Análisis

Lampedusa

No nos referimos aquí al escritor italiano  Giuseppe Lampedusa, autor de la famosa novela El Gatopardo que Luchino Visconti llevó al cine, sino a una pequeña isla italiana de 20Km2  y con solo 5000 habitantes, situada en el Mediterráneo  a 205 Km de Sicilia y a 111 Km de Túnez. Esta isla árida y sin más agua que la procedente de la lluvia, vive de la pesca y la agricultura y ahora también del turismo. Pero últimamente Lampedusa se ha hecho famosa  por ser el puerto de entrada a Europa de miles de inmigrantes indocumentados procedentes de África y también de Medio Oriente y Asia. En las últimas dos décadas unas 20 mil personas que en busca de mejores condiciones de vida se dirigían a Lampedusa en barcazas y pateras, han perdido su vida en la travesía.

A esta isla ha viajado el Papa Francisco el día 8 de julio. Su primer viaje fuera de Roma no ha sido a Nueva York ni a Bruselas, ni tampoco  a Buenos Aires, sino a Lampedusa para lanzar un grito de alerta mundial ante la tragedia de los inmigrantes.

No solo ha querido orar  por los muertos y lanzar al mar una corona de flores amarillas y blancas en memoria de las víctimas, sino que ha querido despertar las conciencias de una humanidad que envuelta, como en un burbuja de jabón, en la cultura del bienestar, ha perdido el sentido de responsabilidad fraterna y se ha vuelto incapaz de custodiar la naturaleza y custodiarnos unos a otros.

Sumergidos en la globalidad de la indiferencia, tenemos el corazón anestesiado y somos incapaces de llorar por las muertes de nuestros hermanos. Nadie se siente responsable de estas muertes.

Es un mensaje universal, dirigido especialmente a los que anónimamente toman decisiones socioeconómicas que generan estos dramas humanos. Esta denuncia ha tenido lugar en el contexto de una liturgia penitencial, con ornamentos de color morado, para pedir perdón a Dios  por nuestra indiferencia ante tantos hermanos y hermanas nuestros víctimas del egoísmo, mientras Francisco repetía las palabras bíblicas: “Caín, dónde está tu hermano?”

Lo importante es que estas tragedias no se repitan más, ni en Lampedusa -convertida hoy en un gran cementerio-ni en ninguna parte del mundo. ¿Seremos capaces de asimilar este gesto simbólico y profético de Francisco en Lampedusa o nos contentaremos como en la novela El Gatopardo con hacer pequeños cambios para que nada cambie?