Análisis

Fernando Pérez Cautín: Eduardo Galeano

Hermano era la palabra que más te gustaba usar para nombrar a los otros. Hermano Eduardo estas son las noticias últimas desde tu patria grande: A la hora de tu partida, todos los perros de las favelas, de los ríos descomunales, de los desiertos y de las calles terrosas se sentaron, alzaron las orejas y miraron al horizonte para verte pasar detrás de la utopía.

En todos los potreros y canchitas de tierra, los pibes flacos pararon la pelota de trapo y su sueño de ser el próximo Maradona para sentir como un vientito tu última gambeta. Tú amabas los perros, los niños y el futbol. Eso lo saben ellos.

Los indios de estas vastas tierras también dejaron de tocar sus flautas para sentir la brisa de tu espíritu que sopla sobre la hierba de las praderas. Ellos saben que tú los amaste y admiraste su cultura y sabiduría.
A esa hora también los negros pararon sus tambores, congas y timbales para elevar por ti cantos a sus dioses pendencieros que poblaron de ritmo y alegría nuestros cuerpos, porque tú los honraste y ellos te colmaron de coraje para tus luchas.

Los travestis, las prostitutas, los homosexuales salieron a ver el sol de tu compasión porque tú los liberaste del miedo a la condena e infierno eternos.

La madre naturaleza con todas sus bestias, flores y mariposas elevó sus rumores, rugidos y trinos porque tú defendiste sus riquezas frente al saqueo y devastación.
Las mujeres de las zafras, de las minas, de las fábricas, las que salieron a enfrentar con piedras y con su hambre a las dictaduras, las que acompañaron a Juana Azurduy, las que enarbolaron su poesía y canto para defender su prole y su derecho a ser libres de violencia y machismo, también dejaron sus faenas para enviarte sus abrazos finales porque fuiste su compañero de lucha consecuente.

Los obreros de las fábricas, de las minas, los que arrean los ganados, los zafreros, los lustrabotas, los albañiles, los limpiavidrios, los carretilleros y los artesanos dejaron sus máquinas para decirte que la marcha sigue sin pausa para que no se extravie la utopía de un mundo de hermanos y de iguales.
Tú que escribías tus libros para aquellos que tienen menos plata pero más ganas de leerlos, debes saber que los jóvenes se las ingeniaron para conseguir fotocopias, copias piratas o robadas para leerlos y unirse a la indignación ante la opresión, la explotación, el abandono y el desprecio. Los leen para seguir descubriendo en sus páginas la América latina verdadera, la no oficial, la que habla de los expoliados, de los pobres, de los indios, de los desplazados. En fin para llenarse de ideales revolucionarios y seguir la construcción de la utopía del bienestar común, la convivencia pacífica entre los humanos y la armonía con la naturaleza.

A esta hora de tu partida, ahora mismo, esos jóvenes que leen tus libros en los miradores y las ramblas de todo el continente alzan la vista para mirar el ocaso del sol que se acuesta sobre la hamaca del horizonte.
Gracias por los libros, gracias por los abrazos.