Análisis

Bautizarse es renacer

Una de las frases de Jesús más difíciles de entender es la que pronunció, después de haber sido bautizado por Juan en el río Jordán, en el diálogo que tuvo con Nicodemo, magistrado judío (Jn 3): “En verdad en verdad te digo: quien no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo, según los conocimientos antropológicos de su tiempo, entendió literalmente que Jesús le proponía entrar de nuevo en el seno de la madre y nacer de nuevo, algo que obviamente le pareció imposible por ser ya viejo.

Sin embargo Jesús insiste aclarando su propuesta: “En verdad, en verdad te digo quien no renaciere de agua y de Rúaj (Espíritu) no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne. Lo que nace de la Rúaj es Ruáj. No te maravilles de que te haya dicho: Es necesario que renazcan de nuevo. La Rúaj sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y adónde va; así es todo aquel que nace de la Rúaj”. Con esas palabras Jesús trató de explicarle que no se trata de un renacimiento carnal, sino espiritual. Ante la incapacidad de comprensión de Nicodemo Jesús optó por hablarle de otros temas más comprensibles.

Sin embargo, Jesús, al final de su vida terrena en las últimas recomendaciones dadas a sus discípulos, volvió a insistir en el mismo tema, enmarcándolo dentro de la misión de evangelizar: “Vayan y enseñen a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y de la Santa Rúaj (Espíritu), enseñándoles a guardar todo lo que les mandé” (Mt 28, 19s). “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. El que creyere y fuese bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará” (Mc 16, 15s).

Por eso la Iglesia, ya desde su inicio, entendió que el bautismo es necesario para renacer a una nueva identidad sin el lastre de la mancha original y de los pecados personales. Los primeros cristianos bautizados eran creyentes judíos que aceptaron a Jesús como el Mesías prometido en la Sagradas Escrituras. Luego también se incorporaron a la Iglesia personas de otras religiones. Los candidatos al bautismo, llamados catecúmenos, estudiaban el catecismo, renunciaban a la vida del pecado y se comprometían a seguir a Jesús y a cumplir sus enseñanzas. Al bautizarse se les explicaba el doble efecto del bautismo: el perdón de los pecados por la redención de Jesucristo y la recepción de la Rúaj Santa con la nueva filiación divina.

También desde los primeros tiempos la Iglesia vio la conveniencia de bautizar a familias enteras, incluyendo a los niños (Hch 10, 34-48), para que ya desde la infancia fuesen incorporados a la Iglesia. Por ello se administra el bautismo también a los niños incluso recién nacidos, presentados por sus padres y padrinos que se comprometen a educar en la fe a los bautizados. Cuando éstos adquieren la capacidad de aceptar libre y conscientemente su incorporación a Cristo y a la Iglesia, normalmente durante la adolescencia,  reciben el sacramento de la confirmación, completando así su iniciación cristiana. Notemos que las Iglesias Ortodoxas han mantenido iniciación cristiana en solo sacramento, mientras que la Iglesia Católica Romana la ha desdoblada en dos sacramentos, el bautismo y la confirmación, administrándose este ultimo en la adolescencia.

Bautizar a los niños es legítimo y pastoralmente aconsejable. Pero hay que evitar que el bautismo se infantilice o que se convierta en una fiesta social, olvidando el aspecto clave del renacimiento espiritual. Renacer significa volver a nacer, pero no en un sentido físico como torcidamente entendió Nicodemo, sino en un sentido espiritual que implica recibir una nueva filiación divina, paterna y materna. Por eso en verdad somos hijos de Dios y hermanos espirituales de Cristo Jesús.

Esta explicación del sacramento de la iniciación cristiana como renacimiento, aunque se desprende de las palabas de Jesús, sigue siendo desconocida y poco comprendida para muchos cristianos. Ojalá profundicemos en ese misterio a lo largo del Año de la Fe. Puede ser útil leer a François Xavier Durrwell, Yves Congar y Alberto Ibáñez, entre otros teólogos. que exponen la función maternal del Espíritu. Sobre todo es recomendable recordar y revivir esa filiación divina cada día cuando al despertar por la mañana, inspiramos el aire puro y recibimos el agua natural que nos limpia y vivifica corporalmente como un signo de la presencia de la Santa Rúaj en nuestras vidas. De esta manera seremos más conscientes de nuestra filiación divina y la viviremos a lo largo del día, realizando las mismas obras que realizó Jesús.