Santa Cruz

El poder de Jesús, no es tiranía, es liberador, domina la naturaleza, pone límites al mal y a los poderes humanos Mons. Sergio Gualberti

Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, en su homilía dominical centró su atención en el fuerte contraste entre el miedo de los discípulos y el dominio y seguridad de Jesús ante los embravecidos elementos naturales. En ese sentido expresó que La fe y el miedo están en total oposición por que el miedo ahoga la esperanza, en cambio la fe libera y abre nuestras vidas al amor de Dios.

Por otro lado sostuvo que tener fe es creer y “Creer es dejarnos amar, acompañar y guiar por él, nuestro único Salvador.  “Que hasta el viento y el mar le obedecen”. En ese contexto Mons. Gualberti expresó que  “El poder de Jesús, no es tiranía,  sino es un poder liberador que domina a las fuerzas de la naturaleza y pone límites al mal y a los poderes humanos”

Antes de concluir su Homilía, el prelado hizo alusión a la última Encíclica Papal “Laudato si” promulgada recientemente e instó al pueblo de Dios a entender que “El Papa invita a toda la humanidad «a reconocer los pecados contra la creación… y a una conversión ecológica global», en torno al concepto de ecología integral. El objetivo es comprender «el lugar específico que el ser humano ocupa en este mundo» a través de una serie de líneas de renovación de la política internacional, nacional y local, basadas en un diálogo transparente y honesto.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti Calandrina

Arzobispo de Santa Cruz 

Junio 21 de 2015

El Evangelio de hoy, nos presenta a Jesús, que después de haber anunciado y explicado el Reino de Dios en parábolas, calma la tempestad en el lago de Tiberíades, el primero de cuatro milagros. Con estos signos, Jesús da concreción a su predicación sobre el misterio del Reino, que la gente e incluso sus discípulos, que habían sido instruidos a parte, no acaban de entender.

Jesús, por un lado, actúa como el maestro que va formando a sus discípulos y que hace conocer su identidad de Mesías enviado por Dios, y por el otro, que los hace crecer en su adhesión de fe y los prepara al ministerio apostólico. Este milagro de la tempestad calmada es presentado como una parábola en acción, como un recuerdo vivo de una experiencia de fe.

El relato evangélico nos dice que un atardecer, a orillas del lago, Jesús dice a sus discípulos: “Pasemos a la otra orilla”,  “es decir a la Decápolis, tierra de paganos, mirados con sospecha y difidencia por los judíos. Jesús les invita a ir a lo desconocido a lo hostil, a las periferias del mundo, como dice el Papa Francisco. Para eso hay cruzar el lago, dejar la seguridad de lo conocido y pasar por los embates del mal, con la tentación de ceder ante las dificultades que presenta el seguimiento al maestro y el anuncio del Evangelio.

Había varias barcas, pero Jesús y sus discípulos suben todos a la misma barca. Esta única barca representa a la Iglesia, que lleva a Jesús y los discípulos hacia una destinación común. De pronto se desencadena una “tempestad tan fuerte”,  que las olas entraban en la barca, amenazando de llenarla y hundirla.

También en nuestra vida de cristianos y de la Iglesia, se han dado y se dan muchos vendavales y tempestades, muchas caídas nuestras y muchos ataques desde afuera, que parecen poner en riesgo la misma existencia de la Iglesia y del mismo Evangelio.

Pero, “Jesús duerme”:no se asusta porque tiene puesta su confianza en el Padre y se abandona en sus manos. En realidad quien duerme no es Jesús, sino la fe de los apóstoles que es metida a prueba por este hecho. Ante algunas desgracias personales o familiares y ante tantos males del mundo, también a nosotros nos puede parecer que Dios duerme, pero es nuestra fe que duerme.

¡Maestro! ¿no te importa que nos ahoguemos?”. Ante el mar embravecido, la angustia y la desesperación de los discípulos es grande al punto de moverlos a poner su mirada en Jesús y dirigirse a él con estas palabras desatinadas: “¿No te importa…?” Los discípulos todavía no entienden que significa la presencia de Jesús en medio de ellos, una presencia que da esperanza aunque duerma. Este detalle nos recuerda la parábola del domingo anterior, de la semilla que crece aunque el sembrador duerma.

El evangelista Marcos con estas pocas pinceladas hace resaltar el fuerte contraste entre el miedo de los discípulos y el dominio y seguridad de Jesús ante los embravecidos elementos naturales. La fe y el miedo están en total oposición, el miedo ahoga la esperanza, la fe libera y abre nuestras vidas al amor de Dios. Jesús despertándose increpa al viento: “¡Silencio, Cállate¡ y el viento se aplacó y sobrevino una gran calma”.

Jesús, el Señor de la vida, se enfrenta directamente con el maligno, mandando callarse a las fuerzas del mal y de la muerte, manifestando la misma potencia de Dios que, en la creación, dominó al caos y disipó a las tinieblas de la nada. Tanto la noche como el mar en la Biblia son símbolos de las potencias infernales y del mal, como hemos escuchado también en la primera lectura de Job, donde Dios pone límites al mal. Ahora Jesús provoca directamente a los discípulos: “¿Por qué tienen tanto miedo? ¿No tienen fe?” Jesús denuncia claramente que detrás del miedo está la falta de fe, el no contar con Dios como punto firme que orienta la vida, cayendo en el desconcierto y la angustia.

Entonces quedaron atemorizados”: Ahora los discípulos no tienen miedo, sino temor, es decir sorpresa, estupor y reverencia ante el misterio manifestado en la actuación potente de Jesús que ha abierto el horizonte de trascendencia. Más allá de las apariencias prepotentes del mal, está Dios que teje su plan de de esperanza, plan salvación. Su asombro les pone en camino para ser verdaderos discípulos, para reconocer la majestad de Dios en la persona de Jesús,  para llegar a poner su confianza en la benevolencia de Dios que lleva a cumplimiento lo que sería imposible con las solas fuerzas humanas.

¿Quién es éste?” Jesús, aunque no logra todavía la plena adhesión de fe de parte de los apóstoles, despierta en ellos una gran inquietud, una pregunta: “¿Quién es éste hombre” que lleva en sí un misterio, una potencia extraordinaria y sobrenatural?  Su miedo comienza a ceder el lugar a la fe y ellos van descubriendo la identidad profunda de la persona de Jesús y van poniendo su confianza en el Dios de Jesús, más que en su poder milagroso.

La fe es descubrir a Cristo en nosotros, aún en medio de tantas pruebas, es poner nuestra confianza en él y tener la certeza que él está a nuestro lado aunque nos pueda parecer que duerme.

Creer es dejarnos amar, acompañar y guiar por él, nuestro único Salvador.  “Que hasta el viento y el mar le obedecen”: El poder de Jesús, no es tiranía,  es un poder liberador que domina a las fuerzas de la naturaleza y pone límites al mal y a los poderes humanos. De la misma manera que libera a los endemoniados, así libera a los discípulos del miedo y hace que pueden descubrir el rostro misericordioso de Dios.

Este milagro de Jesús nos da una gran enseñanza para nuestra vida.  Todos pasamos por tempestades personales en las que todo parece derrumbarse, pero en los último años hay una tempestad que amenaza hundir a toda la humanidad y la creación entera.

La acción desconsiderada del hombre ha puesto en peligro el equilibrio ecológico, y provocado un cambio climático con graves consecuencias por el ambiente natural, y la tierra se encuentra gravemente herida.

El Papa Francisco en esta semana se ha unido al coro de tantas voces que alerta sobre este grave peligro, con su Carta Encíclica: “Laudato Si”… “sobre el cuidado de la casa común”, tomando las primeras palabras del Cántico a las criaturas de San Francisco: “Alaba­do seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra”. El Papa hace un llamado urgente a toda la humanidad a cruzar la otra orilla, a dejar un modelo de vida consumista y la sobreexplotación de las actividades humanas, para respetar a la naturaleza, asumir un estilo de vida sobrio y recurrir a recursos naturales renovables que garanticen la supervivencia de la humanidad en su conjunto.

El Papa invita a toda la humanidad «a reconocer los pecados contra la creación… y a una conversión ecológica global», en torno al concepto de ecología integral. El objetivo es comprender «el lugar específico que el ser humano ocupa en este mundo» a través de una serie de líneas de renovación de la política internacional, nacional y local, basadas en un diálogo transparente y honesto.

La Encíclica termina con palabras esperanzadoras, se puede vencer a la tempestad embravecida por la que estamos pasando, poniendo nuestra fe en el Dios de la vida: “Dios, que nos convoca a la entrega generosa y a darlo todo, nos ofrece las fuerzas y la luz que necesitamos para salir adelante. En el corazón de este mundo sigue presente el Señor de la vida que nos ama tanto. Él no nos abandona, no nos deja solos, porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos. Alabado sea”.