Análisis

Abel Maldonado Álvarez: ¡La oración de Jesús! (Parte II)

La raíz profunda de la oración de Jesús, es su ser filial. Jesús tenía conciencia de ser el Hijo del Padre. Esto lo mostró en sus palabras y obras. Su oración se engarza en el conjunto de su vida como Hijo del Padre. No sólo ha sido engendrado eternamente del Padre, vive del Padre; sino que vive para el Padre.

La palabra que le brota espontánea es “¡Abba!, ¡Padre!”, y toda su vida se mueve en una atmósfera de diálogo y contemplación del Padre (Mt 6, cuando observa los lirios del campo).

Es de ahí que nos podemos preguntar, ¿se puede afirmar, en algún sentido, que Jesús tiene la fe y la esperanza? Para dar una respuesta adecuada acerca de la fe en Jesucristo se debe distinguir qué se entiende por fe, por lo tanto, si consideramos que lo propio de la fe es la mediatez del conocimiento, no se capta el objeto por sí mismo, sino por revelación impartida por un profeta (“fides ex auditu”). Jesús, que gozaba de la inmediatez y con naturalidad por unión con Dios no era necesaria, ni posible la mediación del testimonio de nadie (Jn 1,17-18 y Mt 11,27). No tendría fe en este sentido. Pero si la fe se la considerada en relación con la actitud del creyente y con el objeto creído, la relación del que cree hacia quien se cree, en el creyente, la actitud fundamental es de escucha de la voz de Dios, obediencia de la fe (Rm 1,5) y confianza total al Dios que se revela. Y esta fue la actitud constante de Jesús; la sumisión perfecta y entrega confiada al Padre.

Por lo tanto, el objeto de la fe, se da en la obscuridad y “enigma” (1Co 13,12); seguridad de las cosas que no se ven” (Hb 11,1). En este sentido, puede admitirse en el alma de Jesús una cierta obscuridad respecto al modo de su misión y al resultado de su actividad, debido no a imperfección de ella, sino a la libre aceptación de su kénosis. Zona obscura en la que se ejercitaba su sumisión y entrega confiada al Padre (Oración en Getsemaní), como en Hb 12, 1-3, Jesús también “por la fe” (en la oscuridad de lo que no se ve) “soporta la cruz… y viene así a ser cabeza de línea (iniciador) y consumador de nuestra fe”. A su modo hizo la peregrinación de fe. En la humanidad de Jesús también se daría una cierta nebulosa que sólo paulatinamente se va aclarando en virtud de la connaturalidad con las cosas divinas. En conclusión, se puede hablar de fe en Jesús, pero de modo analógico.

También en sentido analógico puede decirse que había en Él esperanza. Jesús tenía la ciencia de visión o visión beatífica, aunque kenotizada por su aceptación libre de abajarse para salvarnos. Por tanto no tenía un conocimiento total del futuro, sino que de modo humano iba creciendo en ciencia experimental y recibiendo la ciencia infusa de aquello necesario para la salvación de los hombres.

De modo análogo que la fe, Cristo tiene esperanza en grado sobreeminente y pleno. Es verdaderamente “el iniciador y consumador de la esperanza”, parafraseando Hb 12,2. Por lo cual se debe entender la esperanza de Jesús como la confianza plena en su Padre, expresada a lo largo de toda su vida, y especialmente en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…” (Lc 23,46).

Y nosotros como cristianos participamos de su esperanza, ella nos alienta y sostiene en nuestro peregrinar y nos consuela en nuestras luchas. Y nos invita cada día a vivir esa relación filial con Dios “nuestro Padre”, desde nuestra oración, encomendándole cada día nuestra vida desde ese “diálogo amoroso, profundo y sincero de hijo a padre”.