Santa Cruz

Homilía de Mons. Estanislao Dowlaszewicz, 04-05-2013

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Continuamos en el tiempo de Pascua, ya es la sexta semana. Como comunidad de los creyentes nos hemos reunido esta mañana en La Catedral, muchos en el país siguen esta celebración en sus hogares, hospitales, en el campo o en la cárcel, a través de los Medios de Comunicación e internet. A todos ellos un saludo pascual que siempre es actual… Cristo vive, Cristo ha resucitado.

Desde este lugar saludamos a nuestro Pastor Cardenal Julio que en este momento se dirige al encuentro con los peregrinos que se encuentran en Buen Retiro.

También saludamos a todos los trabajadores que el día 1 de mayo celebraban su día, que el trabajo que realizan les ayude a sostener su familia y al mismo tiempo, los dignifique como personas.

Nos unimos también en acción de gracias con la iglesia de Coro Coro por tener al nuevo Pastor que fue ordenado el día 1 de mayo en Sucre, Mons Percy Galván.

Queridos hermanos,

Estamos en el mes de mayo que tradicionalmente recordamos como mes de María. La Madre de Dios es fruto de la Pascua del Señor desde el viernes santo. En la cruz, Jesús nos la ofreció como madre y nos vinculó para siempre a ella como hijos. Es tiempo de leer el Evangelio de Jesús con María y renovar nuestra vinculación con la Madre de la Iglesia.

Acoger a María significa siempre acoger al Espíritu Santo, protagonista del tiempo de Pascua. Vivir a la sombra de la Palabra de Dios que tomó carne en su vientre virginal. Contemplar a y con María, es volver a Jesús y al evangelio porque María nos dice constantemente “Hagan lo que Él les diga”.

Queridos hermanos y hermanas:

Las Lecturas de este domingo nos ayudan a reflexionar y tomar las decisiones personales para ser Discípulos de Jesús  coherentes con la fe que profesamos y atrayentes por el testimonio de vida.

Entramos ya en la recta final de la Pascua. El evangelio nos anuncia ya al “Defensor”, al Espíritu Santo. La próxima semana celebraremos la Ascensión de Jesús a los cielos y, a la semana siguiente, el envío del Espíritu Santo, la fiesta de Pentecostés (que significa “a los 50 días después de la Resurrección de Jesús Dios envía al Espíritu Santo”), en este momento nace la iglesia.

Escuchando hoy el relato evangélico de este domingo, estamos de nuevo, en el discurso de despedida de la ultima cena del Señor con los suyos. Los prepara para que estos días de prueba, dolor, sufrimiento y muerte los tomen con toda calma.  “No se inquieten ni teman”, no pierdan la calma. “Me voy y volveré a ustedes”. Para los discípulos es difícil aceptar esa verdad de que Jesús los va a abandonar.

El Maestro no comparte ni acepta sus preocupaciones ni  tristezas. Por eso empieza hablar del corazón, de la casa, de las habitaciones,  del amor, de sus palabras, del Padre. Les habla que tiene que ir…”El que me ama será fiel a mi palabra y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.” Habla de todo esto lo que es la vida cotidiana de ellos.

En su despedida Jesús nos dedicó las palabras que recoge el evangelio de Juan, un discurso centrado en explicar el significado de su vida y misión, de su pasión y muerte. El amor de Dios es lo único que da sentido a la vida de Jesús y lo que da sentido a nuestras vidas. El amor de Dios que viene de Dios es la roca firme sobre la que hay que construir nuestros proyectos de vida, la brujula con la que dirigirnos, el motivo para levantarnos cada día y la causa de nuestra alegría.

Jesús se está despidiendo de sus discípulos porque va a morir y a entregar su vida por amor. Ya no lo van a ver más como ahora. Pero no les deja solos, no nos deja solos, sino que el Padre nos enviará en su nombre al Espíritu Santo, al que Jesús llama “el Defensor”, porque viene con la función de ayudar, proteger, defender, animar y de iluminar a los creyentes. Pero eso no quiere decir que nos quedemos “de brazos cruzados”. Jesús nos invita a “guardar su Palabra”, con el mismo amor que Él nos tiene, y por eso nos la ha entregado, y también ahora va a entregar su vida por nosotros.

Cuando se vaya Jesús, el Espíritu Santo será nuestro Maestro y nos irá enseñando y recordando todas sus palabras. El Espíritu Santo nos ayudará a recordar las enseñanzas de Jesús para que sean experimentadas en el interior de cada uno. Por eso dice Jesús: “el que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y habitaremos en él”. Dios hace morada en nosotros en la medida en que le amamos y guardamos su Palabra. Porque la Palabra es el espacio donde habla Dios Padre en su Hijo. Y para que todo esto no nos cause turbación, Jesús nos deja su paz: “les dejo la paz, les doy mi paz”. Esta paz es un don, porque nos la regala Jesús, pero también una tarea, algo que Jesús nos encomienda y pone en nuestras manos. Es una paz que nos permitirá vivir con alegría y sentir que su marcha al Padre es para bien. Una paz y una alegría que nos ayuden a seguir creyendo en Él y en su Palabra, y a hacerla vida a través del amor.

Amor, paz, alegría, fe… son los signos de la presencia de Dios en nosotros y entre nosotros. Hoy miramos nuestra vida y podemos revisar cómo se dan estos signos, si los estamos viviendo y en qué medida, si Dios verdaderamente ha hecho morada en nosotros y está en nuestro corazón, o por el contrario, nuestra vida es pura “fachada”.

Nada hay más importante en estos tiempos que creer en el Dios de Jesús y actuar en coherencia a nuestra fe. Esta fe que originó los derechos humanos que defendemos y promovemos en el mundo entero. Esta fe que molesta muchos poderosos porque les demuestra que cuando Dios se borra del horizonte, el hombre no llega a ser más grande, ni lo puede todo; sino que, pierde dignidad, se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que puede usar y abusar.

Como nos recuerda la “ciudad celeste” del libro del Apocalipsis, esta fe no sólo atiende lo material sino lo espiritual, nos recuerda la meta de la humanidad en el Reino de Dios. Nos muestra que la revolución más eficaz es la que tiene lugar en el interior de cada corazón vuelto hacia Cristo, la que ha tenido lugar en la personas de los hombres y mujeres santas. Esta fe no es huida de responsabilidades, sino estímulo para comenzar a vivir ahora lo que viviremos en el reino de los cielos, en el domingo sin ocaso. “En la ciudad que no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”, palabras de la segunda lectura del libro de Apocalipsis.

El Evangelio no tiene recetas para salir da las crisis, pero de él se derivan valores y comportamientos que buscan gestionarlas mediante la transformación de los corazones y las mentes a la hora de abordar los momentos difíciles.

Todos los domingos venimos a Misa. Pero si la Misa es un  solo cumplimiento de la ley y no pasa por nuestro corazón, y no nos lleva a trabajar por un mundo mejor, se queda solo en un ritualismo vacío. El verdadero encuentro con el Señor Resucitado ha de transformarnos interiormente y llevarnos al compromiso con nuestros hermanos.

Queridos hermanos,

Jesús en su discurso de despedida no nos deja la doctrina, o un manual del buen comportamiento sino que nos deja su deseo de que amemos! Sí hemos aprendido amar, hemos aprendido lo más esencial. Si entendemos el amor, hemos entendido todo lo que hay que entender. Si me aman de verdad – quiere decirnos Jesús- puedo confiar en ustedes, puedo tranquilo volver a la casa del Padre porque sé que ustedes harán cosas buenas y agradables a Dios y a los demás.

Queridos hermanos,

Que el amor, la paz, la alegría y la fe se transformen en instrumentos para construir un mundo mejor y unas mejores relaciones entre las personas que lo habitamos. Y que el Espíritu Santo que Jesús nos envía en su nombre nos ayude en esta tarea.

El amor que no se hace vida es un falso amor. El amor se conoce por los hechos:

+ Quien ama, lucha para sacar a flote su país.

+ Quien ama respeta. No manipula, ni ultraja, ni ofende.

+ Quien ama es fiel, consecuente con el amor.

+ Quien ama, se esfuerza por comprender.

+ Quien ama, siembra justicia.

+ Quien ama, se alegra en servir al otro.

+ Quien ama, perdona.

+ Quien ama, se solidariza.

+ Quien ama, confía y se fía.

+ Quien ama siembra alegría, no llantos.

+ Quien ama, corrige y, a la vez, acaricia.

+ Quien ama, hace libres a los demás.

+ Quien ama, busca la felicidad del otro.

+ Quien ama comparte su pan para que el otro también coma.

– El amor sólo se demuestra con los hechos  Ya lo decía Jesús: “por los frutos les conocerán” (Mt.7,16).

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.