Santa Cruz

“El pecado contamina no solo al hombre, sino también a la creación” Mons. Sergio Gualberti

En su Homilía dominical el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti exhortó al pueblo de Dios a tener en cuenta que el pecado contamina no solo al hombre, sino también a la creación, rompiendo la armonía y el equilibrio entre todos los seres vivientes.

En ese contexto manifestó su preocupación por los cambios climáticos, causados por una creciente contaminación del aire, del agua y de la tierra, por la sobreexplotación de las actividades extractivas, industriales y de transporte, que ponen en peligro las bases naturales indispensables para la supervivencia de la humanidad en su conjunto.

Por otro lado exhortó al pueblo de Dios a estar atentos a las diversas formas de blasfemia que se dan no solo en el rechazo a Dios, sino también en toda violación deliberada de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana, como la integridad de vida en todas sus etapas, la libertad y la igualdad entre todos.

Antes de concluir su homilía Mons. Sergio evocó las palabras de Papa Francisco para conmemorar esta Jornada Mundial del Migrante: “nadie puede ser considerado inútil, fuera de lugar o descartado… Jesucristo espera siempre que lo reconozcamos en los emigrantes y en los desplazados, en los refugiados y en los exiliados.

 

HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI

DOMINGO 7 DE JUNIO del 2015

JORNADA MUNDIAL DEL MIGRANTE

La primera lectura del libro del Génesis, con la escena de Adán y Eva después de haber comido el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, nos presenta la irrupción del pecado y sus consecuencias trágicas en toda la historia de la humanidad. Ellos, que en su soberbia tenían el sueño de “ser como dioses”, autosuficientes ante Dios, se descubren desnudos, es decir limitados, débiles, sometidos a la esclavitud del mal y la muerte. Es el pecado original, no tanto y no solo en sentido temporal, sino en cuanto el origen y principio de todos los demás pecados.

Este relato deja en claro que no podemos achacar a Dios la presencia del mal en el mundo, sino al hombre mismo que, en su orgullo, ha rechazado su plan de amor y ha optado por su propio plan, desobedeciendo y abusando del don de la libertad que Dios le ha dado. El pecado original está dentro de nosotros, es la raíz profunda de nuestro egoísmo, soberbia, odio y malas acciones. Sobre todo, el pecado nos priva de la santidad y justicia de Dios, provoca el desconocimiento de los valores y principios éticos y morales, en particular el valor supremo del amor, y nos envuelve con una atmósfera viciada y contaminada.

El pecado contamina no solo al hombre, sino también a la creación, rompiendo la armonía y el equilibrio entre todos los seres vivientes. Lo constatamos con particular preocupación en estos tiempos por los cambios climáticos, causados por una creciente contaminación del aire, del agua y de la tierra, por la sobreexplotación de las actividades extractivas, industriales y de transporte, que ponen en peligro las bases naturales indispensables para la supervivencia de la humanidad en su conjunto.

Pero, a pesar de este panorama sombrío, la última palabra no la tiene el pecado y la muerte.
Dios misericordioso ama al hombre que creó, por eso no cierra del todo las puertas de la vida y hace una promesa esperanzadora: un descendiente de la mujer vencerá a la serpiente, al demonio. Es la primera buena noticia para la humanidad caída, que hace divisar a Cristo Jesús, hijo de María, la nueva Eva.

De hecho, Jesús en sus primeras palabras públicas anuncia que en su persona se instaura el Reino de Dios y que han llegado los días de la salvación: “El Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en el evangelio. En Jesús está presente y actúa la potencia de Dios que se manifiesta con el perdón de los pecadores, la liberación de los endemoniados y la curación de toda clase de males físicos y morales, signos concretos de que tiene poder sobre las fuerzas del demonio poniendo fin a su imperio y cumpliendo así la promesa de Dios.

El relato del evangelio de hoy se sitúa en este contexto de lucha de Jesús en contra del mal. En él, sobresale la oposición de los jefes judíos a Jesús, a su predicación y actuación. Ellos se empecinan en resistir a su mensaje, llegando al colmo de formular una acusación muy temeraria: “Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del príncipe de los demonios”.

Este rechazo radical a Jesús por parte de las autoridades judías, no es algo circunstancial, sino que ha sido pensada y maquinada conscientemente. Y como no pueden negar la evidencia de los hechos, porque ante sus ojos están los enfermos sanados y los endemoniados liberados, distorsionan los prodigios en su significado fundamental, presentándolos como una prueba de que en Jesús no actúa la potencia de Dios sino la de Satanás. Además, en su perversidad, no atacan de frente a Jesús, sino ante la gente y los discípulos, para que se desencanten con el maestro y dejen de buscarlo y seguirlo.

Jesús ante este intento no puede quedar indiferente, no puede permitir que los signos de Dios sean falseados y utilizados en contra de su persona. Inicia su respuesta poniendo en evidencia lo absurdo de esa grave imputación que va en contra de toda lógica. Y, sirviéndose de los ejemplo de la ciudad y la familia divididas, les pone bien claro de que es impensable que el príncipe de los demonios pueda hacer la guerra a los mismos demonios porque, de ese modo, se debilitaría su poderío.

Luego Jesús llama la atención sobre la gravedad del pecado que esos jefes están cometiendo, con unas graves palabras: “El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre”. La blasfemia contra del Espíritu Santo es el rechazo consciente y provocador de la verdad, de la gracia, del perdón y de la salvación dados por Dios, volviendo en contra de él los mismos signos de su misericordia. Es la posición sistemática de atribuir a los demonios un poder que no tienen, de llamar luz a las tinieblas, de pervertir la fe. Dios no puede perdonar a una persona que a propósito y voluntariamente se obstina a rechazar el perdón.

Esta blasfemia en contra del Espíritu Santo no se da solo en el rechazo de Dios, sino también en toda violación deliberada de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana, como la integridad de vida en todas sus etapas, la libertad y la igualdad entre todos, porque, de esa manera, se está desconociendo el plan de Dios que quiere a todos los seres humanos como Hijos, creados por Él y salvado por Jesucristo.

Mientras Jesús está contestando a las autoridades judías, le avisan que su madre y sus parientes lo están buscando. Jesús levanta la mirada hacia los que están sentados alrededor de él y dice: “Estos son mi madre y mis hermanos: el que hace la voluntad de Dios”.

Los que están alrededor de Jesús son los discípulos, los que paulatinamente van conociendo la verdad de Jesús, que van descubriendo que él es el Mesías esperado, el Salvador. La fe en Dios, la escucha y cumplimiento de su palabra constituyen a los discípulos como verdadera y nueva familia de Jesús. Es la nueva fraternidad que establece Jesús con todos los que creen en él, es el pueblo de Dios abierto a personas de toda raza y lugar sin límite alguno, del que nosotros, por su gracia, también somos miembros.

Justamente desde esta visión universal el Papa Francisco ha emitido su mensaje en la Jornada de los migrantes y refugiados, que celebramos hoy, entre los que se encuentran muchos hermanos nuestros: “La Iglesia sin fronteras, madre de todos, extiende por el mundo la cultura de la acogida y solidaridad, según la cual nadie puede ser considerado inútil, fuera de lugar o descartado… Jesucristo espera siempre que lo reconozcamos en los emigrantes y en los desplazados, en los refugiados y en los exiliados, y asimismo nos llama a compartir nuestros recursos, y en ocasiones a renunciar a nuestro bienestar”.

El Papa termina su mensaje animando a los emigrantes y refugiados a no perder la confianza y esperanza, y les encomienda a la protección de la Virgen María. También nosotros acogemos con gozo la invitación a renovar nuestra fe y poner nuestra confianza en Dios, porque, como dice el salmo que hemos proclamado hoy: “En el Señor se encuentra la misericordia”.

Amén