Análisis

EL EXTRATERRESTRE ESTUPEFACTO

Si un extraterrestre con inteligencia humana aterrizara en Bolivia y se desayunara con las informaciones que se publican en toda la prensa nacional, creería haber llegado a un país inviable. Y no por que los habitantes de ese país fueran ni mejores ni peores que  otros, ni porque Dios no hubiese puesto en sus manos las condiciones y recursos para llevar una “vida buena”, sino porque los dirigentes de turno no estaban capacitados para conducir  a buen puerto a sus propios súbditos.

El extraterrestre no saldría de su asombro al comprobar que el gran invento terrícola de las elecciones destinadas a coronar como rey al ciudadano más valioso, era útil sólo para los de un grupo, pero no para los del grupo adversario. Es decir, se respetaba el voto que elegía a los amiguetes. En cambio, si las urnas elegían al del otro bando, ese voto era humo al viento. En este caso, el elegido legalmente era víctima de la ocupación militar del territorio que tenía asignado según la ley. Y para mayor ignominia, obligado a refugiarse en un país vecino o enviado a la cárcel sin posibilidades de recurso alguno.

Siguiendo su exploración por esta diminuta parte del planeta Tierra, comprobaría que una de las principales ciudades cuyos vecinos habían elegido a un buen alcalde, aunque no perteneciente a la tribu dominante en otros pagos. Ante la sorpresa del alienígena los jefes de la tribu, en vez de facilitar al alcalde  los medios para que siguiera ordenando su ciudad, levantaron contra él las iras de unos cuantos jerifaltes a sueldo. Cuando el alcalde legítimo quiso poner orden a un tráfico vehicular caótico y endiablado, los cejijuntos y agresivos jerifaltes del volante impusieron el colapso total de la ciudad. Los jefes de la tribu se regocijaron de ver a la gente corriendo sudorosa por las calles para llegar a su puesto de trabajo del que comen y del que dan de comer a sus hijos. Y con esto, el alcalde se desprestigiaba y nada raro sería que los grandes jefes de la tribu y sus maquiavélicos asesores, ya tuvieran preparado su derrocamiento y la tramposa sustitución por uno de los suyos.

Esto no es nada. El muy ilustrado extraterrestre comprobaría que había enfermos terminales librados a su suerte, sin que los médicos les atendiesen. Y eso que esos privilegiados profesionales habían suscrito el juramento hipocrático de atender al enfermo en cualesquiera circunstancias. Tan repugnante y escandaloso perjurio no ocurría en otras partes del cosmos.

Caminando, por este extraño país, el extraterrestre esperaba poder visitar los hermosos parques naturales gracias a los cuales los terrícolas pueden seguir oxigenando sus pulmones. Cuál no sería su sorpresa cuando le informaron que el gran jefe de la tribu había decidido construir una ancha carretera que partiría en dos, uno de esos territorios y abriría la pródiga selva a la invasión depredadora de los cultivadores de una planta que creían sagrada pero que era un veneno degeneratvo de la digna y hermosa raza humana que Dios creó.

El alienígena ilustrado llegaría a esta conclusión, entre otras: por causa de “insuficiente madurez” política -según palabras del vicepresidente de la tribu-, el gobierno populista y autoritario del gran jefe y de su corte, han entrado en su propio eclipse.