Santa Cruz

HOMILÍA MONS. SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO COADJUTOR DE SANTA CRUZ

Hermanos y hermanos:

Celebramos hoy la Solemnidad de la Natividad de Juan Bautista y así es como Jesús presente a sus discípulos a Juan “No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayo que Juan el Bautista”… Así Jesús presenta a sus discípulos y a la gente a este santo que es el puente entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, el último profeta del Antiguo Testamento y primer testigo de Jesús.

Es tan importante que la Iglesia celebra su fiesta el día de su aniversario natal, mientras que para todos los demás santos se celebra la fecha de su muerte. La Iglesia define “el día de su nacimiento”,  porque en ese momento nacen a la vida nueva y definitiva en Dios. Sin embargo, para San Juan Bautista celebramos la fecha de su nacimiento porque, mientras todavía estaba en el vientre de su madre Isabel, fue santificado por el Salvador.

El evangelista Lucas con palabras de asombro nos relata ese momento de gracia en el encuentro de la Virgen María, portadora de Jesús con su prima Isabel: “María… entró a la casa de Zacarías y saludo a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!… Apenas oí tu saludo el niño salto de alegría en mi seno”.

Es la alegría  del niño que ya en el seno materno es llamado a participar de la vida de la gracia y, al mismo tiempo, recibe la vocación, al igual que el Siervo de Yahveh: “El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre… El me bendijo: “Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré”.

El Evangelio que acabamos de escuchar, nos habla también de la alegría de Zacarías e Isabel, los padres de Juan, que dada su avanzada edad habían perdido toda esperanza de tener un hijo. En agradecimiento a este don inesperado y en contra de la tradición expectativa de los familiares que habían concurrido para compartir esa dicha, ponen el nombre de Juan al recién nacido. Con este nombre que significa “El Señor se compadece”, “El señor favorece”  “Concede la gracia”. Es la gracia y el favor que Dios concedió a sus padres, pero sobre todo es la gracia que Dios a través de Juan concede al pueblo de Israel y a toda la humanidad.

En el nombre de Juan está marcada la misión de su vida: anunciar la gran noticia de que Dios favorece y tiene misericordia con su pueblo, con la inminente venida del Mesías esperado desde tantos siglos, aquel que tenía que restaurar el plan de Dios que la humanidad había rechazado con el pecado de los orígenes. En este anuncio está el autentico motivo de alegría para todos nosotros, Dios nos ha enviado a su hijo para liberarnos definitivamente e las cadenas del pecado y el mal, para hacernos partícipes de su vida divina.

La tarea de Juan no es solo anunciar, es también de ser el precursor del Mesías, aquel que va delante a preparar el camino y el terreno. Él, al mejor estilo de los profetas del Antiguo Testamento, predica con mucha valentía la conversión pidiendo a la gente que “cambiaran su manera de vivir”. Acompaña su palabra con el bautismo a orillas del río Jordán, un rito de penitencia, de aquí el segundo nombre Bautista. “Como preparación a la venida (de Jesús) Juan había predicado un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel”.

Mucha gente acude a escucharlo a pesar de sus palabras proféticas, directas y duras: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus caminos. Rellenen las quebradas… Raza de víboras… muestren los frutos de su conversión…” A la gente que le pregunta que tiene que hacer, les llama a cambiar de vida, a compartir lo que tienen con los más pobres; a los cobradores de impuestos que sean honrados y no cobren más de lo debido, a los militares que no abusen de la gente y no hagan falsas denuncias; A Herodes que no es permitido tener como su mujer a la esposa de su hermano.

Su predicación va acompañada con el ejemplo de una vida austera y pobre, en el desierto, alimentándose de miel silvestre y langostas. Sus palabras y testimonio hacen que la gente  se pregunta si Juan no sería el Cristo, el Mesías.

La concurrencia de tanta  gente a su persona, no lo vuelve soberbio o prepotente, se mantiene humilde y fiel a su misión y contesta muy claramente que él no es el Mesías, el solo es la voz que anuncia al Cristo presente: “Yo bautizo con agua, pero ya viene él que es más poderoso que yo, al que no soy digno de soltarle las sandalias, Él los bautizará con el espíritu Santo y en el fuego”.

Cuando Jesús, él que no tiene pecado, se solidariza con nuestra condición de pecadores y se pone en fila  junto a la gente para hacerse bautizar, Juan lo indica a todos: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” La palabra profética y directa de Juan le acarrean la reacción del rey Herodes que se molesta y lo hace encarcelar.

Es en esa circunstancia que Jesús inicia su misión anunciando el Evangelio, la buena noticia del Señorío de Dios, que él es el padre que ofrece perdón y amor a todos, justos y pecadores, este reino no está en un futuro más o menos próximo,  sino que ya está “aquí y ahora”, operante en la misma persona de Cristo. Las obras que acompañan la predicación de Jesús a favor de los enfermos, pobres y humildes, son signo del reino de Dios y hacen visible el rostro misericordioso de Dios.

Estando Juan en la cárcel, sus discípulos le avisan de la manera de predicar y actuar de Jesús y en el surge una dura porque su visión del Mesías era distinta de la que iba mostrando Jesús. El se esperaba el juicio de Dios a través del Mesías que con poder iba a poner la justicia y le castigo para los poderosos y prepotente y al mismo tiempo rindiera justicia a los justos, los pobres y oprimidos. Por eso Juan envía a sus discípulos para que pregunten a Jesús: “¿Eres tu el que ha de venir o debemos esperar a otro?”.

Jesús, que está enseñando y sanando enfermos, en su respuesta no se limita a indicar a los discípulos de Juan: “Vayan a contarle lo que han visto y oído”, y esto es lo más hermoso, sino que hace un gran elogio del Bautista, porque testimonia con su vida lo que predica: “¿Qué han salido a ver? ¿Un profeta? Si, les digo, y más que un profeta… En verdad les digo que  no ha surgido entre los nacidos de mujer, uno mayor que Juan el Bautista…”.

El Bautista es “más que un profeta”, porque en manera distinta de los profetas que anunciaban una salvación futura, el precursor indica al pueblo de Israel que el Salvador ya está presente y le ayuda a abrirse y creer en él más allá de su presencia humilde y sencilla, contraria a su expectativa de un Mesías poderosos al estilo del rey David.

Juan es un hombre coherente que cumple con total fidelidad su misión, y no retrocede ni siquiera ante el martirio por manos de Herodes. De esta manera verdaderamente “Juan era la lámpara que ardía y resplandecía, y ustedes han querido gozar un instante de su luz”. (Jn 5,35)

Mi pueblo también está dedicado a Juan el Bautista y en San Juan se encendían fogatas en nuestras montañas y en las alturas, bien arriba para que todo el mundo viera esas fogatas.

Cuando yo era seminarista en mi pueblo había un sacristán muy mayor y él me decía que se encendían esas fogatas para que todo el mundo las viera y se recordara que Juan era la luz, la lámpara que ardía y resplandecía, que indicaba el camino. Yo no sé si es de ahí que después las tradiciones han llegado aquí a nuestro país y se asociaron al tema del frio y se pensó que se encendía la fogata porque era una noche fría. Yo prefiero creer en esta idea, se encendía la fogata porque Juan era la luz que nos indica a Jesús.

¿Qué enseña a la Iglesia y a los cristianos la vida de Juan Bautista?

A reconocer nuestra condición de pecadores, necesitaos de conversión, y a cambiar nuestra manera de vivir, que sea acorde al Evangelio.
Nos enseña a dejarnos iluminar por el Señor, ser sus testigos viviendo en la verdad de su palabra y ser profetas  en el mundo de hoy, en nuestra sociedad y en nuestra historia, que no conoce al Señor a cabalidad: “!En medio de ustedes hay uno a quien no conocen!” (Jn. 1, 26). Jesucristo sigue siendo el gran desconocido u olvidado;
A sacudirnos de la indiferencia de nuestra sociedad, revelar su rostro escondido en medio de nuestro mundo, anunciar la salvación ya presente hoy y no sólo futura y lejana.
Nos enseña a reconocer en Jesús el Hijo de Dios, la verdad más decisiva de la historia y que debemos seguir transmitiéndola a través de la palabra y sobre todo con el ejemplo de la vida, con fidelidad y valentía, con alegría, sin miedos y temores ante la incomprensión, las burlas y las persecuciones.

Nos enseña “a guiar nuestros pasos por el camino de la paz”,  ser operadores de paz, a romper, de una vez por todas en nuestro país, la lógica perversa de la confrontación, que no es y nunca será un verdadero camino para el cambio. Lo único que aporta la violencia es odio, venganza y muerte, y no la paz y no la justicia. El verdadero  cambio se puede dar luchando por el bien común, la justicia y la igualdad, a través del respeto de la vida, de la dignidad de las personas, de los derechos humanos, la tolerancia y el diálogo sincero: solo así lograremos una convivencia pacífica y fraterna entre bolivianos.

Les invito a elevar nuestras fervientes oraciones al Señor para que cada uno de nosotros sea operador de paz para que las conversaciones entre autoridades de gobierno y la policía se realicen en este espíritu, el único que puede traer un presente prometedor de justicia, libertad, verdad y paz en nuestro país. AMÉN.