Análisis

LA LEYENDA DE DAVID Y GOLIAT

El disgusto presidencial no se debe a la debacle electoral del 16 de octubre ni a la victoria moral de los defensores del Tipnis, que acamparon en las puertas del Palacio. Tampoco el malestar gubernamental se debe a la oscura y pobre muerte de Gadafi, a quien conoció y visitó en sus momentos de brillo. El inocultable fastidio presidencial no es por la obligada suspensión de la carretera que atravesaba el parque natural o el bizarro debate sobre la intangibilidad del Isiboro Sécure, que, por cierto, despide un fuerte olor a revancha.

El mal humor nace porque advierte, con su aguzada intuición, que le salieron al frente, brillantes, lúcidos y firmes dirigentes indígenas que opacan y cuestionan su hasta ahora indiscutido liderazgo político.

La gran lección de este intenso tiempo es la confirmación de que en política no hay enemigo pequeño. Que un puñado de descalzos pueden cambiar el escenario político como no pudieron hacerlo maquinarias electorales bien engrasadas o elegantes profesionales universitarios. Lo que parecía una columna de indigentes frente al todopoderoso Estado Plurinacional, finalmente revivió la leyenda de David y Goliat.

La VIII marcha indígena tuvo un comienzo pobre y un final rutilante. Fue un conflicto focalizado territorialmente, insignificante en el número y que tenía pocas posibilidades de sortear múltiples obstáculos en su largo y extenuante recorrido. Municipios, sindicatos y arrogantes actores políticos dispuestos a detener esa esmirriada corte de pobres que se oponía insensatamente a la salud, a la educación y, en general, a los beneficios del progreso.

La derrota moral comenzó en Yucumo y terminó entre multitudes en la ciudad de La Paz. Si los marchistas, además de golpeados, hubieran sido dispersados discretamente después de la batalla de Yucumo y devueltos malamente a sus humildes hogares, otro hubiera sido el final de la historia. En esta oportunidad, los medios de comunicación frenaron la violencia estatal con sólo mostrar imágenes y la Iglesia Católica con oraciones y convocatorias a la fraternidad. Las enigmáticas explicaciones gubernamentales sobre quién dio las instrucciones para intervenir la marcha hicieron el resto.

El ingreso de los marchistas a la ciudad de los rascacielos, rodeados de gente, banderas, llanto y pedidos de perdón por tanto dolor y sufrimiento padecidos, sellaron la victoria del pueblo sobre el Gobierno.

Pero no fue la suma de desaciertos lo que puso de mal humor al Presidente, sino el tener que compartir un Palacio de Gobierno que parecía patrimonio personal con unos advenedizos que tienen toda la pinta de querer quedarse en la política por mucho tiempo.