Análisis

“LOS PROFESORES ESTÁN EN LA LUNA”

Muy poco se sabe de la reforma. Aparte de la Ley  “Avelino Siñani – Elizardo  Pérez”, se ha anunciado la  existencia del plan de  estudios para los grados iniciales de primaria y secundaria, y que la capacitación de maestros se efectuará con seguimiento evaluativo para aplicar los reajustes, pero sin prueba de eficiencia y funcionalidad. Y eso es todo

No es que los maestros se fueron en masa a la luna, como parece indicar el titular de esta nota. Es una frase que utilizó el ejecutivo de la Confederación de Maestros Urbanos de Bolivia, Federico Pinaya, para indicar que en vísperas de iniciarse la reforma los docentes no saben nada de ella. Y, por supuesto, tampoco pueden ser como el astro rey de la noche para dar de sí lo que no tienen (la luna es un cuerpo opaco; sólo refleja la luz solar).

Pero bromas aparte, el asunto en cuestión es muy serio. A una década de haberse dejado en suspenso la aplicación de la anterior reforma, hoy estamos ante el reto de una nueva experiencia. Parece ya una tradición que cada Gobierno quiera realizar la suya, y lo que queda para la historia es otro fracaso. La de 1994 no pudo culminar con éxito el modelo de capacitación masiva de los maestros en ejercicio. Pero había que hacerlo, porque “sin los maestros, la reforma no irá adelante. Con los maestros tal cual son ahora, tampoco”. (G. Codina).

Sin descartar la posibilidad, sería una sorpresa que el actual Gobierno diera en el clavo al resolver precisamente un problema que fue difícil para tantos gobiernos. Pero los indicios de que ni siquiera se ha comprendido el problema, revela sus limitaciones como para esperar un resultado diferente. Aprovechar con humildad la experiencia ajena en el pasado, para no repetir los errores, ya sería un gran paso adelante. Pero por lo visto, ni eso es posible ahora. Y así nos va cada vez, comenzando siempre de nuevo.

La capacitación del maestro para la reforma es un antiguo problema sin respuesta. Se reconoce en el discurso la importancia decisiva de su labor en el aula, pero en la práctica no hay nada que respalde esa postura. Tratándose de reformas, se le asigna la mayor responsabilidad, sin despejar los viejos escollos conocidos: la oposición tradicional de los dirigentes del magisterio y la falta de una adecuada preparación para responder con solvencia a la exigencia de los cambios. Hoy la situación parece repetirse.

El plan curricular (¿qué enseñar?) y la metodología didáctica (¿cómo enseñar?) son aspectos capitales; a partir de ellos se puede establecer el carácter esencial de una reforma; suelen variar según la orientación del sistema, pero se refieren en todo caso a la labor técnica del maestro en el aula; es el elemento que califica su desempeño profesional. No es suficiente conocer una materia; hay que saber enseñarla. El saber enseñar es la profesión del maestro. Es en este ámbito donde debe probarse la consistencia de las innovaciones anunciadas.

Muy poco se sabe de la reforma. Aparte de la Ley “Avelino Siñani – Elizardo Pérez”, se ha anunciado la existencia del plan de estudios para los grados iniciales de primaria y secundaria, y que la capacitación de maestros se efectuará con seguimiento evaluativo para aplicar los reajustes, pero sin prueba de eficiencia y funcionalidad. Y eso es todo. Habría sido muy útil la publicación del plan operativo global de la reforma con todos los elementos estructurales: Parece que lo tuvieran guardado bajo siete llaves. Sería sumamente grave que no existiera. Es necesario conocer la opinión de toda la comunidad educativa; no se justifican las reservas.

En medio de contradicciones arranca la reforma. El optimismo de las autoridades contrasta con la duda y disconformidad de los maestros. Pero es importante la credibilidad, por lo que sería conveniente esclarecer varias observaciones como éstas: una visión parcial, sectaria y etnocentrista caracteriza el enfoque de la realidad boliviana en la ley, y un criterio arbitrario, anacrónico y retrógrado sirve de guía para los contenidos curriculares. De ser ciertos esos antecedentes, la reforma sería un “tiro al aire”.

Las instituciones llamadas a emitir su criterio, como las universidades, no deberían acogerse al silencio. El país espera su palabra.