Análisis

MARÍA DE URKUPIÑA, MADRE DE LA INTEGRACIÓN ECLESIAL Y SOCIAL

Bolivia, al igual que otros países latinoamericanos, recibió de España una profunda fe cristiana y al mismo tiempo mariana. Prueba de ello son las numerosas advocaciones con las que la Virgen María es venerada por el pueblo sencillo y también por todas las clases sociales. Especial relevancia ha adquirido en las últimas décadas la Virgen de Urkupiña, en su sede de Quillacollo, población cercana a Cochabamba, cuya fiesta principal es el 15 de agosto, día de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos.

Este fenómeno de Urkupiña atrae a muchos estudiosos para investigar sus múltiples facetas y dimensiones folclóricas, sociales, culturales y religiosas, habiendo adquirido en las últimas décadas una dimensión enorme hasta convertirse en el acontecimiento religioso más importante del país.

Como magnetizados por un gigantesco imán, acuden a venerar a la Mamita de Urkupiña peregrinos de distintos lugares de Bolivia y de otros países. A pesar de los ya crónicos problemas sociales, ha crecido el flujo de visitantes. Cientos de miles de fieles llegan al Santuario, al Calvario y al cerro de Cota. Muchos de ellos lo hacen movidos por su fe, sacrificándose en largas horas de peregrinación a pie, como rito penitencial por el que solicitan la clemencia divina a través de la Virgen María, madre de la misericordia.

Un gran desafío para la Iglesia Católica es erradicar las lacras del materialismo, alcoholismo y erotismo que contaminan esta fiesta, y al mismo tiempo cristianizar sus elementos populares sanos. El rito de arrancar una piedra del cerro y llevársela en préstamo puede y debe ser vivido como un símbolo sacramental de pertenencia a la Iglesia. Todos los creyentes en Jesús estamos llamados a ser piedras vivas en el edificio de la Iglesia, de la que todos formamos parte. “Acercándonos a Cristo, piedra viva, desechada por los hombres pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros como piedras vivas, ¡entrad en la construcción del edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, por mediación de Jesucristo!” (1 Pe 2, 4-8).

La piedra que los devotos recogen en el cerro de Cota y llevan a sus casas no es un talismán mágico, sino que debe ser conservada como recuerdo del encuentro con el Señor y la Virgen María que llaman a la conversión y a la participación activa en la Iglesia. Según el Apocalipsis “El que tenga oídos, oiga lo que dice la Rúaj (Espíritu) a las Iglesias: Al vencedor le daré maná escondido; y le daré también una piedrecita blanca y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe” (Ap, 2, 17).

Estos tres regalos, el maná, la piedrecita y el nombre, los recibimos de la Rúaj Santa a través de María, su hija predilecta, elevada por Jesús en la cruz a la dignidad de Esposa del Redentor y Madre de la Iglesia. El maná escondido en el Arca simboliza a Jesús, el Pan vivo que se nos da como alimento para el camino hacia el Reino celestial. La piederecita blanca con el nombre nuevo es la señal de identidad filial que la Rúaj establece con cada uno de sus hijos a través de María, la Madre amorosa que nos guía y protege. A través de Ella podemos los cristianos construir la única Iglesia de Jesucristo (Jn 17, 21), superando así el escándalo de la división (Jn 13, 35).

Gracias a la feliz iniciativa del entonces Arzobispo de Cochabamba, Mons. Genaro Prata (q.e.p.d.), se propuso a la Virgen María de Urkupiña como “Patrona de la Integración Nacional“. El Gobierno de Bolivia secundó esta propuesta y en 1985 declaró la fiesta de Urkupiña “Día de la Integración nacional”. Esta proclamación ha adquirido hoy gran actualidad. Con la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional hay un peligro real de que el país de Bolivia, multiétnico, pluricultural, plurinacional y multilingüe, termine disgregándose y enfrentándose en distintos grupos, movimientos e ideologías sociales.

La Madre del Salvador invita a todas las personas bolivianas del campo y de la ciudad, del Altiplano, de los Valles y de los Llanos, de las distintas etnias y lenguas, a varones y mujeres, a jóvenes y a ancianos, a obreros y a empresarios, a pobres y a ricos, a unirnos con ella en el cántico de Alabanza al Todopoderoso cuyo nombre es Santo” (Lc 1, 49). Aceptemos la invitación de María a ser sus hijos y, cobijados bajo su manto, comportémonos como hermanas y hermanos de Jesús para gloria de Dios Padre.