Santa Cruz

LLAMADOS A DAR RAZON DE NUESTRA ESPERANZA

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz pronunciada el domingo 25 de mayo de 2014.

Contento de reencontrarnos después de un mes de ausencia, en el que tuve la gracia de haber participado a la canonización de los dos grandes Papas Juan XXIII y Juan Pablo II, en una celebración multitudinaria, donde se ha respirado la presencia del Señor por la fe de la gente de toda edad, en especial jóvenes, de creyentes de todo el mundo, se vivía la catolicidad, universalidad de la Iglesia, de los redimidos en Cristo que vino para la salvación de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. También el Señor me ha bendecido dándome la posibilidad de celebrar una Eucaristía de agradecimiento en el pueblo y parroquia natal del Papa Juan XXIII, así como de administrar el sacramento de la confirmación en dos oportunidades a jóvenes que han optado por ser cristianos maduros en la fe. Después de este tiempo en el que además he compartido con mis amistades y familiares, ahora estamos nuevamente juntos para seguir nuestro camino siguiendo los pasos del Resucitado, el Señor de la vida y de la esperanza.

En la segunda lectura hoy, de la carta de Pedro, hay una frase muy linda y orientadora para nuestro camino cristiano: “Estén siempre preparados a dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que está en ustedes”.

Llamados a dar razón de la esperanza que tenemos. ¡Qué tarea comprometedora y difícil, en una sociedad donde parece que predomina la desconfianza y el pesimismo, por los muchos problemas que vivimos: la violencia al interior y exterior de la familia, la inseguridad ciudadana, la corrupción, la mentira, la mala administración de la justicia. Ante este panorama, estamos tentados de desanimarnos y de perder la esperanza.

El autor de la carta de S. Pedro también vivía en tiempos muy difíciles, y no es una persona soñadora que invita a los creyentes a lanzarse en una aventura ilusoria, en una utopía. La esperanza, de la que nos pide dar razón, no tiene raíces en las cosas humanas y terrenales, cosas pasajeras y limitadas, tampoco nos viene de nosotros mismos, de nuestras ideologías, del dinero o del poder o del prestigio.

El nos habla de la Esperanza que viene de Dios, el don del Resucitado, que tiene su fundamento en la promesa de Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio proclamado hace un instante. Estas palabras son parte del discurso de adiós de Jesús a sus apóstoles: “No los dejaré huérfanos,… yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito”, el consolador, el confortador el abogado defensor que está llamado a estar cerca al acusado para que lo ayude y oriente. Es la esperanza certera de que no estamos solos en nuestra vivencia cristiana, el Espíritu Santo enviado por el padre está a nuestro lado en cada momento, bueno o difícil que sea.

Jesús ha sido el primer consolador para sus seguidores, al regresar al Padre, no los abandona ni los deja huérfanos, pide que el Padre envíe otro defensor, el «Espíritu de la Verdad… para que esté a lado de ustedes para siempre», a lado de la comunidad de los creyentes de todos los tiempos, a lado y en medio de la Iglesia. El “Espíritu de la Verdad” es el Espíritu Santo, el Espíritu del Señor que es “el camino, la verdad y la vida”. Es el Espíritu que nos comunica la verdad y nos hace vivir en ella, que nos da una mirada de fe, que nos introduce a la plena comprensión de las enseñanzas de Jesús, nos hace sus testigos.

Verdad entendida no solo como contrapuesta a la mentira y a la falsedad, sino verdad en su sentido pleno, como “lealtad, amor fiel que procede del Padre”, verdad como relación de amor sincero de nosotros con Dios y el próximo. Es el encuentro personal y entrañable con Dios, como experiencia de vida, que nos da la sensibilidad y capacidad de distinguir y optar el bien y el mal, entre la vida y la muerte.

“La verdad que el mundo no puede comprender”. “El mundo”, según San Juan, es el orden injusto e inicuo del poder contrapuesto al orden armonioso de Dios, que trastoca los valores en anti-valores, que se funda en la mentira institucionalizada, que somete a los intereses o a las ideologías dominantes los derechos y la dignidad de toda persona humana y que se basa en la lógica del más fuerte. Claramente este orden injusto “no puede comprender” a la Verdad, que se manifiesta en la igualdad y la hermandad, la justicia, el amor y la vida.

Pero “ustedes conocen al Espíritu de la verdad, porque está en Ustedes”. Estas palabras de Jesús son muy consoladoras, él nos asegura que podemos conocer al Espíritu Santo. El Espíritu de la Verdad está en los seguidores de Jesús, en la comunidad creyente, en la Iglesia, de la misma manera que el Hijo está en comunión con el Padre, una comunión de vida y de amor: “Yo estoy en el Padre y ustedes en mí…y quien me ama, será amado por mi Padre”. Estar con Cristo, permanecer y vivir con él, es instaurar una relación de confianza total con Él, es experimentar y compartir su mismo amor con Dios Padre.

Aquí está y radica la razón de nuestra Esperanza y de nuestra Fe: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Dios uno y Trino, el Dios de la vida y del amor verdadero, está en nosotros, nos acompaña, sostiene y ayuda. Es su presencia constante que nos da la fuerza para vencer las incomprensiones y obstáculos, que nos habilita a dar testimonio, y que nos da la certeza y la confianza de que la última palabra la tiene el amor y la vida, aún en medio de tantos signos de muerte que al presente nos rodean.

La esperanza, como don del amor de Dios para con nosotros, nos llama pero a dar una respuesta de amor: “Si me aman, observan mis mandamientos”. Dios nos ha amado primero de un amor infinito: “No hemos sido nosotros a amar a Dios, sino que él nos amó a nosotros”.

Por lo tanto lo que Jesús nos pide, es que cumplamos sus «mandamientos», como respuesta de amor a Él que nos amó primero. Nos se trata de un amor hecho sólo de sentimientos, alabanzas y palabras, es un amor que se manifiesta en hechos concretos, en la acogida libre y gozosa de la Palabra de Jesús, en la mirada de fe sobre los acontecimientos de la vida, en la puesta en práctica de su voluntad en cada momento de nuestra jornada y en el amor al prójimo.

El amor por Jesús es el estímulo que nos mueve a cumplir sus mandamientos, es la energía que nos da la valentía de dar razón de nuestra esperanza allí donde el Señor nos quiere.

Así entendidos, los mandatos del Señor no son solo una simple serie de preceptos morales, sino una alta expresión del amor y de sus exigencias, es la manera de vivir en unión de amor con él, en plena sintonía con él. En la verdadera comunión de amor con Dios, encontramos nuestra plena realización como personas.

Todos los mandamientos se resumen y encuentran su plenitud en «el mandamiento nuevo» de Jesús: “Ámense los unos a los otros cómo yo los he amado”. Cómo: No sólo al estilo de Jesús, sino del mismo amor, la misma peculiaridad y rasgos. Un amor que, repito, necesariamente pasa por el amor a los demás, amor hecho compasión, misericordia, un amor que ve en todos los otros a su prójimo, que hace suyo y se solidariza con el problema del otro.

Gracias a Dios tenemos muchas personas que nos han dado y dan ejemplo de este amor, como los dos Papas Santos Juan Pablo II y Juan XXIII, pero también creo en la persona del Papa Francisco en su viaje apostólico a la tierra de Jesús… El ha ido para llevar un mensaje de paz a esa tierra dividida, esa tierra sufrida por tantas divisiones y guerras entre ellos. El Papa está ahí para llevar ese mensaje de paz y de amor y nosotros como Iglesia de Santa Cruz, nos unimos acompañándole con nuestra oración, con nuestra simpatía, con toda nuestra adhesión.

Pero también en la vida cotidiana hay tantas personas que viven este amor, yo pienso que hay tantas mamás que en silencio y sencillez entregan con una generosidad sin límites, su vida para su familia, para sus hijos. Justamente las agasajamos mañana en su día, pero el mejor agasajo sería corresponder de la misma manera y cada día a ese amor tan grande con sincero afecto, comprensión y respeto, dándole las gracias sinceras porque en tantas mamás vemos signos vivientes de esperanza y de amor.

Por eso, más que con las palabras, tenemos que dar “Razón de la esperanza que está en nosotros”, con nuestro testimonio de fe y amor, anunciando el mensaje del Resucitado que nos llama a mirar a la vida con gozo y optimismo, confiando en su presencia permanente a nuestro lado, una presencia que nos fortalece y que nos ofrece ya, desde ahora, la posibilidad de participar de su vida gloriosa para siempre.

AMÉN