Internacional

Francisco propone la “fraternidad universal” como solución a la pandemia y las guerras

“‘Fratelli tutti’ (‘Hermanos todos’), escribía san Francisco de Asís para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio”. El Papa comienza su tercera encíclica explicando su curioso título en italiano y dejando claro que desea hablar con «todos los hermanos y las hermanas», con todas las personas del planeta.

La nueva encíclica es un documento muy extenso, abierto a todas las religiones, quesale al paso de la fragmentación del mundo por el nefasto rebrote de nacionalismos y populismos en estos tiempos de fuerte malestar, denuncia la «tercera guerra mundial a pedazos» y advierte que «hoy ya no sostenemos la idea de guerra justa».

El texto requiere una lectura lenta, o quizá dos lecturas: la primera para identificar las patologías y la segunda para estudiar las soluciones. Y sorprende por la variedad de sus citas, desde afirmaciones del Papa en los TED o el documental de Win Wenders, hasta el famoso verso de una samba de Vinícius de Moraes: «La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida».

Ante la pandemia, la crisis económica, la parálisis política en muchos países, las guerras, etc. Francisco propone redescubrir y practicar la «fraternidad universal».

Es su remedio a la polarización, la crispación y la disgregación social. Piensa que todavía es posible «optar por el cultivo de la amabilidad. Hay personas que lo hacen y se convierten en estrellas en medio de la oscuridad».

Condena la desinformación

Como no hay tiempo que perder, condena duramente el pernicioso papel de las plataformas digitales cuando alimentan la descalificación continua y difunden, a sabiendas, la desinformación. Los ciudadanos están desconcertados y hartos. Es necesario pararse y volver a mirar al prójimo como un compañero, no como un enemigo.

El Papa, que viajó a Asís el sábado para firmar la encíclica ante la tumba del santo, recuerda que san Francisco «se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne». Aquel hombre de Dios caminaba cerca de los pobres y «sembró paz por todas partes», llegando a visitar al Sultán de Egipto, Malik-elKamil, para favorecer el diálogo en lugar de la guerra.

La primera novedad del documento es que Francisco reconoce sentirse «especialmente estimulado por el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb, con quien me encontré en Abu Dabi para recordar que Dios ‘ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como hermanos entre ellos’», como señala el Documento sobre Fraternidad Humana firmado por ambos en la capital de los Emiratos el 4 de febrero de 2019.

El Papa advierte que la «pérdida del sentido de la historia» y la «colonización cultural» son dos amenazas graves, pues «la mejor manera de dominar es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores. Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar».

Francisco denuncia «los movimientos digitales de odio y destrucción», la «ebullición de formas insólitas de agresividad, de insultos, maltratos, descalificaciones, latigazos verbales hasta destrozar la figura del otro», y advierte que «el cúmulo abrumador de información que nos inunda no significa más sabiduría».

Hace falta más fraternidad vivida, y el Santo Padre la ejemplifica en la parábola del buen samaritano, sin esquivar aspectos incómodos. Los dos personajes que pasan junto al viajero malherido pero se van sin ayudarle «eran personas religiosas. Es más, se dedicaban a dar culto a Dios: un sacerdote y un levita. Esto es una fuerte llamada de atención; indica que el hecho de creer en Dios y de adorarlo no garantiza vivir como a Dios le agrada». La paradoja es que «a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes».

«A veces me asombra que a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud»

En esa línea, Francisco hace una confesión: «A veces me asombra que a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas».

Tras advertir que pervierten la fe quienes la utilizan para justificar «diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes», el Papa recuerda la necesidad de ayudar a los refugiados y de «acoger al extranjero, aunque de momento no traiga un beneficio tangible».

Francisco propone «estimular una sana relación entre el amor a la patria y la inserción cordial en la humanidad entera», y alerta frente a algunas patologías de la política: «el desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos».

El Papa denuncia que algunos líderes transforman la política «en insano populismo» para «instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder».

Hay casos extremos, y Francisco es contundente al subrayar que «particular gravedad tienen las así llamadas ejecuciones extrajudiciales o extralegales, que son homicidios deliberados cometidos por algunos Estados o por sus agentes».

No es fácil organizar la sociedad ni la economía, pues «la especulación financiera con la ganancia fácil como fin fundamental sigue causando estragos», por lo que resulta decisivo «rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas».

La mejor ayuda es un trabajo

Según Francisco, la mejor ayuda a los pobres es facilitarles un trabajo, pues «no solo es un modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal, para establecer relaciones sanas, para expresarse a sí mismo, para compartir dones». En su opinión, «el gran tema es el trabajo».

La encíclica reconoce que «la paz social es trabajosa, artesanal», e insiste en la necesidad de «generar procesos de encuentro, procesos que construyan un pueblo que sabe recoger las diferencias. ¡Armemos a nuestros hijos con las armas del dialogo!». Los héroes del futuro «serán los que sepan romper esa lógica enfermiza» del continuo enfrentamiento.

El Papa aconseja el perdón cristiano, que no supone renunciar a los propios derechos ante un poderoso corrupto, ante un criminal o ante alguien que degrada nuestra dignidad». Todavía menos, «permitir que sigan pisoteando la propia dignidad y la de los demás, o dejar que un criminal continúe haciendo daño».

Perdón tampoco significa olvido, especialmente ante los grandes crímenes: «La Shoah no debe ser olvidada», como «no deben olvidarse los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki».

Al mismo tiempo conviene conservar «el recuerdo de quienes, en medio de un contexto envenenado y corrupto fueron capaces de recuperar la dignidad, y con pequeños o grandes gestos optaron por la solidaridad, el perdón, la fraternidad. Es muy sano hacer memoria del bien».

En su último capítulo el documento afirma que «el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor. Cuando llegue el último día y exista la luz suficiente sobre la tierra para poder ver las cosas como son, ¡nos vamos a llevar cada sorpresa!».

El Papa concluye citando el Documento de Fraternidad Humana y proponiendo grandes ejemplos: «En este espacio de reflexión sobre la fraternidad universal, me sentí motivado especialmente por san Francisco de Asís, y también por otros hermanos que no son católicos: Martin Luther King, Desmond Tutu, el Mahatma Mohandas Gandhi y muchos más»

Pero desea «terminar recordando a otra persona de profunda fe, quien, desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos. Se trata del beato Carlos de Foucauld».

Fuente: ABC.es