Análisis

Los ángeles perdidos

A ti, joven campesino. 

Con este mismo título, el popular periodista español Manuel Leguineche publicó en 1996 un estremecedor libro sobre la explotación de la niña y el niño en el mundo. En el transcurso de su labor periodística por los cinco continentes, Leguineche fue testigo del sufrimiento y la crueldad que sufren millones de niños. Este libro no es sino uno de los muchos testimonios que en las últimas décadas han querido denunciar esta lacra mundial.

Y es que hoy quiero escribirte, querido changuito del hogar-internado, a propósito de tan dura realidad aprovechando la conmemoración en nuestro país del Día y Mes del Niño. Son ya muchos los homenajes y actividades de todo tipo que se están celebrando, aquí y allá, con el fin de subrayar socialmente la importancia de la infancia y motivar así la búsqueda de nuevos y mejores caminos para su desarrollo futuro. Estas festivas jornadas nos deben motivar para sensibilizarnos por el horror de tanto sufrimiento como se sigue cebando en esa bendita infancia que, a gritos, nos pide respeto, comprensión y cariño.

Déjame contarte algunas historias de ayer y de hoy. Desde Herodes a Hiroshima, desde Bosnia a República Centroafricana, el martirio de los niños no tiene límite. Hacia la mitad del pasado siglo, más de un millón de niños murieron en el holocausto nazi: como no eran productivos, a la mayoría se les enviaba directamente a las cámaras de gas. En la famosa “Cruzada de los niños”, en 1212, a miles de ellos, sin armas ni dinero, se les prometió que triunfarían allí donde fracasaron los barones cristianos en su intento de rescatar los Santos Lugares y Jerusalén. La mayoría murieron ahogados o fueron a parar a los mercados de esclavos de los piratas o de los países musulmanes.

Con los pies en el fango y rodeados de mosquitos, los niños egipcios trabajan desde la una de la madrugada hasta las diez de la mañana, cortando la delicada flor de jazmín. Niños indios trabajan de sol a sol, muchos de ellos desde los cuatro añitos: piden en las calles, limpian los depósitos de los superpetroleros, recolectan en el campo, reparan automóviles, limpian cuartos de baño. Niños de Pakistán cosen balones de fútbol para los estadios de todo el mundo, trabajando entre ocho y diez horas diarias.

Cada kilo de coltán -mineral mágico, esencial para celulares, computadoras, videoconsolas, televisores, GPS de aviones- que se extrae de los yacimientos congoleños, les cuesta la vida a dos niños, a dos seres inocentes, de entre siete y diez años. Muchos de ellos mueren víctimas de horribles desprendimientos de tierra. Y duele escribir sobre los innumerables abusos cometidos en la década de los noventa en la cruel guerra de la ex-Yugoslavia: niñas prostituidas, niños descuartizados… ¡infinito miedo en sus pequeños rostros!

Acercándonos a las estadísticas de nuestro entorno, América Latina y El Caribe, leemos cómo se registra una disminución del trabajo infantil. Sin embargo, aún hay 14 millones de niñas, niños y adolescentes entre 5 y 17 años en esta situación, la mayor parte de ellos realizando tareas peligrosas. Representan el 10% de la población en esa franja de edad (Fuente: OIT)

En Bolivia hay 850 mil niñas, niños y adolescentes trabajadores, también entre 5 y 17 años, de los cuales más del 87% está inmerso en trabajo infantil peligroso que pone en riesgo su salud, su integridad física, mental y su dignidad. Entre los trabajos riesgosos por su naturaleza están la zafra de caña, de castaña, minería, pesca, ladrillería, venta de bebidas alcohólicas, recolección de basura, limpieza de hospitales, servicios de protección y seguridad, trabajadoras del hogar y voceadores del transporte (Fuente: Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social de Bolivia, 2012)

Según la ONG “Realidades”, en Sucre el trabajo infantil tiende a incrementarse debido a que en los últimos años aumenta la migración campo-ciudad, principalmente de población joven. Para los trabajadores menores de 14 años (lustrabotas, canillitas, ladrilleros) no hay políticas de atención definidas ni una instancia estatal que les atienda.

Y tú, amiguito, nuestro adolescente del hogar-internado, conoces en propia carne mucho de lo escrito hasta aquí. Desde estas líneas te pido gran empeño e ilusión por tu formación y crecimiento humano y espiritual. Sólo así podrás colaborar un día en la protección de tanto ángel perdido…

¡Oh, viento que lleva mensajes,
ven para arrancarme la tristeza.
Di a mi pobre madre que me espera,
dile toda mi ternura.
Dile que su hijo está vivo…
Vosotros que vivís lejos de la guerra
sentíos felices.
Adiós, soy un niño y no quiero morir.

(Versos de un niño-soldado iraní, prisionero en Irak, escritos muy poco antes de que muriera volatilizado por una mina)