Análisis

Federeico Pinedo: “Francisco y la cultura del encuentro”

Loris Zanatta, catedrático de la Universidad de Bologna, doctorado en Turín, se especializó en el estudio del populismo y de la Iglesia Católica, vinculando a Europa y América latina, a Italia y la Argentina. Su foco principal fue el peronismo. A partir de ahí, con la entronización de un papa de nuestro país, la tentación de sostener que el Papa es populista, peronista y algo totalitario fue imposible de resistir. Un interesante artículo suyo en la revista Criterio lo puso negro sobre blanco. El combate imaginado entre el pueblo y el individuo entró al escenario con todos los elementos, escenificaciones y adornos de una ópera. Unos mirarán el espectáculo desde las butacas y otros querrán pasar a los hechos detrás del telón y más allá del teatro, empuñando banderas flameantes o cachiporras, descalificaciones o fuegos renovadores.

Las simplificaciones de la realidad sirven para amplificar una de las miradas posibles. Por ejemplo, decir que el peronismo es fascismo a secas es olvidar que Perón representó una síntesis de los conservadores de Fresco, los radicales de Forja, los laboristas compañeros de los socialistas, los nacionalistas, los antisajones… Decir que los militares inventaron los golpes es olvidar los cuartelazos de 1890 (en el que participó Uriburu), 1893, 1895 y 1905, o la participación de Perón en 1930 y 1943, o la de muchos liberales o fascistas o radicales después, tanto contra Perón e Isabel como contra Illia y Frondizi. Limitarse a esta cuestión es pretender olvidar el fraude electoral conservador y el elitismo consecuente, que no eran demasiado liberal-constitucionales que digamos.

Nada en ninguna historia nace de un repollo. El arte anticipa la política, y antes de las guerras mundiales las luces del impresionismo buscaron superar el realismo de las líneas y luego vinieron el futurismo, el surrealismo, el cubismo y, tras ellos, el fascismo y el nazismo, hasta que los comunistas expatriaron al genial Kandinsky por “decadente”. En el camino hubo millones de muertos. En ese contexto, estigmatizar al peronismo suena anacrónico. El Papa, como todos nosotros, es hijo de esa, nuestra historia.

Otras simplificaciones no realistas me parecen aquellas que hacen algunos liberales y los antiliberales. Mientras unos sostienen que el individuo es lo único que importa, queriendo defender la voluntad de afirmación de la personalidad de cada uno, los otros opinan que lo único relevante son los conceptos colectivos, como el lugar de nacimiento, la tierra de los padres, la patria o la comunidad en la que nacemos y de la que recibimos la cultura de convivencia, es decir, el pueblo. El pueblo no es lo contrario de las personas. Todos tenemos una dimensión personal de autoafirmación y una dimensión social de relacionamiento con los demás, de capacidad de amar que, junto a la razón, es lo que nos hace propiamente humanos. La Constitución refleja esto cuando se refiere a lo colectivo al citar en el Preámbulo a los representantes del pueblo de la Nación, o en el artículo 1°, cuando habla de la forma de gobierno, o cuando se refiere a la soberanía del pueblo y cuando enumera los derechos humanos de los individuos que todos deben respetar.

A veces se simplifica para poner luz en una idea o mirada que parece interesante o inteligente. Los extremistas -por suerte, siempre muy minoritarios- simplifican a su vez para combatir con medias verdades, que son medias mentiras. Decir que porque la Iglesia (no el actual Papa) valoriza al pueblo es populista significa desconocer que la enseñanza de Cristo se basa en el amor. El amor se define por una relación con el otro, con lo común, con lo comunitario. El amor no se da en relación con un solo individuo. Esto es demasiado evidente como para tener que explicarlo.

Soy de los que creen que la Argentina y las naciones de América del Sur son producto de un movimiento internacional democrático, el de las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, el de la caída de los reyes españoles y las ideas de que los pueblos podían recuperar su poder de autodeterminación o soberanía. También creo que en los años 20 y 30 surgieron poderosas fuerzas antiliberales y antidemocráticas que culminaron en los totalitarismos del siglo XX. De esas fuentes bebieron sectores militares, pero también políticos impotentes para ganar votos o revolucionarios violentos que se creían redentores. Lo cierto es que ya ha quedado claro que a la Argentina no le va bien por el camino de la violación de la ley cuando nos incomoda cumplirla (la ajuridicidad denunciada por Carlos Nino y Alfonsín) y que la defensa de la Justicia -tema tan actual- nos reivindica como nación democrática. Pero también es cierto que el antiliberalismo termina logrando que la sociedad no tenga creativos, que son los que hacen dar saltos de calidad a las civilizaciones.

Por lo general, en el espacio político al que pertenezco no vemos al Papa cavando grietas o promoviendo odios. Por el contrario, lo hemos encontrado siempre proclamando la cultura del encuentro, que necesariamente se basa en rescatar lo positivo de cada uno y en la actitud de respeto y humildad. Ése es el cambio que nos comprometimos a buscar. No vemos al Papa buscando someter a las personas individuales en altares autoritarios. Más bien lo hemos notado preocupado por pregonar que las personas deben despojarse de los afanes de sus egos, para ser más libres y poder recibir los aportes de los demás. No todo es binario, uno contra otro; muchas veces la verdad está en la trinidad, en la tercera vía, en la síntesis, para no decir en la tercera posición y ser acusado de populista.

El Papa nos hace un llamado a hacernos cargo, a abrir nuestra cabeza a la realidad, a abrir nuestros corazones al sufrimiento, a admitir las miradas alternativas de los demás, a buscar coincidencias sobre las que edificar, a razonar en común, que eso es lo que significa diálogo. El Papa es puente, no es muro. El Papa santificó el mismo día a Juan XXIII, que marcó el progresismo de la solidaridad con los iguales más desprotegidos, y a Juan Pablo II, que defendió la iniciativa de las personas. El Papa recibe a pecadores, que es lo que hacen todos los curas. Si alguien no está de acuerdo con eso -enseña la Escritura-, que tire la primera piedra.