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En el aniversario de Santa Cruz estamos llamados a construir una sociedad integradora, acogedora y solidaria: Mons. Gualberti

Nuestra manera de pensar la realidad y la vida es muy distinta a la manera de pensar de Dios.

La liturgia de la palabra de este Domingo pone en evidencia una verdad que a menudo olvidamos: el pensamiento de Dios es muy distinto y, sobre todo, incomparablemente superior a nuestra manera de pensar y entender la realidad y la vida. “Los pensamientos de ustedes no son los míos… como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los de ustedes”.

La parábola de la Viña confronta el sentido común de la justicia social con la generosidad del propietario

Jesús confirma estas palabras del profeta Isaías con la parábola que nos habla de un propietario que, a toda hora, sale a la plaza del pueblo en busca de jornaleros para enviarlos a trabajar en su viña. Al final de la jornada, el propietario les paga a todos por igual. Su comportamiento es provocador porque además de dar un denario tanto a los que habían trabajado todo el día como a los de última hora, él, a propósito, atiende en primer lugar a los que habían trabajado una sola hora, de forma que los demás se dieran cuenta de su inusual manera de actuar.

Por eso, no es de extrañar que los peones, que habían trabajado todo el día, reclamen mayores méritos y derechos. Su queja se sustenta en el sentido común de la justicia social y en el criterio de distribución equitativa: “¡Estos últimos trabajaron nada más que una hora y tu le das lo mismo que a nosotros!”.

El propietario responde con mucha libertad y franqueza: “Amigo, no soy injusto contigo. ¿Acaso no habíamos tratado en un denario?”. Él, en verdad, ha actuado conforme a justicia cancelando a los primeros obreros, lo que habían acordado. Ahora bien, si en el trato con los últimos ha ido más allá del criterio económico y se ha dejado guiar por su generosidad, no puede ser condenado por eso. “¿No tengo derecho de disponer de mis bienes cómo me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”.  Para el propietario no ha sido difícil detectar que los jornaleros han reaccionado movidos por la envidia y no por la indignación ante la aparente injusticia.

Entre los diversos protagonistas de la parábola, es evidente que el propietario de la viña es Dios, la viña es el reinado de amor y de vida de Dios, los obreros somos todos los seres humanos y la recompensa común para todos es la salvación.

El criterio de Dios se rige por el amor y gratuidad, en cambio, el criterio humano es aprovechador, mercantilista y egoísta

A través de esta parábola, Jesús deja en claro que los criterios de Dios se rigen por el amor y la gratuidad, criterios totalmente otros de la mentalidad humana aprovechadora, mercantilista y egoísta. Dios nos sorprende porque trata a todos por igual, a los que desde la primera hora lo han conocido y se han puesto al servicio de su plan de salvación y a los que lo han hecho más tarde. El Señor provoca un gran vuelco de la escala de valores y de juicio del mundo materialista que clasifica a las personas en base a criterios de producción, de eficiencia y de poder.

Y no puede ser de otra manera, ya que, para el Señor, todos los seres humanos somos sus hijos, creados a su imagen y semejanza y además, todos fuimos redimidos por Jesucristo, por eso, en el reino de Dios, todos tenemos la misma dignidad y derechos, llamados a vivir en igualdad y fraternidad, sin privilegio y diferencias de ninguna clase. Dios, como Padre bueno, nos ofrece a todos el acceso gratuito a los dones que siembra con abundancia en nuestra vida terrenal y la herencia de la vida eterna.

Si esta es nuestra situación, ¿porque Jesús afirma: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”? El hecho de que Dios tenga una preferencia y predilección hacia los pobres y marginados, es porque ellos son víctimas de sistemas injustos, discriminadores, vulnerados por el pecado humano y contrarios a su plan de vida y amor. Es el plan que Jesús vino a recrear, a hacer realidad y a hacernos partícipes del mismo: “El reino de Dios está cerca, conviértanse y cambien de vida“.

Desde los excluidos y los “Don nadie”, el Señor instauró amor, ayuda, solidaridad y misericordia

El Señor nos pide un cambio radical en nuestra manera de pensar y actuar, nos pide dejar la lógica mundana y amoldarnos a su visión y misión. Él que, desde los últimos, los excluidos y los don nadie” de la sociedad, ha instaurado nuevas relaciones entre las personas, marcadas ya no por la lógica del más fuerte, del poder, la prepotencia y la discriminación, sino por el amor, la ayuda mutua, la solidaridad y la misericordia, como corresponde entre hermanos.

En Jesús se manifestó el rostro de Dios amor y misericordia que quiere la vida de sus hijos

Dando vuelta a las páginas de los Evangelio, vemos como Jesús a cada paso se dedicó a anunciar la buena noticia a los pobres, a sanar los enfermos, a perdonar los pecadores y a atender a todos los que acudían a él con toda clase de necesidades materiales y espirituales. En las palabras y actuación de Jesús se manifestó el rostro verdadero de Dios, el rostro de un Padre de amor y misericordia que quiere la vida de sus hijos.

Dios nos espera para perdonarnos. Nuestros pecados no son obstáculo para su misericordia

A través de su misión Jesús llevó a cumplimiento lo que, muchos siglos antes, había anunciado el profeta Isaías: “Busquen a Dios mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca… vuelvan al Señor y Él, que es generoso en perdonar, les tendrá compasión…”. El Señor, en su voluntad y deseo de salvación, nos urge a buscarlo y volver a él que nos espera para perdonarnos. Estas palabras consoladoras nos mueven a vencer nuestros temores y a desechar la imagen de un Dios que castiga, conscientes que nuestras debilidades y pecados no son un obstáculo para su misericordia.

Por eso, no tengamos miedo en dar testimonio, al igual que Jesús, de nuestro Dios “justo y bondadoso y de gran misericordia” como hemos proclamado en el Salmo. Dar testimonio cambiando nuestros criterios, juicios y actitudes, a veces mezquinos y crueles e, imitando a Jesús, asumiendo pensamientos y actitudes de misericordia y perdón hacia los hermanos. Lo que sobresale en la enseñanza del Evangelio de hoy, no es solo la recompensa, sino especialmente la llamada de Dios a todos y a toda hora, sin condiciones ni distinciones.

Sería un grave error no buscar a Dios

Jesús esta mañana repite para nosotros su llamado: “Vayan también ustedes en mi viña”. Respondamos con apertura y entusiasmo, no seamos desconfiados ni mezquinos, pensando que, de todos modos, la recompensa es la misma. Sería un grave error no buscar a Dios mientras se deja encontrar, postergar la “conversión” y ocultar los talentos que Él nos ha dado y no ponerlos al servicio de la instauración del Reino de Dios.

Nuestro país no necesita amenazas, confrontaciones, promesas electorales ilusorias. Necesitamos programas realizables y evaluables

Esta invitación “Vayan también ustedes en mi viña”, junto a la afirmación categórica de Jesús: “los últimos serán los primeros”, resuena muy oportuna en este tiempo de campaña electoral. Los candidatos son llamados a trabajar en la viña de nuestro país, con espíritu de servicio y desprendimiento, priorizando el bien común, la unidad y la salvaguarda de la democracia, dejando a un lado los afanes de poder, los arribismos y los intereses personales o de grupo. Nuestro país no necesita un ambiente crispado, amenazas, ataques personales, confrontaciones y promesas ilusorias, necesita programas realizables y evaluables que garanticen a todos el acceso a la salud, a la educación, a la vivienda y al trabajo estable para todos, en particular a los pobres. De la misma manera, se necesita restablecer la institucionalidad y la administración de la justicia ecuánime y libre de toda presión, luchar con firmeza en contra del narcotráfico, el contrabando y la corrupción y tomar iniciativas que fomenten el diálogo y la reconciliación, a fin de que podamos mirar con esperanza a un porvenir de armonía y paz duraderas.

En el aniversario de Santa Cruz estamos llamados a construir una sociedad integradora, acogedora y solidaria

Para terminar les invito, en actitud de agradecimiento al Señor, pedir su bendición especial sobre nuestra ciudad y departamento por el 210 aniversario del grito libertario que celebramos el jueves próximo, para que todos los ciudadanos, nadie excluido, tomemos conciencia del llamado del Señor a trabajar en su viña y a ser testigos de la esperanza y el amor del reino de Dios en la construcción de nuestra sociedad cruceña siempre más integradora, acogedora y solidaria.