Santa Cruz

HOMILÍA MONS. SERGIO GUALBERTI, 02-11-11

En esta eucaristía celebramos la esperanza de la vida eterna….

…. Que ya no están presentes en medio de nosotros, pero si sabemos que ellos están espiritualmente. Antes de esta eucaristía hemos traído los nombres de nuestros seres queridos y en esta eucaristía, desde mucho años atrás, es también oportunidad para orar por los pastores que han entregado su vida al servicio de esta iglesia, sacerdotes y obispos que han traído la buena noticia del evangelio, que han sembrado la semilla de la vida y la resurrección en Jesús. Desde el primer obispo, don Antonio calderón, hasta obispos más conocidos de hecho tenemos algunas calles dedicadas a ellos, como monseñor Santisteban, monseñor Rivero, hasta  el último arzobispo monseñor Luis Rodríguez, sus obispos auxiliares que  hacen pocos años han muerto, monseñor Carlos Braw, monseñor Nino Marzoli y así tantos sacerdotes, también como el P. Salvatierra un gran misionero; que han sembrado esta semilla, esta presencia de Cristo y de la Iglesia en esta tierra. Gracias a ellos nosotros podemos tener esta palabra de esperanza, esta palabra de saber que justamente el Señor de vivos y muertos es el Señor de todos y que nos une en esa profunda comunión de todos los santos.

Creo que es una agradecimiento debido, por todo lo que estos hermanos han ido sembrando a lo largo de más de cuatrocientos años y estamos seguros que el Señor los va a recibir y que al momento que se encontraron con el Señor habrán escuchado esas palabras “vengan siervos buenos y fieles, entren a participar del gozo de su Señor” ojalá estas palabras las podamos también nosotros escuchar un día, como siervos buenos y fieles del Señor, entrar a gozar de su vida y su gozo para siempre. Creo que juntos a estos hermanos pastores, tantos papás, abuelos, tantos de nuestros antepasados ya gozan de la presencia de del Señor.

El celebrar esta conmemoración de los difuntos nos recuerda entonces que en esta vida si hemos llegado a este mundo, hemos salido de Dios para volver a Dios. En esta tierra estamos de paso, somos peregrinos, todos estamos caminando hacia la meta; San Pablo compara la vida como una carrera donde todos corren y tiene que llegar a la meta, la compara también con un combate cuando el escribe  casi al finalizar su vida con estas imágenes y dice “Gracias a Dios al terminar mi vida he conservado la fe” y esa palabra es clave, lo hemos escuchado en el diálogo entre Jesús y Martha, Martha que le dice “si tu hubieras estado aquí Señor mi  hermano Lázaro no hubiera muerto” y Jesús le dice “Yo soy la resurrección  y la vida, el que cree  en mí , aunque muera vivirá y todo el que cree y vive en mí, no morirá jamás”.

Después la pregunta ¿crees esto? Y creo que en esta mañana también el Señor nos lo pide a nosotros ¿Crees esto? La muerte solo entonces en este sentido se vuelve como un umbral, como un paso. De una manera de vivir imperfecta, de una manera de vivir como la que estamos viviendo que tiene momentos de gozo, de alegría, de satisfacción pero sobre todo también tenemos momentos de preocupación de dolor y  preocupación; hacia una vida en cambio, planamente feliz, plenamente realizada en Dios.

Por eso entonces es que entendemos esa palabra de San Pablo que dice “La muerte para mí es una ganancia” ¿por qué? ¿Qué es lo que voy a ganar? Voy a ganar que me encuentro con Dios, me encuentro con el Señor. Es decir, si nosotros hemos venido de Dios a Dios vamos, entonces tenemos que anhelar y aspirar a reencontrarnos con el Señor, a reencontrarnos con Dios.

De esa manera entonces ya no debería asustarnos la muerte, ir acostumbrándonos y pensar ¿Cómo Dios está presente en nuestra vida? Sabemos que está presente de manera muchas a veces limitadas, que muchas veces cometemos errores e impedimos su presencia, pero saber que nosotros tendemos a encontrarnos definitivamente con Él. Entonces debemos ver la muerte como este momento de encuentro con el Señor.

Este momento que deja a un lado las muchas tinieblas y dolores de la vida para encontrarnos con la luz definitiva para siempre. Es por eso que nosotros escucharemos en el prefacio de esta eucaristía, que nuestra vida con la muerte no se nos quita, sino que se transforma ¡qué bonito! Esta vida terrenal se transforma en la vida celestial, se transforma en esa plenitud que tanto anhelamos, que tano deseamos.

Creo que no es nada fácil esto pero sin embargo, si logramos convencernos de esto también cambia nuestra manera de vivir, cambiar las prioridades en nuestra vida porque si sabemos que nuestra vida tiene que llegar a Dios, entonces tenemos que saber cuáles son los valores a los que nosotros damos más importancia concretamente a nuestra vida de cada día. Muchas veces nos afanamos por tantas cosas en este mundo y son cosas pasajeras, cosas que no nos llevan a la eternidad, todas cosas que incluso cuando las tenemos no llenan nuestro corazón, por un momento a lo mejor nos satisfacen, parecería, pero al poco tiempo nos damos cuenta que nuestro corazón anhela algo mucho más grande, anhela una felicidad para siempre y esa la encontramos en Dios y entonces ya ir comprometiéndonos con en esta vida con esa mirada hacia el Señor. Esto no es desentendernos de este mundo, sino que entendernos y comprometernos con este mundo de una manera correcta, poniendo, en una escalara de valores, poniendo a Dios en el centro de nuestra vida.

Muchas veces decimos creo en Dios, ya el pueblo de Israel decía, como el mandamiento principal “ama a Dios con todo tu corazón, con toda  tu mente y con toda tu alma, pero muchas veces cuando hacemos un examen de conciencia, una evaluación de nuestra vida, nos damos cuenta que no es así, que hay otras cosas que están en primer lugar. Por eso es que esta celebración eucarística es la ocasión de entrar en comunión con nuestros hermanos difuntos, porque como decía antes, ayer celebramos la fiesta de todos los santos y hoy la conmemoración de todos los difuntos. En el credo nosotros decimos, creo en la comunión de los santos. Esa comunión profunda en Cristo entre vivos y difuntos, porque en Cristo están presentes también los lejanos, los ausentes y están presentes también los que han muerto a esta  vida pero que siguen vivos en Dios.

Por eso este momento de entrar en comunión con ellos y de orar con ellos es el momento también de reavivar nuestra fe en la resurrección y en nuestra vida para siempre; pero de hacer también esa evaluación que decía antes y centrar nuestra vida en Dios, volver a ponerlo a Él como aquel que orienta todos nuestros pasos, todos nuestro quehacer día a día en esta tierra.

Vamos por lo tantos a seguir en esta eucaristía elevando nuestras oraciones para nuestros hermanos difuntos, sintiéndonos unidos a ellos; que bonito sentirnos unidos con él esta mañana en esta eucaristía, de manera especial del Señor que es nuestra vida y agradecer a Dios el don de la fe, y agradecer que nuestra vida no está destinada en una tumba para siempre, sino destinados a encontrarnos con Él y entonces nuestra fe es la que alimenta nuestra esperanza y nuestro amor en cada momento de nuestra vida. AMEN.