Análisis

La Puerta Santa en el África en guerra

Las manos de Francisco parecen casi aferrar la puerta de madera oscura recién barnizada, tan diferente de la de la Basílica de San Pedro, rodeada de mármoles preciosos. Aquí no hay nada suntuoso, solo simples ladrillos rojos que fueron transportados hace 60 años por los misioneros (y los llevaban sobre la cabeza cuando el camión se descomponía). Hay mucha gente de fiesta. Están los Cascos Azules de la ONU con sus ametralladoras y los tanques pintados de blanco, que tratan de garantizar la seguridad de los fieles y del «mensajero de paz», que llegó desde Roma y a quien no le gustan las cosas blindadas. Ante la mirada del Papa, la pobre catedral de la golpeada capital de la República Centroafricana es hoy «el centro espiritual del mundo». Comenzó el Jubileo de la Misericordia, pero no en Roma, sino en Bangui, en el corazón de África, golpeado por la guerra civil.

«El año Santo de la Misericordia viene anticipadamente a esta tierra. Una tierra que sufre desde hace años la guerra, el odio, la incomprensión, la falta de paz», dice el Papa antes de abrir la Puerta Santa. «En esta tierra que sufre también están todos los países del mundo que han pasado por la cruz de la guerra. Bangui se convierte en la capital espiritual de la oración por la misericordia del Padre». Y hace que todos los presentes repitan con él: «¡Ndoyè sirirí, amor y paz!».

Poco después de las diez de la mañana, un vendaval caliente y polvoriento envuelve a Francisco cuando se abre la puerta del Airbus de Alitalia que lo llevó, con todo y su séquito, desde Entebbe hasta Bangui. Muchos le habían aconsejado que cancelara la última etapa del viaje africano, porque no se podía garantizar la seguridad. El aparato militar alrededor del aeropuerto es imponente. El ejército local, la policía e incluso algunos gendarmes vaticanos, que se encuentran en el país desde hace algunos días, llevan chalecos antibalas. Nunca se había visto algo así. Cada rincón de las calles llenas de polvo y lodo rojo están vigilados por los Cascos Azules.

Al recorrer los 10 kilómetros que hay entre el aeropuerto y el palacio presidencial, uno se da cuenta del motivo por el que Francisco quiso venir aquí desafiando el miedo. Miles de personas salieron a las calles a recibirlo con un entusiasmo indescriptible, que no solo se dirige a él, sino también a todos los que viajaron con él. Quieren que se sienta en su casa. Y lo logran.

La lideresa de la transición, Catherine Samba-Panza, vestida con un hábito tradicional de color azul y blanco, recibe al Papa en el patio del palacio «La Reinassance». Es una mujer de 61 años, abogada comprometida en la defensa de los derechos humanos y que fue elegida porque no tiene que ver con las facciones que ensangrientan al país. Y dice: «Dios escuchó nuestras oraciones y nos ha enviado al mensajero de Paz.. su lección de valentía y determinación es ejemplar y debe ser una enseñanza para nosotros». Después pronuncia un difícil «mea culpa» en nombre de todo el país: «Es por esto que es el momento de que todas las hijas y los hijos de este país reconozcan sus culpas y pidan sinceramente perdón. Que su bendición se convierta en un nuevo fermento para la reconstrucción. En nombre de la clase dirigente de este país —continuó—, pero también en nombre de todos los que han contribuido de alguna manera a su descenso a los infiernos, confieso todo el mal que ha sido hecho aquí». Francisco anima a las autoridades que tratan de llevar a la República Centroafricana a unas elecciones libres, para que el país pueda progresar «sobre todo en la reconciliación, el desarme, la preservación de la paz, la asistencia sanitaria y la cultura de una buena gestión en todos los ámbitos».

A pocos kilómetros del palacio, en el campo para refugiados de St. Sauvier, en donde viven casi 4 mil personas, principalmente mujeres y niños, el Papa se detiene para saludar a los cientos de chicos y chicas que sostienen pedazos de tela blanca con las palabras: «Paix», «Amour», «Pardon». Lo rodean, lo abrazan, no quieren que se vaya. «Que ustedes puedan vivir en paz, sea la que sea la etnia, la cultura, la religión, el estado social, pero todo en paz, todos —dice Francisco. ¡Porque todos somos hermanos!Me gustaría que todos digamos juntos: ¡Todos somos hermanos! Otra vez. Otra vez. Y por esto, porque todos somos hermanos, queremos la paz».

Por la tarde se lleva a cabo el encuentro con los evangélicos y también hay espacio para una visita fuera del programa a un instituto pediátrico, en donde el Papa deja cajas de medicinas donadas por el hospital romano Bambin Gesù. La apertura de la Puerta Santa en la catedral de Bangui es el momento más importante del día, y tal vez de un Pontificado que ha convertido a las periferias en «centro espiritual del mundo».

«¡Dios es más potente y más fuerte que cualquier otra cosa! Esta convicción —dice Bergoglio durante la homilía—da al creyente serenidad, valor y fuerza para perseverar en el bien frente a las peores adversidades. Incluso cuando se desatan las fuerzas del mal, los cristianos han de responder al llamado de frente, listos para aguantar en esta batalla en la que Dios tendrá la última palabra. ¡Y será una palabra de amor y de paz!».

Francisco concluye: «A todos los que empuñan injustamente las armas de este mundo: ¡Depongan estos instrumentos de muerte; ármense más bien con la justicia, el amor y la misericordia, garantías de auténtica paz!». Entre los aplausos de los fieles, el Papa clama: «¡Reconciliación, perdón, amor y paz! Amén». En la primera fila, en la catedral, está el imán Omar Kobine Layam, que hoy recibirá a Francisco en la mezquita, en el barrio más peligroso de la ciudad. Cuando llega el momento de darse la paz, Francisco baja del altar para abrazarlo. No solo hay guerra civil en la República Centroafricana, no solo están los milicianos islamistas de Seleka y sus adversarios anti-Balaka. Hay millones de personas que viven en uno de los países más pobres del mundo a pesar de ser uno de los más ricos gracias a sus recursos naturales. Hay hombres y mujeres que no se rinden a la lógica de la guerra. A ellos, el Obispo de Roma vino a decirles: estoy con ustedes.