Análisis

JMJ REJUVENECE A LA IGLESIA Y AL MUNDO

La Jornada Mundial de la Juventud celebrada por la Iglesia Católica en Madrid en pleno mes de agosto de 2011 dejará una huella imborrable no sólo en los jóvenes y no tan jóvenes que tuvieron la dicha de estar allí presentes, sino también en todas las personas que tuvimos la ocasión de seguir a través de la radio y la televisión los momentos más importantes de ese grandioso encuentro. Aquí examinaremos algunas críticas que se hicieron antes de la realización del evento y que contrastan con la realidad de los hechos, tal como luego sucedieron.

Unas tres mil personas, entre ellas grupos ateos o cristofóbicos, organizaron una marcha de rechazo a la JMJ que en algún momento pudo tornarse violenta y agresiva al encontrarse con jóvenes rezando. Con ello no hicieron sino mostrar una actitud intolerante que se contradice con la libertad religiosa que les permitió manifestarse.

Otros grupos aducían que el Gobierno español estaba financiando los gastos de la JMJ. Pero, sin embargo no fue así. El Gobierno no hizo ningún desembolso directo para cubrir los gastos de este evento. Únicamente facilitó ciertas instalaciones como colegios para albergar a los jóvenes y otorgó una franquicia para utilizar el metro y otros servicios públicos a precios más baratos. El evento se financió gracias a los propios participantes y a los donativos de empresas y de organizaciones y personas privadas.

A la hora de hacer balance financiero hay un saldo positivo a favor de la economía española, ya que la JMJ creó sólo en Madrid una demanda adicional en hoteles, comidas, transportes y otras compras, calculada en unos 200 millones de euros, superando con mucho la suma de 50 millones de euros de gastos indirectos que pudieron haber soportado las instituciones oficiales. Además, no hay que olvidar que los participantes en la JMJ provenientes de más de 192 países, serán los mejores embajadores del turismo español, una fuente importante de ingresos.

Otra crítica contra la JMJ argumentaba el Estado Español según la Constitución es aconfesional y por lo tanto no debería apoyar a ningún evento religioso. Este argumento es falaz ya que el hecho de que un país no reconozca oficialmente una religión no significa que su Gobierno desconozca la pertenencia religiosa de los ciudadanos. En el caso de España un porcentaje mayoritario muy alto, calculado en más de 90%, se declara católico y obviamente merece una atención especial, dada además la incidencia grande de la Iglesia Católica en la historia, la educación, la atención social, la cultura y la moral ciudadana. Teniendo en cuenta, además, que el Papa gobierna el Estado del Vaticano era comprensible que las autoridades españolas se hieran presentes recibir al Papa y encontrarse con Él.

Dentro de la misma Iglesia Católica surgieron voces críticas de los llamados cristianos de base, que protestaban por el enorme gasto que supone un evento masivo y que no correspondería a la sencillez de Jesús en el evangelio. Habría sido más evangélico invertir esos fondos en la ayuda a las personas pobres y concretamente en Somalia y otros países de África, donde reina la sequía, la hambruna y la muerte de muchos miles de niños. Esta crítica, que tal vez sea sincera, desconoce, sin embargo, que la Iglesia y el mismo Papa ya están ayudando a esos países a través de Caritas y de otras instituciones tanto locales como extranjeras.

En definitiva todas esas protestas contra la JMJ quedarán simplemente como un fenómeno marginal que ha contribuido a atraer más la atención de la opinión pública hacia un evento extraordinario que a través de los medios de comunicación ha llegado a muchos millones de personas en el mundo, batiendo records de audiencia. Pero no se trata simplemente de cifras, sino sobre todo del entusiasmo espiritual que se ha despertado en muchos participantes que han salido “arraigados y fortalecidos en Cristo, firmes en la fe” (Col 2, 7), lema de la JMJ. Ellos transmitirán esa experiencia del encuentro personal y comunitario con Cristo y su Iglesia, representada por el papa Benedicto XVI, por numerosos obispos, sacerdotes y religiosas que allí se congregaron. Esta juventud constituye, además, una verdadera esperanza del futuro de la humanidad para combatir la injusticia, la violencia y el odio y construir un mundo más justo, pacífico y fraterno, solidario con las personas en situaciones de pobreza y de miseria.