Análisis

Desde el cielo…

A ti, joven campesino.

Ya estoy con vosotros, chicos. No quiero dejar pasar este mes de Noviembre, dedicado tradicionalmente a nuestros difuntos, sin escribiros un desahogo, una vivencia. Quizá un eco del corazón, a propósito de quienes marcharon, nos dejaron, pero nunca olvidados siguen marcando ritmos de recuerdos y nostalgias en el diario vivir.

Ya es costumbre que en algunas de las Eucaristías que celebramos en nuestro hogar-internado os invite a nombrar a los queridos difuntos en el momento litúrgico en que les presentamos a Dios. Me admiro siempre ante esa larga procesión de nombres que van surgiendo: papás, mamás, abuelitos, hermanitos, vecinos, … Para así orar por ellos con palabras llenas de unción: …admítelos, Señor, a contemplar la luz de tu rostro.

Parece que este año vuestro mejor recuerdo ha sido por las mamás y los papás fallecidos. Confieso que, desde mi situación de adulto, me cuesta hacerme idea cierta de los sentimientos que os pueda provocar la pérdida del padre o la madre. Supongo que eso nos ocurre a quienes les perdimos mucho más allá de la adolescencia y juventud.

Tampoco quiero olvidar la fuerza expresiva de vuestro rostro al comunicar la separación, reciente en algún caso o ya marcada por los años:

¿Sabe, padrecito? Mamá murió hace tres años… Y sé que ella me cuida desde el cielo.

Y es tal el convencimiento de estas palabras que parece como si desaparecieran el tiempo y la distancia y viviéramos en un eterno presente. Es hoy cuando ella me cuida desde el cielo.

Deseo animaros a seguir alimentando esa Fe en la presencia discreta y fecunda de nuestros difuntos. Más allá de lindas tradiciones sobre almitas que deambulan, ellos nos miran desde la otra orilla -como diría el poeta- y quieren ser cobijo y protección en los mil avatares con que la vida nos afrenta.

O sea, sentiros acompañados. Mirados y mimados: así dice la letra de la canción sobre una mamá que falleció y que últimamente hemos valorado.

Además, padrecito, cada noche hablo con ella… ¡y la siento tan cerquita!

¡Qué hermosa vivencia! Me recuerda esa necesaria predicación desde el púlpito en la que afirmamos cómo un día iremos al encuentro de los difuntos. Entonces la cercanía será absoluta. Y recibiremos también nosotros el encargo de ser refugio y amparo de muchos.

Pero el cielo nos pide hoy que apuremos la vida aquí abajo. Que nos desgastemos por transformar a mejor cuanto nos rodea. Mensaje que debéis asumir… ¡ya!, ahora que vamos concluyendo un curso académico y algunos compañeros, los casi bachilleres, tomaréis decisiones importantes que marquen el futuro. Gran responsabilidad se acumula en vuestras manos. Delicada firmeza debe albergar en vuestro corazón. La vida se presenta ante vosotros como un lienzo en blanco, dispuesto a convertirse en una obra maestra. Sed dignos artistas.

¡Hay tanto que hacer! ¡Tantos a quienes consolar y animar! ¡A quienes escuchar! Los nuevos aires de cambio que soplan en nuestro país necesitan jóvenes que sepan solidarizarse más con las personas, con sus íntimas inquietudes y necesidades, que con los programas y sus ideologías. En humo se convertirán éstos un día. Mientras, el ser humano continuará su incesante búsqueda.

Sin repugnancias, sin jactancias, tomad el timón de vuestra existencia. Cumplid también, ¿por qué no?, los proyectos, los sueños, de quienes marcharon y nos dejaron. Sed continuadores de sus aspiraciones, de sus esperanzas.

Nunca olvidados, os miran, os miman… desde el cielo.