban ya alguna reacción violenta después de que recientemente el Gobierno hubiera ahorcado al islamista radical Mumtaz Qadri, condenado a muerte por haber asesinado a Salman Taseer, un líder político favorable a la reforma de la polémica ley sobre la blasfemia.

En un escenario social de fanatismo religioso, bajo la constante amenaza talibán, el país se ha convertido en enormemente inseguro. Otras minorías religiosas, como los hindúes, sufren una si­tuación similar a la de los cristianos, aunque no tan acusada.

Ante el panorama existente, el llamamiento del papa Francisco a las autoridades de Pakistán para que se intensifiquen las medidas de protección a la población, en especial la minoría cristiana, probablemente tendrá muy poco eco, dada la dificultad de dicho cometido y el escaso respaldo social y político con que cuentan los cristianos en el país. Pero no se trata sólo de proteger a esta confesión, sino de combatir el creciente poder que los movimientos talibanes más radicales demuestran con sus atentados en todo el país, dentro de una estrategia para debilitar al primer ministro, Nawaz Sharif, aliado de Estados Unidos y Europa. Como mínimo es importante que las autoridades atiendan también el llamamiento del presidente de las Naciones Unidas para que los responsables de haber organizado el atentado de Lahore sean detenidos y respondan ante la justicia.