Análisis

MAL VENIDO A COCHABAMBA

La primera impresión que tiene un visitante al llegar a Cochabamba es fuertemente olorosa. No importa si lo hace por aire o por tierra, la cosa es que su olfato detecta un nauseabundo aroma y como dijo una ilustre turista “llegar a esta ciudad es como entrar a un gran poto”.

Y no es tan solo el hecho de que el olfato se percate de los olores que emanan de diferentes fuentes, entre ellas del fugitivo Rocha, sino que además, quien viene para quedarse unos días o para siempre, buscando mejor destino, nota, con evidente sorpresa que no es bienvenido sino mal venido.

Tan solo un letrero ubicado en la Avenida Blanco Galindo, reza un bienvenido a Cochabamba, en el aeropuerto Wilstermann no hay un cartel que diga a dónde has llegado. En el aeropuerto de El Alto, además de dar la bienvenida, se ufanan de ser la capital más alta del MUNDO (deberían de ufanarse de ser la sede de gobierno más alta, no la capital) y en Santa Cruz, al salir del aeropuerto hay un tremendo anuncio que indica que es ley del cruceño la hospitalidad, que más que una bienvenida para el visitante suena a una advertencia para quienes nacieron allí, pero, en todo caso, sirve para dar a entender que a los viajeros, a quienes vienen a hacer negocios o están allí de paseo, hay que tratarlos con generosidad.

Creo que acá andaríamos en figurillas al tratar de dar la bienvenida porque ya no podemos jactarnos de ser la ciudad jardín de Bolivia, a pesar de los intentos de maquillaje que se pueden ver en algunas avenidas y plazuelas. Tampoco tenemos una ley similar a la de Santa Cruz y en cuanto a la altura, andamos en una mitad que no sirve para este cometido. Es más, parece que la ley que impera en Cochabamba es la de la selva, donde el que puede se salva comiendo a los demás a plan de bocinazos, grafiteando en las paredes cuanta tontería se le venga a la mente o mentándole la madre a cualquier hijo de vecino simplemente porque no le quiere vender al precio que le quiere comprar.

La ciudad se ha vuelto muy agresiva. La mayor parte de las paredes ostenta graffitis violentos y puntiagudos, que no sólo afean las fachadas de casas y edificios, sino que además están transmitiendo mensajes anti estéticos, vulgares y ofensivos. La pena es que no faltan los defensores de estas atracos visuales, incluso los transforman en objetos de estudio para tesis de licenciatura, argumentando que son la voz de los jóvenes que han encontrado en esta técnica una forma de expresar sus sentimientos.

Supongo que, a pesar de que debe de ser muy gratificante estudiar a los grafiteros y sus pseudo mensajes, debería ser más interesante podernos dar cuenta lo asquerosa que se ha vuelto la ciudad no sólo a plan de tener sus paredes pintadas, sino que además presenta un lamentable espectáculo: montones de basura por las esquinas, boca tormentas llenas a reventar de mugre, aceras desfiguradas, calles llenas de baches, árboles lisiados y sobre todo una actitud de insoportable inercia metropolitana.

A estos desbordes se añade la violencia doméstica y la inseguridad vial y citadina. Ya no se puede caminar despreocupadamente por El Prado, como hace unos cinco años, ahora hay que mirar por encima del hombro para cuidarnos del polilla que nos anda rondando o hay que colocar electricidad en las rejas de la casa, porque resulta que los ladrones se dan miles de modos para robarnos. Los letreros de “cuide sus pertenencias, nosotros no nos hacemos responsables por pérdida alguna”, son evidentes en muchos lugares. Signos como estos son los que valen la pena ser estudiados, porque todos en conjunto transmiten un claro mensaje: nadie es bienvenido, todos son mal venidos.
 
La autora es comunicadora social