Martes, 12 Diciembre 2017

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Por las noticias radiales y escritas, y sobre todo, por la televisión hemos conocido muchos al crucero que chocó contra un pequeño islote en las costas del Mediterráneo cerca a Italia. Inmediatamente recibieron ayuda. La esperanza de los náufragos    es que alguien viniera a ayudarles. Por sí solos imposible que llegaran a puerto. No bastaría que se les brinde indicaciones del lugar en que se encuentran ni motivaciones psicológicas. La ayuda debía venir de afuera, y llegar hasta el lugar del siniestro.

La humanidad cayó en el pecado a causa de nuestros padres Adán y Eva. El pueblo de Israel portador de la acción poderosa de Dios esperó siempre un redentor que levantara a todos de la postración en que le dejó el pecado. Cristo ha venido de fuera pues descendió del cielo y nos dio la salvación. Él es el salvador, sin él no hubiéramos superado nuestro pecado. Aunque la naturaleza humana fue creada a imagen y semejanza de Dios, por sí sólo, nunca hubiéramos alcanzado liberarnos del desastre del pecado y de sus secuelas.

En la hora triste de la caída de Adán se le anuncia la salvación; se anuncia una salida para vencer el castigo que el mismo Dios imponía. Es que Dios es el que salva. La iniciativa de crear al hombre y de recrearlo parte de Dios. No es el hombre el que salva, es una decisión divina. Dios aunque siempre existió, cuando creyó conveniente creó el mundo y en este mundo, creó al hombre. También cuando creyó conveniente vino al mundo para hacerse uno de nosotros en la persona de su Hijo.

El Adviento que iniciamos hoy nos prepara a celebrar aquella primera venida del Hijo de Dios que se hizo hombre en las entrañas purísimas de la Virgen. El Nacimiento de Jesús que celebraremos el día 25, fiesta de Navidad, es como la primera luz que anuncia la llegada del día. Es el punto de partida para nuestra salvación o redención.

Aunque Dios haya tomado la iniciativa de nuestro rescate, de ninguna manera nos exime de nuestra responsabilidad. María Inmaculada, cuya fiesta celebramos el día 8 es el modelo de cooperación a la redención que Dios ofrece a la humanidad. Ella dio un Sí rotundo a lo que Dios le pidió para poder salvar a la persona humana: hacerse hombre en su seno virginal. Gracias a María, obediente al plan de Dios podemos celebrar la nueva era de la humanidad.

Con motivo del Adviento se suele hablar de latres venidas de Cristo, el Hijo de Dios y de María. El primer adviento lo llamamos histórico, por ser la espera del Salvador de Israel y su nacimiento. El Adviento místico es el segundo, es la venida de Cristo al alma de cada uno, es la presencia íntima de Hijo de Dios en cada persona tiene muchísimas formas. El tercer adviento es el escatológico, la venida o vuelta de Cristo en toda su gloria y esplendor al final de los tiempos, para coronar la obra realizada en toda la historia de la salvación.

Este domingo tiene como los últimos domingos que han trascurrido el anuncio de la vuelta de Jesús a cerrar la historia. Se señala que Dios vendrá de improviso, por eso hay que permanecer en vigilancia continua. El cristiano debe permanecer en “vigilante espera”. También el nacimiento de Jesús les tomó por sorpresa. Muy pocos fueron los que supieron y acogieron el Nacimiento del Redentor de la humanidad.

El adviento tiempo de preparación a la Navidad exige un estilo de vida para cada cristiano, pues es una hora de encontrarnos más profundamente con Dios a través de Cristo, “camino para llegar al Padre”. Es hora de liberarnos de todo aquello que impide que seamos salvos integralmente para estar más con Dios y con los hermanos. La vigilante espera debe ser el estilo de nuestra vida. Es necesario vivir la tensión entre el “ya si” pero “todavía no”. El cristiano tiene a Cristo y vive en Cristo pero todavía no en plenitud.

Pablo, en la segunda lectura de este domingo, nos da las pautas para este tiempo de Adviento: “Dense cuenta del momento en que viven; ya es hora despertarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando comenzamos a creer. Dejen las actividades de las tinieblas. Condúzcanse como en pleno día con dignidad, nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Revístanse del Señor Jesús”.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, OFM.
ARZOBISPO EMÉRITO DE SUCRE

Sucre, 1 de diciembre de 2013

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  • Fuente Arzobispado de Sucre

Hoy es el último domingo del Año litúrgico. Celebramos la fiesta de Cristo Rey del Universo. Este rey, Jesucristo, es un regalo que el Padre nos envió como fruto de su infinito amor misericordioso. Cristo es rey desde toda la eternidad, por ser Hijo de Dios. Cristo es el ícono del Padre.
La lectura del evangelio de Lucas nos presenta la realeza de Cristo enmarcada en el contexto de su muerte en cruz. El trono de Cristo es la cruz. Allí había puesto Pilato “este es el rey de los judíos”. El pueblo mira a Jesús crucificado. Al dolor de la cruz se agregaban las burlas y mofas sarcásticas. Hasta uno de los ladrones, el mal ladrón, se contagia de aquel ambiente de improperios hacia Jesús.

Los jefes judíos y autoridades religiosas, le pedían que se salvara a sí mismo, puesto que él se llamaba Hijo de Dios y salvador. Los mismos soldados romanos le instaban a que mostrara que era  rey. Pero  Jesús no es un rey como los de este mundo. Muestra su naturaleza permaneciendo callado en la cruz, superando la tentación al desafío de los que pedían que bajara de la cruz. Jesús se pone en las manos de su Padre hasta morir dando su visa por todos.

A través de las lecturas de este domingo, último del año litúrgico –el próximo domingo iniciamos un nuevo año con el primer domingo de Adviento– nuestra mirada de fe la dirigimos a Cristo Rey del Universo, mirando al futuro de la historia de la humanidad, para vivir y revivir el gozo del misterio de Cristo que nos ha dado su reino, reino que todavía no se manifiesta en plenitud.

El reino de Cristo no es de este mundo, “mi reino no es de este mundo”, dijo Jesús a Pilato, en aquella hora tan importante cuando estaba a punto de ser condenado a muerte. Pero sí que el reino de Cristo está en el mundo y quiere que se extienda a todas partes. El reino de Dios como rezamos en el prefacio de la misa de este domingo es “un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”.

Esas notas del reino de Cristo son sus credenciales ante el mundo entero. El rey de los cristianos, Cristo Jesús, crucificado en la cruz no quiere hacer daño a nadie. El “ha venido para servir y no para ser servido”. El mayor servicio ha sido ofrendar su vida en la cruz por nuestra salvación. Por ello, la cruz no es una señal de ignominia, sino de amor. “En la Cruz de nuestro Señor Jesucristo está nuestra salud, vida y resurrección: por ella hemos sido salvados y liberados”. En uno de los himnos litúrgicos cantamos: “las banderas del Rey avanzan y el misterio de la cruz refulge”.

Al aclamar a Cristo con su corona real –a si le pintan en muchos lugares– no podemos menos de mirar a Cristo en la cruz donde nos conquistó a todos y nos hizo parte de su reino. Aunque es rey por naturaleza por ser Dios, lo es también por conquista. Ante Cristo puesto en la cruz las reacciones de la gente fueron diferentes: unos le rechazaron, otros le insultaron, algunos le abandonaron, unos pocos permanecieron con él y un centurión romano hizo una bellísima profesión de fe: “verdaderamente este hombre era Dios”.

Junto a la cruz hubo un ladrón, “el buen ladrón” que creyó en la realeza de Cristo. Este hombre, a quien la tradición da el nombre de Dimas, es el buen súbdito del Rey, Cristo Jesús. Comienza por aceptar sus culpas y pecados. Reconoce que está en la cruz porque se lo merece. El otro ladrón no reconoce a Cristo como rey. El buen ladrón lleno de fe en Cristo Rey reza esta súplica: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. ¡Qué grandiosa fe la del buen ladrón! Cree que Jesús es rey, a pesar de que ve como Jesús va poco a poco desangrándose. Esta fe extraordinaria mereció escuchar de los labios moribundos de Jesús que le dijo: “hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Miremos a nuestro Rey lleno de gloria sentado a la derecha del Padre, después de haber pasado por la muerte afrentosa de la cruz. Es nuestro rey por derecho propio, o sea, por su naturaleza divina, y rey por su conquista, su victoria obtenida por la resurrección entre los muertos. Prometámosle fidelidad guardando sus mandamientos y con la liturgia de esta fiesta digámosle con fe: “te pedimos, Señor, que quienes nos gloriamos de obedecer los mandamientos de Cristo, Rey del Universo, podamos vivir eternamente con él en el reino del cielo”.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, OFM.
ARZOBISPO EMÉRITO DE SUCRE

Sucre, 24  de noviembre de 2013

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  • Fuente Arzobispado de Sucre

Estamos al final del Año Litúrgico en que el tema escatológico aparece en estos domingos. De esto nos habla la primera lectura y el Evangelio de Lucas 21,5-19. Se nos invita a mirar al futuro de cada uno y al de la humanidad. Así mismo, la segunda lectura, tomada de la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses toca también la problemática de fin del mundo, pues algunos no trabajan con el pretexto de que era inminente la venida gloriosa del Señor Jesús.

De vez en cuando salen voces que quieren alarmarnos acerca del fin del mundo. Hay quienes han caído en la tentación de la cercanía de la vuelta de Jesús, anunciada por él al fin del mundo, pero Jesús mismo nos advierte que no sabe ni el día ni la hora.
El evangelista mezcla, en el evangelio de hoy, dos aspectos: uno el anuncio de la destrucción de la ciudad santa, Jerusalén, por parte de los romanos; esto sucedió ya (hacia los años 70) con los ejércitos de Vespasiano y, en segundo lugar, estaría el fin de todo el mundo, del cual dice que “no vendrá enseguida”. Jesús usa el lenguaje apocalíptico de los profetas del Antiguo Testamento. No es nada fácil distinguir estos dos estratos.

El fin del mundo no es inminente. Nos previene amorosamente para que no nos entre el pánico y para que no seamos incautos: “cuidado que nadie les engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo yo soy o bien el momento está cerca, no vayáis tras ellos”. Esta visión enigmática del final de los tiempos no quiere hacernos vivir en el temor, pero sí que nos es necesario saber vivir como peregrinos que vamos hacia una meta.

En este Año de la Fe y este final del Año litúrgico, cuando constatamos que la humanidad va hacia la destrucción con la creación de tantas armas, especialmente las químicas y cuando vemos también que las leyes naturales como las leyes de Dios, se relativizan, como cuando miramos a nuestro interior y vemos tantas debilidades y miserias espirituales y morales, surgen tantas preguntas sobre el futuro. ¿Tendrá un final feliz la historia de la humanidad? Este caminar de la humanidad ¿a dónde nos conduce? ¿Nos salvaremos?

La mirada hacia el futuro nos viene bien hoy a nosotros como a los discípulos de Jesús cuando Lucas escribió su evangelio. La Palabra de Dios quiere orientar nuestras vidas para que seamos comprometidos para que vivamos en plenitud el ser cristianos, siguiendo el camino señalado por Cristo, no dejándonos engañar por aquellos que nos proponen cristianismo fácil, producto de la dictadura del relativismo.

San Pablo en la segunda lectura, habla del trabajo. La espiritualidad del trabajo está relacionada con la actitud de vigilancia y espera del Señor. El trabajo tiene una dimensión trascendente, en esa perspectiva de la vuelta, la segunda venida de Cristo. Esa espera de los cristianos no consiste en desanimarse, sino en tomar una actitud constructora de un mundo mejor, más humano, más cristiano y más solidario. Por ello, cuando el cristiano mira al mañana no se olvida del hoy, es tener fuerza, la fuerza del Espíritu Santo y la luz de Cristo con un mayor compromiso.

Los cristianos de las primeras comunidades al vivir tantos problemas y adversidades, fueron recordando lo que Jesús les había dicho. Fueron entendiendo que las adversidades eran parte del camino trazado por Jesús. El itinerario hacia el cielo pasa siempre por la Cruz. Jesús venció la muerte aceptándola y viviéndola como ofrenda a la voluntad del padre, pero quería y quiere que todos los que pasamos por pruebas lleguemos a la victoria como él.

La esperanza del cristiano no ha significado nunca un cruzarse de brazos y dejar de luchar para cambiar las fuerzas del mal, en las del bien, para llegar a instaurar a Cristo en todo. Cuando celebramos la Eucaristía recordamos el pasado –proclamamos la muerte del Señor– pero con una mirada profética  y segura en el futuro, “hasta que vuelvas”. La Santa Misa nos hace vivir el pasado y el futuro, concentrado en el presente. Pudiéramos decir, a Dios esperando y con el mazo dando. El Señor nos promete en el profeta Malaquías, el día del sol. Hay que esperar confiadamente pues Jesús nos dice, “con la perseverancia salvarán sus almas”.


Mons. Jesús Pérez Rodríguez, OFM.
ARZOBISPO EMÉRITO DE SUCRE


Sucre, 17 de noviembre de 2013

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  • Fuente Arzobispado de Sucre

A 30 Km. de Jerusalén, en Jericó, oasís de las palmeras, sucede este encuentro maravilloso de un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico con Jesús de Nazaret. Era pequeño de estatura y para poder ver a Jesús decidió subirse a una higuera porque él debía pasar por ese lugar.

El deseo de ver a Jesús por parte de Zaqueo pone de manifiesto el amor de Dios y de comunicar vida. Zaqueo era un hombre muerto espiritualmente hablando. El deseo de ver a Jesús quedó sobradamente satisfecho pues Jesús le dijo: “Zaqueo baja que voy a comer a tu casa”. Jesús se aproxima para darle vida. Jesús dice: “he venido para que tengan vida y vida en abundancia”.

Zaqueo era un hombre mal mirado porque era publicano, o sea, cobrador de impuestos para el imperio romano, dominadores que ocupaban la nación de Israel. Además, Zaqueo era jefe de publicanos. La gente lo miraba con odio. Pero, Jesús le dirigió una mirada esperanzadora y cariñosa. Hermanos, ¿cómo creemos que nos mira el Señor, siendo que somos pecadores?

Cristo se autoinvita a comer y estar en la casa de Zaqueo. Esta ida a la casa significa toda la familia  y los amigos de Zaqueo y los discípulos de Jesús. Había que reflexionar en cada familia si Jesús que estaba presente en el sacramento del matrimonio y lo bendijo, sigue en el hogar. Toda familia necesita de la presencia amorosa de Jesús. Lo hacemos presente leyendo la Palabra de Dios, haciendo oración, participando en la Eucaristía dominical y, especialmente cuando hay amor.

Descartes decía: “pienso, luego existo”. Cada cristiano, todo el que cree en Dios puede decir con seguridad y alegría: “existo, luego Dios me ama”. La creación entera y de manera especialísima el hombre han sido creados por un acto de amor de Dios. Dios es el Sumo Bien. Lo creo todo, es el infinito Bien para que la felicidad de él llegara a otros seres.

Dios tiene un plan o proyecto para todo ser. Dios al infundir el alma en Zaqueo  no lo hizo explotador ni usurero. La libertad –don de Dios– hizo que Zaqueo cambiara el proyecto de Dios. “Los planes de Dios no son los de los hombres”, dice la Palabra de Dios.

Jesús anuncia gozoso, la salvación ha llegado hoy a esta casa. Dios amó a Zaqueo y le conservó la vida y sus  cualidades. Aquella presencia de Jesús en su casa le convirtió. La conversión consistió en volver al plan original de Dios, dejando de lado la avaricia y desvíos pecaminosos. La vida que llevaba era como la de un hueso dislocado en el plan de Dios y tuvo la valentía de insertarse en el proyecto que Dios tenía de él. Se dio cuenta, a tiempo, que la obra de Dios es más importante que todos nuestros proyectos humanos.

Zaqueo pequeño de estatura, pero desde hoy se hizo gigante en el espíritu. La conversión radical le llevó a practicar la justicia, la solidaridad, la fraternidad y a hacer el bien sin mirar a quién. Hubo en Zaqueo una conversión auténtica que le llevó a una verdadera liberación. Es como decía el Beato Juan Pablo II que “el encuentro con Cristo es camino para la conversión y la solidaridad”.

Zaqueo podría haber permanecido con la galentería hacia Jesús. Pero no, se convirtió y la conversión lo conduce al cambio. Dio la mitad de la fortuna a los pobres, devolvió el cuádruple a quienes había perjudicado. La conversión le llevó a dar y a reparar.

Jesús es criticado severamente porque anda con publicanos y pecadores y come con ellos. Esto no le importa a Jesús. Él sabe que “ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Por ello exclama: “hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Con esta acción, Cristo nos ha ofrecido el retrato de Dios que siempre perdona. El Papa Francisco nos ha dicho: “Dios no se cansa de perdonar, nosotros nos cansamos de pedir perdón”.

En este año de la fe que ya estamos por terminar se nos ha venido pidiendo con insistencia que revisemos nuestra fe y que la renovemos. Zaqueo con su fe en Jesús ha demostrado que la salvación de la persona humana no es sólo para el más allá. La fe cristiana no es una utopía o anestesia, no es el opio del pueblo según aquella vieja acusación marxista. El fruto de la fe nos lleva al compromiso con la realidad.



Mons. Jesús Pérez Rodríguez, OFM.
ARZOBISPO EMÉRITO DE SUCRE


Sucre, 03 de noviembre de 2013

Arzobispado de Sucre

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Sucre - Bolivia

 
VOY A COMER EN TU CASA

A 30 Km. de Jerusalén, en Jericó, oasís de las palmeras, sucede este encuentro maravilloso de un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico con Jesús de Nazaret. Era pequeño de estatura y para poder ver a Jesús decidió subirse a una higuera porque él debía pasar por ese lugar.

El deseo de ver a Jesús por parte de Zaqueo pone de manifiesto el amor de Dios y de comunicar vida. Zaqueo era un hombre muerto espiritualmente hablando. El deseo de ver a Jesús quedó sobradamente satisfecho pues Jesús le dijo: “Zaqueo baja que voy a comer a tu casa”. Jesús se aproxima para darle vida. Jesús dice: “he venido para que tengan vida y vida en abundancia”.

Zaqueo era un hombre mal mirado porque era publicano, o sea, cobrador de impuestos para el imperio romano, dominadores que ocupaban la nación de Israel. Además, Zaqueo era jefe de publicanos. La gente lo miraba con odio. Pero, Jesús le dirigió una mirada esperanzadora y cariñosa. Hermanos, ¿cómo creemos que nos mira el Señor, siendo que somos pecadores?

Cristo se autoinvita a comer y estar en la casa de Zaqueo. Esta ida a la casa significa toda la familia  y los amigos de Zaqueo y los discípulos de Jesús. Había que reflexionar en cada familia si Jesús que estaba presente en el sacramento del matrimonio y lo bendijo, sigue en el hogar. Toda familia necesita de la presencia amorosa de Jesús. Lo hacemos presente leyendo la Palabra de Dios, haciendo oración, participando en la Eucaristía dominical y, especialmente cuando hay amor.

Descartes decía: “pienso, luego existo”. Cada cristiano, todo el que cree en Dios puede decir con seguridad y alegría: “existo, luego Dios me ama”. La creación entera y de manera especialísima el hombre han sido creados por un acto de amor de Dios. Dios es el Sumo Bien. Lo creo todo, es el infinito Bien para que la felicidad de él llegara a otros seres.

Dios tiene un plan o proyecto para todo ser. Dios al infundir el alma en Zaqueo  no lo hizo explotador ni usurero. La libertad –don de Dios– hizo que Zaqueo cambiara el proyecto de Dios. “Los planes de Dios no son los de los hombres”, dice la Palabra de Dios.

Jesús anuncia gozoso, la salvación ha llegado hoy a esta casa. Dios amó a Zaqueo y le conservó la vida y sus  cualidades. Aquella presencia de Jesús en su casa le convirtió. La conversión consistió en volver al plan original de Dios, dejando de lado la avaricia y desvíos pecaminosos. La vida que llevaba era como la de un hueso dislocado en el plan de Dios y tuvo la valentía de insertarse en el proyecto que Dios tenía de él. Se dio cuenta, a tiempo, que la obra de Dios es más importante que todos nuestros proyectos humanos.

Zaqueo pequeño de estatura, pero desde hoy se hizo gigante en el espíritu. La conversión radical le llevó a practicar la justicia, la solidaridad, la fraternidad y a hacer el bien sin mirar a quién. Hubo en Zaqueo una conversión auténtica que le llevó a una verdadera liberación. Es como decía el Beato Juan Pablo II que “el encuentro con Cristo es camino para la conversión y la solidaridad”.

Zaqueo podría haber permanecido con la galentería hacia Jesús. Pero no, se convirtió y la conversión lo conduce al cambio. Dio la mitad de la fortuna a los pobres, devolvió el cuádruple a quienes había perjudicado. La conversión le llevó a dar y a reparar.

Jesús es criticado severamente porque anda con publicanos y pecadores y come con ellos. Esto no le importa a Jesús. Él sabe que “ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Por ello exclama: “hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Con esta acción, Cristo nos ha ofrecido el retrato de Dios que siempre perdona. El Papa Francisco nos ha dicho: “Dios no se cansa de perdonar, nosotros nos cansamos de pedir perdón”.

En este año de la fe que ya estamos por terminar se nos ha venido pidiendo con insistencia que revisemos nuestra fe y que la renovemos. Zaqueo con su fe en Jesús ha demostrado que la salvación de la persona humana no es sólo para el más allá. La fe cristiana no es una utopía o anestesia, no es el opio del pueblo según aquella vieja acusación marxista. El fruto de la fe nos lleva al compromiso con la realidad.

 

 

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, OFM.

ARZOBISPO EMÉRITO DE SUCRE

 

 

Sucre, 03 de noviembre de 2013

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  • Fuente Arzobispado de Sucre

El domingo pasado la Palabra de Dios, Jesús en el evangelio nos invitaba a dar gracias. A ser agradecidos. Hoy a través de la parábola de la viuda insistente ante un juez injusto nos enseña a perseverar en la oración, a confiar en Dios.

Este domingo es ante todo y sobretodo un domingo de oración por la causa del Reino de Dios. Es Cristo mismo, es el Papa Francisco que nos convoca a orar en esta JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES. La oración es el alimento del alma, es lo que sostuvo a Cristo en toda su vida, especialmente a la hora de dar la vida por nosotros por la muerte en Cruz.

El gran pedagogo, Cristo Jesús, nos invita a orar con insistencia. Es lo que el Beato Juan Pablo II nos decía en 1979 en México: “pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente, la de la duración. Por eso la dimensión de la fidelidad es la constancia”.
Hoy Jesucristo, como a los primeros discípulos,  nos enseña que es “necesario orar siempre sin desanimarse”. Así el Señor nos exhorta a cultivar la vida interior, en nuestro trato con él, para poder ser verdaderos cristianos. El Papa Francisco, varias veces, ha hablado de la importancia de la oración, pero este tema no lo tocan los medios de comunicación social. Jesús dice: “es necesario orar siempre, sin desfallecer”.

En la comparación que nos ofrece Cristo en el Evangelio, nos exhorta a no desfallecer en la oración, nos invita a ponernos ante Dios en la posición humilde de  aquella viuda ante el juez injusto. Es la misma recomendación que nos hace cuando nos pide que nos hagamos como niños.

Los niños como las viudas, en tiempos de Cristo, eran el prototipo de las personas más desvalidas, libradas a su suerte. Jesús nos quiere ver en esa actitud ante Dios: humildes, pequeños, pobres. ¡Qué lejos estamos de esto, tantos cristianos! ¿Nos ubicamos cada día ante Dios sintiéndonos necesitados de él?

Cristo nos desconcierta constantemente con sus enseñanzas y exigencias. Es que a Dios no se le entiende, sino que se le acepta. Al compararnos con una viuda, nos enseña a ser humildes y al comparar a Dios Padre bueno y providente que vela por las aves del cielo y por las flores del campo; habla de aquel juez injusto que no teme a Dios ni le importa los derechos de las personas, nos invita a ver a Dios Padre en una actitud diferente. Dios no es como el juez injusto.

Aunque Dios pudiera parecerse al juez injusto, aunque nos sintamos como la viuda indefensa, es necesario seguir rezando, insistiendo porque Dios nos escucha. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Cristo lo califica de corrupto, sino nuestra conducta con la viuda, con una oración perseverante.

La oración no es para tratar de convencer a Dios, sino para entrar en comunicación con él. Dios quiere la salvación de todos, el bien del mundo, la felicidad de cada uno. Lo que resulta muchas veces es que los planes de Dios no coincide con nuestros intereses egoístas. Dios quiere que seamos fieles a la voluntad de Dios, “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, es lo que nos enseña a pedir en el Padre nuestro.

No hay duda, la oración nos ayuda a sintonizar con la longitud de onda de Dios y, desde ese preciso momento, ya es eficaz. Jesús decía a su Padre en la oración del Huerto de los olivos: “Padre, pasa de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Por ello, nuestra oración no es la primera palabra, que espera respuesta de Dios. Es ya respuesta, porque Dios ya ha dicho su Palabra. Nuestro acercamiento a Cristo “ya está allí”. Nuestra oración es eficaz porque Dios está ya deseando nuestro bien, como nos dice el Catecismo de Juan Pablo II, comentando el pasaje de la mujer samaritana: “Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él”.

Hoy rezamos de manera especial para que el conocimiento de Jesús llegue a todos, para que los que lo conocemos seamos testigos de él en el mundo. Pues Cristo nos dice: “sean mis testigos “vayan por todo el mundo y anuncien el evangelio”. A la oración hay que unir algún gesto de ayuda concreta y efectiva, económica o personal. La oración debe estar impregnada de compromiso y así el trabajo estará lleno de la visión de Dios. Nadie hace oración auténtica sin fe. Cristo acaba la parábola de este evangelio de hoy con una pregunta desconcertante: “cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, OFM.
ARZOBISPO EMÉRITO DE SUCRE


Sucre, 20 de octubre de 2013

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  • Fuente Arzobispado de Sucre

Los cristianos, aunque sean Papas, no caen del cielo, sino se van haciendo día tras día con la gracia divina y la respuesta a Dios que actúa  en cada uno. La Palabra de Dios va construyendo en cada uno el ser hijos de Dios, el ser cristianos. Cada domingo la Palabra nos corrige, nos avisa nuestros errores, nos señala el camino verdadero para ser cristianos.

El domingo pasado, la Palabra de Dios nos ilumina en el sentido de no llevar en cuenta lo que vamos haciendo, enseñándonos lo que debemos decirnos cada uno así mismo, “hemos hecho lo que teníamos que hacer”, o sea, no llevar en la mente ni en el corazón de lo que hemos hecho por Dios y los hermanos, sino seguir entregándonos al plan de Dios. Gran lección de este domingo es ser agradecidos. La primera y más excelente acción de gracias es la Eucaristía o Cena del Señor, a Él le agrada de sobremanera pues nos dijo: “hagan esto en memoria mía”. No se debiera olvidar que Eucaristía significa acción de gracias.

En la primera lectura, 2Reyes 5,14-17, encontramos un pagano y extranjero en los tiempos del profeta Eliseo que se humilla y pide la gracia de la curación con fe. Al bañarse siete veces con fe en el río Jordán obtiene la salud. Al conseguir la curación cree y da gracias a Dios: “reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel”. Promete ofrecer sacrificios solamente al Dios de Israel, porque cree que es el único y verdadero Dios. Aquí hay una gran lección como en el evangelio, el corazón de Dios es universal y quiere la salvación de todos. A este Dios único y amoroso le debemos nuestra gratitud.

El evangelio de Lucas 17,11-19 nos relata la curación de diez leprosos y entre estos diez curados hay un extranjero. Es precisamente el extranjero que vuelve hacia atrás una vez que se da cuenta que está sanado para encontrarse con Jesús y darle gracias. Los diez hicieron la petición, probablemente con mucha fe: “Jesús Maestro, ten compasión de nosotros”. Pero sólo uno tuvo el gesto de la fe que le llevó a la gratitud. Es un extranjero, todo extranjero era normalmente despreciado por los judíos. Jesús se queja ante este hombre y le dice: “los otros nueve ¿Dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”.

Cristo citó a Naamán en su predicación como modelo de fe que le llevó a reconocer el don de la curación que Dios, el Dios de Israel le concedió. En este Año de la Fe hay que redescubrir la fe en la importancia del día del Señor, o sea, el día domingo. La Sagrada Biblia nos enseña: “pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contiene y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día sábado y lo hizo sagrado” (Ex 20,11). En el Nuevo Testamento se nos narra la Resurrección de Jesús “el primer día de la semana” (Mt 28,1; Mc 16,2; Jn 20,1). En cuanto es el “primer día, el día grande, el día de la Resurrección de Cristo que nos recuerda la primera creación. En cuanto es el “octavo día” que sigue al sábado (cfr. Mc 16,1; Mt 28,11), viene a significar la nueva creación que fue inaugurada con la Resurrección de Cristo. Desde los apóstoles el domingo vino a ser el primero de todos los días. La resurrección ocurrida en el octavo o primer día, vino a ser la fiesta de las fiestas. La Pascua de Cristo es nuestra pascua en expresión del apóstol Pablo.

El Papa Juan Pablo II nos dejó una preciosa carta “DiesDomini” –Día del Señor– en la cual nos ha dado una doctrina profunda sobre el Día del Señor. No conocer esta carta significa el poco interés que tenemos por la Eucaristía. La gran acción de la Iglesia es la Eucaristía. El VI Sínodo de la Arquidiócesis de Sucre a determinado que en la pastoral de las parroquias se trabaje para que se recupere el valor e importancia del Día del Señor. Siempre debemos recordar las palabras de San Justino: nos reunimos todos el día del Sol porque es el primer día (después del sábado judío), día en que Dios, sacando la materia de la tinieblas, creo el mundo. Ese mismo día Jesucristo, nuestro Salvador, resucito de entre los muertos” (Catecismo de la Iglesia 2174).

Decía un santo que “es de bien nacidos ser agradecidos”. Dar gracias a Dios es una actitud profunda de fe. Significa reconocer en Dios su infinito poder y su infinita misericordia. Todo don de Dios del amor infinito que hay en su corazón. Por esto, en este domingo, Día del Señor, debiéramos hacer un autoexamen si somos agradecidos, tanto para Dios como para los que nos rodean. Todos debemos mucho a Dios y a tantas personas. ¡Cuántos detalles de cercanía y amistad recibimos cada día!

Redescubrir la importancia de dar gracias en este Año de la Fe. Pues sino llegamos a descubrir los regalos de Dios: ser hijos de Él, miembros de la Iglesia, herederos del cielo, la Palabra de Dios contenida en la Biblia, los siete sacramentos, especialmente el perdón de los pecados, la Santa Misa, la protección de María como madre y abogada de misericordia, el Papa, el obispo, el párroco, el catequista… nos parecemos a los nueve leprosos que supieron pedir, pero no dieron gracias a Jesús, el Medico Divino. Es la oración de acción de gracias la que empleamos a lo largo de la Eucaristía.

 

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Sucre, 13 de octubre de 2013

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  • Fuente Arzobispado de Sucre

Todos ustedes son hermanos (Mt 23,8). 

El pasado 29 de Septiembre, festividad de San Miguel, patrono de la Arquidiócesis de Sucre, se inició la Semana de Oración por la Hermandad Hildeshein y Tréveris con la Iglesia de Bolivia.

Hubo distintas actividades para recordar esta solidaridad y fraternidad entre las tres Iglesias hermanas.

La celebración central tuvo lugar el día jueves, 3 de Octubre. Fue una Eucaristía, a las 19:00 horas, en la Catedral Primada, presidida por Mons. Jesús Pérez, obispo emérito. Estuvo presente el Consejo Episcopal Permanente, así como sacerdotes, diáconos y seminaristas.

A continuación tuvo lugar una entrañable Fiesta juvenil en el patio del Seminario San Cristóbal, amenizada por los ministerios de música parroquiales de la capital.

Participaron Parroquias y Movimientos eclesiales con el objetivo de profundizar los lazos de amistad eclesiales.

Información adicional

  • Fuente Infodecom

Domingo tras domingo, en la escuela del Maestro, Cristo Jesús, con sus enseñanzas alimenta nuestra fe y va mostrándonos el camino seguro por ser discípulos y nos señala como tomar medidas radicales que nos exigen opciones personales. Esto es algo que no gusta a muchos. La gran mayoría cristiana busca un cristianismo acomodado a sus gustos, un cristianismo a la “carta”, un cristianismo ligh.

Hoy, el evangelio de Lucas 16,19-31, junto a las otras dos lecturas, nos indican  a situarnos bien en la vida y usar bien las riquezas, a buscar la justa relación entre los medios y el fin, a usar con sabiduría los bienes materiales, para llegar a alcanzar los bienes imperecederos, la vida eterna, a no distraernos en demasía por todo lo que es secundario. ¡Cuántos cachivaches nos atan!

Este domingo como el anterior la primera lectura está tomada del profeta Amós que sigue reflexionando fuertemente a los ricos, todos aquellos hijos del pueblo de Israel que no llegan a percibir lo que es la solidaridad, la justicia. Su actuar está en contradicción con la fe que profesan en el Dios, Padre de todos. A esa forma lujosa de vivir llamó con dureza: “la orgia de los disolutos”. Les echa en cara que no tengan en cuenta a los que sufren las consecuencias de la pobreza. Pero mucho cuidado, esta llamada de atención del profeta vale para todos, los pobres pueden ser solidarios también desde su pobreza.

El ejemplo o parábola de Jesús nos invita no tanto a reflexionar en el infierno, sino en el uso debido, correcto e inteligente de los bienes materiales o riquezas. Es el mismo tema del domingo pasado aunque con matices diferentes, las riquezas son medios no fines, las riquezas pueden deshumanizarnos. Tener fe no es solo rezar, participar en la misa dominical, es también  practicar la justicia, emplear bien las riquezas o bienes. Será necesario para el cristiano una revisión de vida al respecto si es que pretende seguir llamándose cristiano.

 “Al final del hacer será el reír” dice un adagio. Eso es lo que Jesús  da al final de la parábola. Las situaciones que se van a dar al pasar de este mundo al otro serán distintas pues los que están llenos de si mismos y no han sido solidarios con las necesidades de los demás tendrán un fracaso rotundo. El rico que vivió feliz, que comía y bebía opíparamente es condenado al fuego eterno. El pobre Lázaro del cual nadie se preocupó, que no tenía ni para comer, es ahora feliz, llega a la felicidad plena. Lo más curioso entre ambos está ahora “un abismo inmenso”.
A través de esta parábola Jesús quiere enseñar a sus discípulos como a todos sus oyentes, la necesidad de poner la confianza no en los bienes pasajeros o efímeros, sino en los valores eternos, pues cuando llegue la hora de presentarnos ante Dios lo que nos servirá serán las obras de amor, imitando la ternura de Dios que nos lo dio todo. Esta enseñanza nos vale hoy a nosotros como sirvió en aquel entonces.
Los mismos defectos del rico Epulón puede darse en cualquiera de nosotros aunque no banqueteemos diariamente. Son pocos los cristianos que han llegado a tomar conciencia de que todo lo que poseemos, bienes económicos, religiosos o culturales deben estar al servicio de la comunidad humana o eclesial. No ha llegado a encarnarse en cada creyente que estamos llamados a ser discípulos misioneros. No nos damos tiempo para formarnos en la fe como también para ayudar a que otros se formen. Los bienes que poseemos, poco o mucho, nos hacen descuidar la mirada en nuestro alrededor.

Cada vez más, lamentablemente, so pretexto de más participación en el acto penitencial de nuestra eucaristía se suple la oración hermosísima del “Yo confieso” por cualquier canto. Considero necesario revalorizar esta oración en la que nos acusamos de los pecados de omisión. Los pecados de omisión son frecuentes y abundantes en todos. Es el pecado de falta de solidaridad lo que ha conducido al rico Epulón al fuego del infierno. No quiso enterarse de que a sus puertas había un pobre enfermo y hambriento, hermano suyo, por ser todos hijos del Padre Dios.

La parábola es una invitación fuerte a saber compartir todo lo que poseemos. Esto lo tenemos que hacer pobres y ricos. Siempre tendremos a nuestro lado a personas necesitadas de comida, de cultura, de afecto, de fe… Por ello, es necesario que en este Año de la Fe, como nos pidió Benedicto XVI, redescubramos a Cristo presente en los hermanos, especialmente en los más desposeídos. Hay que reflexionar en las palabras de Cristo, “a los pobres siempre los tendrán entre ustedes”. También esto “lo que hicieron a cada uno de los necesitados a mí me lo hicieron”. El juicio de Dios no versará solamente sobre el mal que hayamos hecho, sino sobre todo, del bien que pudiendo no hicimos. ¡Cuántas cosas buenas podemos hacer cada día!

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Sucre, 29 de septiembre de 2013

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El evangelista Lucas capítulo 16,1-13 nos propone hoy una parábola, después de las tres que hemos escuchado el domingo anterior  sobre la misericordia de Dios. El que Lucas insista sobre las enseñanzas de Jesús sobre las riquezas, sin duda, es porque considera el poder del dinero como uno de los mayores obstáculos para ser fieles discípulos de él. La gente escuchaba con admiración a Jesús, pero, en general, eran muy pocos los que daban el paso de la teoría a la vivencia de lo que escuchaban.

La insistencia de Jesús sobre el dinero en manera alguna debiera molestarnos. Así como a nadie molesta que en las carreteras se nos señale una curva y, a menos de un kilómetro, vuelvan a avisarnos lo mismo. Nadie protesta por las señalizaciones, al contrario. San Francisco de Asís advirtió reiteradamente el peligro de las cosas materiales, llegando a decir que el dinero es “estiércol”.

Los participantes en la Eucaristía –el domingo los discípulos de Jesús deben celebrar la Eucaristía– escuchan como primera lectura al profeta Amos 8,4-7, quien en nombre de Dios recrimina los frecuentes abusos contra los derechos humanos que se cometían en el pueblo de Israel. Las trampas y la corrupción del pueblo de Israel no eran muy diferentes de las que hoy día vemos en el mundo entero. El profeta les avisa severamente: “el Señor no olvidará jamás sus acciones”.

Benedicto XVI nos ha dicho con motivo del Año de la Fe “se cree, creyendo” (Porta fidei 7). No hay duda alguna que los bienes materiales ponen a prueba nuestra fe. Las riquezas en sí no son malas pero sí que pueden ser un obstáculo para crecer en la fe. El dicho “la ocasión hace al ladrón” es una gran realidad cuando podemos aprovechamos de los bienes que están a nuestro alcance sea en la familia, en la empresa, en los bienes de la Nación…

El Papa emérito, Benedicto XVI, nos señala para este Año de la Fe el estudio del Catecismo de la Iglesia, dado al pueblo de Dios por el Beato Juan Pablo II; sería de gran provecho para formarnos con respecto al séptimo mandamiento y el respeto que debemos a los bienes ajenos, los números 2409 y 2449 nos explica de las diferentes maneras actuales de “especulación”, la “corrupción”, el “fraude fiscal”…

No solo debemos pensar en los bienes materiales, sino también en toda la riqueza espiritual, que el Señor nos ha regalado. Por ello, Jesús nos enseña a ser fieles en las cosas materiales porque si en eso somos de “fiar” también lo seremos en los bienes espirituales. La Biblia nos dice: “el justo vive de la fe” (Hbr 10,38). Por ello, el creyente sabe que tanto las cosas materiales como los bienes espirituales son un don del Señor. Las riquezas no son nuestras sino que nos han sido encomendadas para que las administremos. Esto mismo se señala por Dios al inicio de la humanidad encomendando todo lo que había en el paraíso a la primera pareja de la humanidad.

Hace dos domingos en el libro de la sabiduría se nos enseñó a diferenciar lo principal de lo secundario, a trabajar por lo que realmente es importante, por aquello que nos ayuda a alcanzar los bienes imperecederos. De acuerdo a la sensatez o sabiduría con que usemos lo bienes materiales estamos manifestando nuestra fe. Usar los bienes y buscar los bienes de este mundo desde la fe nos convierte en testigos de Cristo en un mundo ansioso del poseer.

Este Año de la Fe nos está pidiendo a cada cristiano una reflexión no sólo sobre el contenido del Credo en el cual se profesan las principales verdades de la Fe cristiana, sino principalmente en todo aquello que hacemos en el quehacer diario. Se impone una reflexión profunda sobre el modo de vivir, para redescubrir la riqueza espiritual que cada cristiano tiene ha recibido de Dios con los dones del Espíritu Santo.
Guiando por una profunda vida de fe Benedicto XVI ha renunciado a ser Papa, como lo hacemos los obispos. Es un gran gesto de fe, pues él sabe que la Iglesia no es una institución que dependa del Papa, sino del que la instituyó, Jesucristo. Por esto, ante la incapacidad de llevar adelante una tarea que exige fuerzas físicas y salud ha puesto el poder espiritual en manos del que está y estará siempre en la Iglesia. El poder de un Papa no es un simple poder temporal, es sobre todo, un ministerio, un servicio. A Benedicto XVI le importó mucho más el bien de la Iglesia que conservar el poder, que tradicionalmente estábamos acostumbrados que el Papa conservara hasta el final de la vida.

Con su renuncia, Benedicto XVI, nos ha dado a todos un ejemplo de fe y nos ha invitado así, a dar pasos en nuestra vida que nos hagan a todos simples administradores de los bienes tanto espirituales como materiales. Hace falta mucha fe en nosotros para llegar a acciones que nos muestren ante el mundo de los no creyentes como testigos de los valores escatológicos, o sea, de la vida eterna. Pues los bienes de este mundo no son los últimos, sino los penúltimos.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Sucre, 22 de septiembre de 2013

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  • Fuente Arzobispado de Sucre

El Año de la FE, Dios mediante finalizaremos en noviembre en la fiesta de Cristo Rey,  ha sido convocado por Benedicto XVI, para afianzarnos en la fe, redescubrir la fe y tomar fuerza para ser testigos de la fe en Cristo Jesús, el único Salvador, el Enviado por Dios Padre, igual en dignidad que el Padre y el Espíritu Santo. En esta fe trinitaria esta lo central de la fe de los cristianos. Cuantas veces nos hemos cansado de este Dios y hemos caído en la tentación al igual que los israelitas por el desierto hacia la tierra prometida, como hoy se lee en la primera lectura tomada del Éxodo 32,7-11.13-34.

La Buena Noticia – el Evangelio – es que Dios nos ama, nos busca, viene a nosotros. Es el Dios cercano aunque lo sintamos lejos. El Dios que se compadece y por ello vino al mundo para que no hubiera duda. “Tanto amo Dios al mundo que nos dio a su Hijo” (Jn 3,16). La novedad es que Dios nos ama a cada uno. Que Dios ama a la humanidad, no es tan conmovedor como sentir y creer que Dios me ama a mí y a aquellos que no me aman y a todos los que rechazamos en nuestro corazón. Cada uno es importante para Dios. Dios no ama en abstracto, la humanidad sino como dice Pablo: “me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).

En el evangelio Lucas 15,1-32, nos da una idea clara de la importancia de cada persona. Deja las noventa y nueve y va en busca de la oveja perdida, de la oveja negra podríamos decir, para volverla al rebaño. Cada uno podría sentirse preferido, amado de Dios. Dios ama a su Iglesia. “yo estaré con ustedes hasta el final del mundo” (Mt 28,20). Pero Dios ama a cada uno en concreto. Cada uno que se aleja de la comunidad eclesial debiera preocuparnos, motivar a todos los bautizados. De ahí el llamado urgente que en 2007 nos hizo la Iglesia de América en Aparecida, Brasil. Cada bautizado tiene que ser “discípulo misionero”.

Las tres lecturas tienen una coincidencia el perdón de los pecados por la misericordia de Dios. Yahvé perdona a su pueblo por la intercesión de Moisés. Dios perdona los pecados directamente. Sí, pero Dios se quiso valer de mediadores e intercesores, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo se siente pecador, él personalmente es objeto de perdón. Por ello se abre totalmente al Señor y a la confesión del pasado.

El que siente perdonado, esta alegre y celebra la vuelta al amor. Ese es Pablo, quien está profundamente lleno de alegría por haber sido salvado por el único Salvador. Cristo Jesús. Así Pablo muestra públicamente su fe a Cristo Jesús y señala un principio esperanzador: “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1Tim 1,15). Benedicto XVI nos invita a “redescubrir la fe”. ¿Habremos descubierto los cristianos católicos la alegría de haber sido salvados al recibir el perdón de los pecados?

Es necesario que todos somos pecadores. ¿Acaso no decimos en la oración del “yo confieso” que he pecado mucho? Todo en primera persona para que no nos perdamos en el perdón a la “humanidad”. Llegar a descubrir que en primer lugar hemos faltado al primer mandamiento, “no tendrás otro Dios más que a mí”. Muchas veces actuamos en nuestra búsqueda de la felicidad personal como comunitaria volviendo la espalda a Dios a ………………. nuestros dioses. Los dioses de los pueblos vecinos al pueblo de Israel eran más permisivos.

Los cristianos quizás no hemos construido becerros de oro, pero Pablo dice a los cristianos que algunos tienen como Dios “al vientre”. De alguna manera somos como la oveja aventurera, la moneda perdida y el hijo despilfarrador. En cierta forma alguna vez hemos creído en los dioses del poder, del poseer y del placer. Nos inhibimos del cumplimiento de nuestros deberes familiares, sociales, laborales. Uno de los grandes pecados, los más abundantes son los pecados de omisión.

Guiados por la fe cada año iniciamos la Cuaresma, tiempo de conversión, de encuentro con Dios, Padre, de amor autentico con Dios y al prójimo, recibiendo la ceniza sobre nuestras cabezas con estas palabras: “conviértete y cree en el evangelio”. La parábola del hijo pródigo debe servirnos como punto de partida para una reflexión profunda del pecado. Para dar un paso decisivo en la conversión, en el cambio de vida. Hemos de pedir a Dios que nos dé a cada uno la gracia de reconocer que en nuestra vida hay no pocas tonteras al igual que el hijo pródigo.

Al examinar detenidamente todo lo que hacemos y dejamos de hacer a lo largo del día y de estos años, no podemos dejar de mirar el retrato de Dios que nos hace hoy el evangelista Lucas. Hay una conciencia deficitaria respecto a Dios. Dios es un Dios de amor y misericordia, que nos ama a cada uno, que nos comprende, que vive siempre esperándonos. Este Dios que nos presenta Cristo es el que nos invita a la reconciliación, al sacramento del perdón o de la alegría. Mucho bien, muchísimo bien, nos haría pensar que con la conversión le damos alegría a Dios.


Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Sucre,  15  de Septiembre 2013

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