Santa Cruz

“La sociedad no crece con la fuerza, ni con la prepotencia, ni con la propaganda de los poderes de este mundo” Mons. Sergio Gualberti

En su Homilia pronunciada en la Basílica Menor de San Lorenzo Martir, Catedral de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo, se unió al júbilo con el que festejan las hermanas de la Primera Congregación Boliviana fundada hace 90 años por Sor Nazaria Ignacia March Mesa, respondiendo al llamado de Jesús, de formar un “regimiento de almas apostólicas, para construir el Reinado Social de Jesucristo, como una Cruzada de amor en torno a la Iglesia”.

Por otro lado exhortó al pueblo de Dios a tenere presente que el Reino de Dios crece en la humildad y el silencio, pero llega a crecer al punto que cobija a todas las personas que creen en Dios, a todos los que trabajan por el bien común, por la justicia, la libertad, le verdad y la paz.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti Arzobispo de Santa Cruz

Catedral de San Lorenzo Mártir, junio 14 de 2015

La liturgia de hoy nos ofrece dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza. A través de imágenes del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del Reino de Dios, tema central de su predicación, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

Jesús inicia su misión pública con estas palabras: “El plazo está vencido: el Reino de Dios se ha acercado. Tomen otro camino y crean en el Evangelio”. Él se presenta como el Mesías esperado por tantos siglos, poniendo en claro que su misión es re-instaurar el Reino de Dios, el plan del Padre en la creación que contemplaba su señorío sobre la humanidad y el universo, proyecto rechazado con el pecado original.

Jesús a lo largo de toda su vida pública se dedicó a enseñar y hacer presente y cercano el misterio del Reino, presentándolo como el plan fundamental de vida y amor que abarca todas las dimensiones de nuestra vida, y es salvación, liberación verdadera de toda clase de esclavitudes personales, culturales y sociales, y participación de la misma vida de Dios. En él se instauran nuevas relaciones de Dios con nosotros, y de nosotros con los demás y con los bienes.

En relación a Dio somos Hijos: Dios es el Padre que nos ha creado a su imagen y semejanza, y redimidos por la muerte y resurrección de Jesús que da la vida. Entre el Padre y nosotros se establecen relaciones de paternidad filiación, basadas en el amor y la confianza, y donde quedan desterrados el miedo y el temor.

En relación a los demás, somos hermanos: Si todos somos hijos del mismo Padre, entre nosotros somos hermanos con igual dignidad de hijos, sin distinción ni discriminación de ninguna clase. Por eso debemos llevarnos entre nosotros en fraternidad e igualdad, sin que nadie se sienta superior a los demás, aunque tenga que ejercer autoridad. En esta visión, el ejercicio del poder es servicio en bien de todos, en el marco de la fraternidad, la justicia y la igualdad.

En relación a los bienes del mundo, somos administradores: Dios Padre, en su gran bondad, pone a nuestra disposición los bienes creados, para nuestro sustento, para administrarlos con mucho cuidado y compartirlos entre todos como verdaderos hermanos, en paridad de oportunidades. “La hermana madre tierra”, como la llama San Francisco, es don Dios, por tanto tiene que ser tierra de hermanos y no de enemigos, tierra generosa donde nadie tendría que sufrir hambre y pobreza.

El Reino de Dios es la gran novedad de la historia: el Evangelio, la Buena Noticia, el plan misterioso y sobrenatural que, sin embargo, Jesús ha puesto a nuestro alcance. El Reino de Dios es el verdadero fundamento de los derechos humanos, del trato justo e igualitario entre todos, del respeto al otro y a su libertad. Todas las diferencias que puedan existir a nivel personal o social, por lo tanto no son para que uno se crea superior, se aproveche del otro o que lo someta, sino que son dones para compartir, complementarnos y enriquecernos mutuamente.

Al conocer y profundizar este proyecto, nos damos cuenta que es un plan que cautiva y nos hace vislumbrar como un nuevo paraíso terrenal, sin embargo después de 2000 años todavía vemos que está lejos de realizarse en plenitud. Nosotros, hijos de la generación del apuro y la prisa, quisiéramos ver enseguida el resultado de su presencia, además quisiéramos frutos prodigiosos y abundantes. La que nosotros consideramos tardanza siembra dudas en la palabra del Señor y despierta porqués.

Parece que estos eran también los sentimientos de la gente del tiempo de Jesús, quería que Dios actuara de una vez y con mano fuerte, que viniera a hacer justicia, a defender a los pobres, y a premiar los buenos y castigar a los malos. Jesús, con las dos parábolas escuchadas hace un momento, responde que el tiempo y el modo de cómo se hace realidad el Reino, solo los conoce el Padre. Es Él que siembra la semilla del Reino, la da como un don que tiene un dinamismo interior imparable, una fuerza que no deja de crecer: la fuerza de Dios.

La semilla pequeña que crece lentamente y silenciosamente, de día y de noche hasta hacerse árbol, sin que nosotros nos percatemos ni podamos intervenir para acelerar los tiempos, nos está enseñando que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros, pero tiene su ritmo y tiempo de crecimiento. No podemos caer en la tentación del desánimo, la ansiedad y la desesperanza, desconfiando de la fuerza del Evangelio, por el contrario debemos asumir una actitud de humildad, ya que el Reino es un don y que crece aunque nosotros nos quedemos dormidos.

Esta tentación la podemos sentir de manera muy fuerte ante el mundo actual que desconoce la presencia y actuación de Dios en la historia, que vive prescindiendo de Él, como si no existiera. La sociedad hodierna está muy trastornada por tanta exterioridad y mentiras, tantas palabras, ruidos y luces, que no favorecen las condiciones para percibir el crecimiento silencioso y humilde del Reino, en una lógica muy distinta de los criterios humanos. No crece con la fuerza, ni con la prepotencia, ni con la propaganda a la que nos tienen acostumbrados los poderes de este mundo.

El Reino crece en la humildad y el silencio, pero llega a crecer al punto que cobija a todas las personas que creen en Dios, a todos los que trabajan por el bien común, por la justicia, la libertad, le verdad y la paz. Que nos demos cuenta o no nos demos cuenta, el plan de Dios se va realizando paulatinamente en la historia de la humanidad, y todo bautizado y toda la Iglesia, signo visible y semilla del Reino, hemos recibido el mandato del Señor de ser colaboradores humildes en esta tarea: “Vayan y anuncien el Evangelio a toda la creación”. El momento actual es el momento de la siembra, de trabajar y lidiar con las dificultades de cada día, con la confianza de que nuestro trabajo no será infructuoso, porque el crecimiento de la semilla y la cosecha final están asegurados por el Señor, cuando Él establecerá a plenitud su Reino.

Es lo que Jesús nos enseña con la imagen del grano de mostaza, el más pequeño de todas las semillas, que sin embargo, está lleno de vida y hace nacer un brote que rompe el terreno, sale a la luz del sol, crece y se convierte en “la más grande de todas las hortalizas”, dando sobra y cobijo a las aves. El Reino de Dios, como expresado en las Bienaventuranzas, es una realidad humana pequeña, compuesta por los que no cuentan a los ojos de la sociedad, los pobres en espíritu, los humildes, los de corazón puro, los que no confían tanto en su propia fuerza, sino en el amor de Dios; sin embargo justamente en ellos se manifiesta el poder del Señor, como lo hizo en la pequeñez de la Virgen María, un poder que hace grandes cosas en lo insignificante para el mundo.

Este domingo tenemos un ejemplo de la Madre Nazaria Ignacia March que hace 90 años fundó la Primera Congregación boliviana, las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, respondiendo al llamado de Jesús, de formar un “regimiento de almas apostólicas, para construir el Reinado Social de Jesucristo, como una Cruzada de amor en torno a la Iglesia”. La Madre Nazaria puso como razón de ser de su congregación: “El anuncio del Reino es el porqué de la congregación, el deseo que le dio vida, que la sostiene y empuja”. Han pasado muchos años y el Señor ha hecho crecer la semilla sembrada por la madre Nazaria con un pequeño grupo de hermanas como una congregación presente en otros continentes y naciones del mundo.

Este ejemplo nos llena de esperanza, de confianza y fortalece nuestra voluntad para seguir colaborando con humildad y fidelidad en la llegada del Reino de Dios: “Venga a nosotros tu Reino”. Amén